Universidade de Brasília – UnB
Depto. de Línguas Estrangeiras – LET
No. de Identificação da Disciplina: 146064
Instituto de Letras – IL
Professor: Dr. João Sedycias
Civilização Hispano-Americana

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Procedencia: Grupo de Pesquisa Tribu Latina

Los olmecas

Se discute si el origen de esta civilización se encuentra en la zona de Veracruz y Tabasco, o si por el contrario la llevaron allí gentes que procedían de la zona del actual estado de Chiapas que se establecieron junto al golfo de México. En cualquier caso, es en esta zona intensamente irrigada por los numerosos afluentes de los ríos Papaloapán, Coatzacoalcos y Tonalá, en un ambiente típico de bosque tropical lluvioso, donde se va a producir en un espacio de tiempo relativamente breve lo que podríamos llamar el proceso civilizatorio o revolución urbana: el paso de las aldeas a las ciudades; de una sociedad indiferenciada a una sociedad con especialistas y ciertas clases sociales; de un sistema de creencias de carácter mágico a otro de carácter religioso, con sacerdotes y templos.

El corazón del área olmeca incluiría sitios tan importantes como La Venta, Tres Zapotes, Cerro de las Mesas y San Lorenzo Tenochtitlan. Pero, desde esa zona nuclear, la civilización olmeca se expandió sobre un área enormemente extensa. Michael D. Coe señala dos rutas de expansión de los olmecas, que justifica por la necesidad de obtener determinadas materias primas como basalto, magnetita, serpentina, jade, etc. La ruta del Oeste conducía hasta el altiplano de México, con sitios como Las Bocas, Tlapacoya, Tlatilco, Chalcatzingo y Gualupita, y profundizaba en el valle de México y en la cuenca del río Balsas. Por otra parte, la ruta de la costa del Pacífico llevaba la influencia olmeca hasta los asentamientos del Padre Piedra, Pijijiapan, Izapa, Abaj Takalik, Las Victorias y Los Naranjos.

Durante mucho tiempo se ha tenido la idea de los olmecas como una cultura madre de Mesoamérica; en los últimos tiempos, no obstante, se cuestiona su papel en el surgimiento y dispersión de la civilización en esas regiones, y no existe un consenso acerca de su impacto en el resto de Mesoamérica. Aunque la mayoría está de acuerdo en que fueron la primera sociedad estratificada y en que tuvieron una influencia extensa en las culturas vecinas, la naturaleza e importancia de estas influencias aún siguen siendo motivo de acalorados debates.Tanto si son los olmecas la cultura madre de toda la civilización mesoamericana, como si se limitaron a integrar otras evoluciones locales complejas, lo cierto es que bajo el nombre de lo que conocemos como "civilización olmeca" vemos aparecer por primera vez lo que más tarde se considerarán rasgos característicos mesoamericanos: escultura monumental, trabajo del jade, arquitectura cívica y monumental, calendario, erección de estelas, etc.

Historia

Periodo Olmeca I (1500-1200 a.C.) Es muy probable que el área estuviera ocupada primitivamente por comunidades costeras aldeanas que vivían de los recursos silvestres. El periodo Olmeca I está definido por la aparición de comunidades que practicaban una agricultura incipiente y elaboraban una cerámica correspondiente al denominado horizonte Ocós. Pero estas comunidades aún carecían de los rasgos definitorios de la civilización olmeca, rasgos que se desarrollaron en el siguiente periodo.

Periodo Olmeca II (1200-400 a.C.)

Este periodo se divide a su vez en dos fases que corresponden a extensos horizontes mesoamericanos.

Horizonte San Lorenzo

El primero de ellos se considera que abarca del año 1200 al 900 a.C, y está capitalizado por la ciudad de San Lorenzo. El sitio de San lorenzo se eleva a unos cincuenta metros sobre el nivel del mar y consta de una parte monumental con montículos de gran tamaño y plataformas en las que se instalaron templos y edificios públicos, y grupos dispersos de viviendas particulares dependientes de ese complejo monumental. Este tipo de asentamientos complejos se conocen con el nombre de "centros ceremoniales", y en general se considera probado por la arqueología que actuaron como ciudades en el orden social, político y económico; aunque algunos antropólogos teóricos consideran que no fueron verdaderas ciudades, sino lugares donde sólo se llevaban a cabo rituales, puesto que el sistema agrícola propio de los olmecas no permitiría la formación de grandes centros urbanos.

Es importante el hecho de que en torno a los grupos ceremoniales se construyesen conductos de agua para abastecer a las construcciones y a la gente establecida allí. Se han descubierto drenajes de piedra basáltica debajo de los montículos que no van a las casas de los campesinos, sino que sirven para abastecer a los campos de cultivo de los centros ceremoniales; tal circunstancia ha hecho pensar que el control del agua fue muy importante y que estaba en manos de las elites.

En San Lorenzo además se encontraron nueve cabezas colosales que fueron colocadas en las zonas centrales del sitio; al final, la ciudad fue saqueada y la escultura monumental mutilada y enterrada.

Fuera del área metropolitana olmeca, el horizonte se detecta también por una serie de rasgos relativos fundamentalmente a la forma y la decoración de la cerámica, como las figurillas de niños huecas y engobadas en blanco, las formas de los cuencos y los platos, y las botellas decoradas con el motivo garra-ala de jaguar.

Horizonte de La Venta Esta segunda fase, entre el 900 y 400 a.C., representa la caída de San Lorenzo y el surgimiento de La Venta como el centro principal de la cultura olmeca. Es éste el momento de apogeo de la civilización olmeca y una importante fase de expansión e influencia en otras regiones de Mesoamérica. Las construciones artísticas de carácter monumental alcanzan en este horizonte su máxima perfección y mientras que el rasgo típico de San Lorenzo son las cabezas colosales, en La Venta, los gobernantes eligieron un método diferente de representación de su poder: los denominados "altares".

Fuera del área metropolitana, la existencia del horizonte viene señalada por la presencia de cerámica blanca decorada con motivos lineales abstractos y por la aparición de jades fínamente tallados.

Periodo Olmeca III (400 y el 100 a.C.)

Se produjo en el área olmeca una clara decadencia. Siguieron existiendo centros olmecas, como Tres Zapotes, pero su influencia se vio reducida considerablemente. Esta decadencia en el área olmeca es importante para entender los desarrollos regionales que empezaron a surgir en diferentes áreas mesoamericanas en ese momento: en el valle de Oaxaca, el centro de México y el área Maya. De este periodo final destaca la famosa Estela C, que muestra una de las inscripciones cronológicas más antiguas de Mesoamérica, y sirve como eslabón entre la supuesta manera de medir el tiempo de los olmecas y la de los mayas clásicos

Arquitectura

Aunque es poco lo que se conoce de la arquitectura olmeca, probablemente por la mayor atención prestada a monumentos de mayor brillantez y valor estético como cabezas colosales y estelas, y, sin duda, por el tipo de materiales utilizados en los que el barro domina sobre la piedra, no obstante se puede señalar una serie de conjuntos arquitectónicos descubiertos en los principales yacimientos del área.

San Lorenzo tiene un grupo ceremonial principal formado por montículos dispuestos linealmente y patios cerrados, sobre una gran plataforma artificial de doce metros.

En el lugar de La Venta, Drucker descubrió un conjunto arquitectónico constituido por varias pirámides de barro y, en parte, de adobe, agrupadas en torno a una plaza rectangular, y una tumba de grandes dimensiones construida con columnas y dinteles de basalto.

El asentamiento de Tres Zapotes presenta un conjunto de agrupaciones de montículos que no guardan entre sí simetría ni ordenación alguna. Generalmente, aparece un montículo de mayor altura junto a otro de forma alargada y otros menores. Ninguno de estos montículos presenta revestimiento alguno de piedra, salvo en algunos pequeños detalles, como unos escalones de arenisca encontrados en uno de esos montículos y varias columnas de piedra.

En la zona de Matacapán se han podido localizar hasta 70 montículos diferentes, entre los que destaca uno con una edificación semejante en todo a las de la ciudad de Teotihuacán, con basamento en talud y escalinata de 5,50 m de anchura al frente. En Tatocapán también se han encontrado numerosos montículos -unos 60- cuyo sistema principal está formado por un patio rehundido, con varios montículos en torno. En esta misma región se han señalado otros varios yacimientos, como Catemaco, Tilapán, Cerro del Vigía, Matacanela, etc.

Finalmente, el Cerro de las Mesas, así denominado por los montículos que se agrupan en el yacimiento, está formado por un grupo principal, constituido a su vez por varias plazas rodeadas de montículos de los que sobresale uno de base muy grande, de 60 m de lado y 18 m de altura. Al noroeste, sudeste y sudoeste de esta zona, hay también otras zonas con montículos de los cuales destaca un grupo formado por un recinto limitado por plataformas aplanadas con estuco y en el que se han encontrado numerosas tumbas superficiales.

Las cabezas colosales olmecas

Las más notables de las esculturas olmecas son, sin duda, las famosísimas cabezas colosales, de las que se conocen catorce: cuatro corresponden a La Venta, siete a San Lorenzo Tenochtitlán, una a Tres Zapotes, otra a Nestepe y una última a Cerro El Vigía. Estas misteriosas cabezas son de un enorme tamaño: de 1,60 a 3 m de altura, y llegan a pesar hasta 10 toneladas. Sus rostros son de nariz ancha, gruesos labios y ojos abotargados y se cubren con un casquete ajustado que cae por los lados, a manera de pasamontañas. Estos caracteres faciales tan particulares han hecho pensar que las cabezas podrían representar individuos racialmente negroides. Estas enormes cabezas, que nunca poseyeron cuerpo, se apoyarían sobre un pedestal o cimiento, generalmente compuesto de piedras irregulares.

La interpretación de estas esculturas ha sido motivo de numerosas conjeturas. Algunos piensan que son retratos, aunque ésta, en opinión de Ignacio Bernal, no parece haber sido nunca una característica del arte mesoamericano, que no busca la realidad de la naturaleza, sino una interpretación de ella. Otros autores opinan que representan jefes políticos o guerreros muertos y serían, por tanto, monumentos conmemorativos. Wicke ha ordenado cronológicamente las cabezas conocidas y ha calculado un lapso total de tiempo de 240 años para la serie completa, pero tal cronología contradice la homogeneidad del estilo de los monumentos pertenecientes a una misma localidad, lo que parece indicar que esas esculturas se realizaron en un tiempo mucho más corto. En cualquier caso, parece que es posible descartar la idea de que se trate de representaciones de divinidades, dado que carecen de atributos y símbolos esotéricos, y dan preponderancia, por el contrario, a características de un máximo realismo.

Otra posibilidad es que tales esculturas sean representaciones simbólicas de cabezas de linaje o antepasados, y que den cuenta por tanto de un cierto culto a dichos antepasados, lo que no se aleja de un tipo de creencia bastante común en Mesoamérica.

Desde el punto de vista estilístico, estas cabezas colosales deben considerarse juntamente con otras esculturas menores, con las que se hallan estrechamente emparentadas, ya que en muchos casos las diferencias apreciables dependen de la materia prima en que se realizó la escultura y de las proporciones de la misma.

El estilo olmeca

En relación con el estilo olmeca, debemos decir, en primer lugar, siguiendo a Miguel Covarrubias -uno de los pioneros del descubrimiento y valoración de este estilo-, que la estética olmeca tiene mucho en común con las culturas arcaicas: simplicidad y realismo sensual en las formas, fuerza y espontaneidad en sus conceptos y, aunque no deja de haber obras maestras de este arte realizadas en piedras groseras, la mayor parte de su producción artística se realizó en piedras finas como basalto, jadeíta, serpentina, esteatita, cristal de roca, etc. Los olmecas gustaban de las superficies lisas y muy pulidas, apenas interrumpidas a veces por finas líneas incisas para indicar rasgos suplementarios como tatuajes, detalles del vestido, adornos o verdaderos glifos.

Una de las constantes del estilo olmeca, tanto en las representaciones humanas como en las divinas o semidivinas, es el diseño de la boca, hasta el punto de que se le conoce con el nombre de "boca olmeca". En esencia, ese tipo de boca consiste en un labio superior muy grueso y elevado, junto con un labio inferior más fino y recto, que dejan como entreabierta la boca en forma casi triangular. Ese tipo de boca aparece en representaciones de individuos de estilo, por lo demás, muy naturalista, desnudos o con un pequeño taparrabos. Sin embargo, su presencia señala ya un cierto carácter religioso de la escultura.

Este hecho se pone de manifiesto en aquellas esculturas o relieves en los que, habiéndose trazado una escena de cierto carácter naturalista, aparecen en ella individuos con la característica boca olmeca, mientras que en otros ese detalle, por lo menos, no es tan manifiesto y notorio. Tal es el caso de los relieves del altar número 5 de La Venta, en el que se pueden apreciar figuras humanas de estilo muy naturalista llevando en brazos unas criaturas en las que tanto la boca como los demás caracteres de la cabeza concuerdan enteramente con esas otras figuras naturalistas a las que aludíamos antes: son figuras desnudas, rechonchas, con cabeza en forma de pera o aguacate y boca típicamente olmeca.

Otro rasgo muy característico del estilo olmeca es la hendidura en forma de V que aparece en los cráneos de los ya citados personajes mitológicos, niños divinos y sus derivados, y que divide aquéllos en dos mitades. La llamada muesca olmeca podría ser un símbolo del contacto entre la divinidad y el hombre por medio de la mollera o la glándula pineal, tal vez con un simbolismo parecido al de las mitras hendidas de los obispos católicos y las tonsuras de los sacerdotes protegidas por el solideo, ya que en muchas regiones del mundo el occipucio es considerado como el asiendo de la divinidad. Esta hendidura o muesca olmeca que, desde otro punto de vista, también cabría interpretar como una representación de la típica deformación craneana tan común entre muchos pueblos antiguos de América, llega a ser enormemente acusada precisamente en aquellos ejemplares de hachas y placas-hachas que antes considerábamos como formas más abstractas dentro del mismo estilo olmeca al que nos estamos refiriendo. Tendríamos, así, dos términos que podríamos considerar como sustantivos en su empleo abstracto en la imaginería olmeca: la boca olmeca y la muesca olmeca.

Las esculturas contienen infinidad de detalles y diseños, casi siempre grabados muy finamente sobre la tersa superficie de la piedra pulida como el cristal, y que podrían considerarse como verdaderos glifos de un sistema de escritura no descubierto todavía o que apenas empieza a serlo. Analizaremos algunos de esos supuestos glifos. Sin embargo, el elemento decisivo es el que podríamos considerar como abreviación de la muesca olmeca, es decir, la hendidura central que se observa en los cráneos de los personajes mitológicos, niños divinos y sus derivados. Esa hendidura cabe relacionarla con las cabezas en las que aparecen , pero en algún caso incluso podría interpretarse como una abreviatura del total del cráneo, con al inclusión de ojos y boca, en forma muy simplificada.

Dentro de esa misma línea de simbología habría que mencionar otros glifos, tales como las antorchas, pero que bien podrían ser flores, plantas o plumas, las nubes y la lluvia que se desprende de ellas o las verdaderas flores, cañas u otras.

En el arte olmeca también hay que destacar una abundante serie de lo que podríamos llamar esculturas realistas. Algunas de ellas representan seres humanos en pie, con los brazos ligeramente flexionados o rectos, y sin ninguna indicación de sexo, como en el caso de los enanos antes citados, o bien con muy leves indicaciones de faldellin o cubre-sexo. El conjunto más extraordinario encontrado nunca en el área olmeca fue el hallado en la Ofrenda número 4 de La Venta (1955), compuesta por 16 de esas figuras talladas en jade, serpentina y granito y colocadas formando una escena de indudable valor ceremonial. El modelo se repite hasta el infinito: cráneo deformado, orejeras, ojos rasgados, boca felínica, etc.

Por otra parte, hay numerosas obras maestras únicas y excepcionales. Así, la cabecita humana tallada en jadeita azul de la colección Robert Woods Bliss, modelo de expresión y de detalle anatómico; o también la muy famosa estatua conocida con el nombre de El luchador, procedente de Santa María Uxpanana (Veracruz) y que representa a un hombre barbado, sentado y con las piernas y brazos doblados, lo que da la impresión, por la torsión de todo el cuerpo, de que se halla realizando un gran esfuerzo.

Otras artes

El relieve

Un campo que en el arte escultórico olmeca tiene una enorme riqueza, variedad y significación es el de los relieves, que se desarrollan en dos tipos de monumentos: los llamados altares y las estelas. Los altares son grandes bloques de piedra de forma prismática, en cuyos lados hay escenas en alto o bajo relieve: de ellos se conocen siete en La Venta, uno en San Lorenzo y otro en la laguna de los Cerros. En el altar número 3 de La Venta se representa en un lado a una figura masculina sentada en un nicho, mientras en el lado opuesto aparecen dos figuras que parecen discutir. En el altar número 4 de este mismo sitio hay varias figuras sentadas, unas en altorrelieve y otras en bajorrelieves. En el altar número 5 un sacerdote que lleva a un niño en los brazos parece surgir de un nicho.

Las estelas son muy numerosas, tanto en Tres Zapotes, Cerro de las Mesas y La Venta como en Izapa, El Baúl y otros sitios de la costa del pacífico. En ellas, personajes con adornos y vestidos muy complicados, representados generalmente de perfil, componen escenas de difícil interpretación.

Hay que mencionar, por último, las cajas de piedra con relieves en sus costados, de las que se conocen algunos pocos ejemplares. Una de las más notables es la de Tres Zapotes, en cuyos lados se representa un conjunto de figuras humanas combatiendo .

Un último aspecto a considerar en el campo de la escultura olmeca es el de las figurillas de cerámica, de las que se conocen algunos bellísimos ejemplares. Tal es el caso de la figurilla número 1 de la Tumba A de La Venta, portadora a su vez de un colgante de jade y que es tal vez la más perfecta de cuantas nos ha legado la cultura olmeca, la cabecita de cráneo deformado y rasgos negroides o la figura de Huehueteotl de Cerro de las Mesas, cuya perfección expresiva es de todo punto extraordinaria.

También destacan las figuras de perros y jaguares provistas de ruedas a modo de juguetes, pues paradójicamente la rueda en Mesoamérica nunca rebasó la condición de juguete.

Lapidaria

Además de grandes escultores, los olmecas fueron magníficos lapidarios. Destacan las llamadas "hachas" labradas en diferentes piedras (jade, basalto, caliza, serpentina...), denominadas de este modo debido a su forma. Algunas son simples placas rectangulares sin labrar pero finamente pulidas; otras llevan diseños incisos, generalmente relacionados con el jaguar. Estas hachas constituyen uno de los motivos favoritos de ofrendas en los centros olmecas.

Cerámica y pintura mural

Además de las mencionadas figurillas de cerámica, los olmecas realizaron vasos escultóricos, vasos cilíndricos, platos de fondo plano y ollas globulares de cuello recto. La cerámica ritual olmeca se caracteriza por su decoración raspada o excavada, el principio de la pintura al temple y por la aparición de atributos del hombre jaguar. Se han hallado también murales pintados, como los de la cueva de Oxtotitlán en Juxtlahuaca (Guerrero), generalmente en cuevas de claro significado ritual.

Examinando en conjunto el arte olmeca a partir de la exposición que antecede, habría que destacar ahora la estrecha dependencia que se observa entre las realizaciones artísticas y la temática religiosa y mitológica. Divinidades como el dios-jaguar, dios-niño, niño o enano con la cabeza hendida, dios gordo o rechoncho, dios viejo o dios del fuego; objetos sagrados como las cajas de piedra, o los altares donde se representan escenas mitológicas; antepasados sacralizados, cabezas de linaje, míticas o reales, representadas mediante cabezas colosales; todo está directa o indirectamente relacionado con lo sagrado. Aun las esculturas más realistas tienen casi siempre algún signo o detalle que las liga al mundo de la religión: el cetro o bastón ceremonial, el niño en los brazos, etc. De muy pocas de estas esculturas puede decirse que representan a seres humanos ordinarios.

Religión y conceptos ideológicos

La religión y la ideología olmecas se plasman y se hacen visibles a través de las manifestaciones artísticas que ya se han comentado, a las que además se añaden dos elementos de primordial importancia: el calendario y la escritura jeroglífica.

Las divinidades

Los olmecas han sido considerados tradicionalmente como el "pueblo del jaguar". Debido a la importancia de este animal en las representaciones, desde los primeros momentos del estudio de la civilización se le consideró el elemento primordial dentro del mundo de las creencias. No cabe duda de que existen toda una serie de rasgos en el estilo olmeca que están relacionados con el jaguar: la boca trapezoidal de comisuras caídas, el labio superior, los grandes caninos, las cejas flamígeras, el craneo hendido...

El "dios jaguar" se identifica con el dios de la lluvia que se conoce en tiempos postclásicos. El elemento felino ha sido identificado también con Tezcatlipoca, un dios del postclásico mesoamericano, como el dominio del linaje real olmeca. Según esta interpretación habría existido desde tiempos tempranos un lazo entre chamanes y jaguares, como es común en el ámbito indígena americano; más tarde, al irse estratificando la sociedad, el poder quedó en manos de unos determinados individuos y los dioses se institucionalizaron, asociándose no ya con el chamán, sino con los gobernantes.

En los últimos años, el estudio de la iconografía olmeca ha revelado que muy posiblemente los olmecas tenían un panteón extenso. De acuerdo con las tesis más recientes existiría una pluralidad de dioses que serían antecedentes de las deidades mesoamericanas que se han identificado en posteriores culturas. El elemento clave para la elaboración de estas hipótesis se encuentra en una figura de diorita hallada en 1965 en Las Limas, Veracruz. Esta figura presenta a un joven adolescente sentado con las piernas cruzadas y sosteniendo en los brazos a la figura del niño jaguar; lleva grabadas en la barbilla, los hombros y rodillas, así como en la figura del niño, seis representaciones que se han identificado como seis divinidades que serían además los prototipos de las conocidas divinidades mesoamericanas.

El miembro más importante de este panteón es el dios I, el monstruo-dragón olmeca, antes conocido como el jaguar y que participa de sus características. Su imagen aparece ya desde los comienzos de la civilización y se reconoce en multitud de obras entre las que destacan los altares, de donde emergen los linares reales, y la cueva de Oxtotitlán, donde preside la corriente de agua que sale de la caverna y riega los campos de los campesinos. El dragón se asocia con la tierra, el agua y la fertilidad de los campos; y tiene atributos de ser humano, de caimán, jaguar y serpiente. Además del carácter agrícola, es evidente la relación entre este dios y los gobernantes olmecas, los cuales debían su protección y legitimación al monstruo- dragón.

El dios III es un monstruo-ave con fuertes características de águila arpía. Este dios se asocia con los cielos, el sol, el fuego celestial y también con el éxtasis producido por sustancias psicotrópicas, pues el mundo de las aves suele estar conectado con este tipo de experiencias llevadas a cabo por los chamanes.

Las restantes divinidades del panteón olmeca tienen que ver sobretodo con la vegetación, las prácticas agrícolas, el agua..., algo bastante lógico en una cultura con una economía basada en la agricultura. Por ejemplo, el dios representado en la parte superior izquierda de la figura de Las Limas es una deidad conocida sólo por trazas incisas del altiplano de México; tal vez se trate de Xipe Totec, el patrón de la primavera en otras culturas posteriores. Los animales que predominan en la iconografía olmeca tal vez hayan sido totémicos. Su distribución indica que el culto debió de tener origen en la selva tropical, como es el caso del jaguar, el caimán, la serpiente... Los dioses tienen que ver principalmente con la agricultura y los elementos relacionados con ella; sin olvidar que la religión olmeca es también una religión dinástica, pues los dioses se encuentran en íntima relación con los señores, legitiman su poder y son, en última instancia, sus ancestros.

Sacrificios humanos y autosacrificio

A partir del análisis de algunos monumentos olmecas, se ha podido saber que el autosacrificio se practicaba. El sangrarse partes del cuerpo es una práctica muy documentada en varias culturas de mesoamérica, y está asociada a rituales de tipo chamanístico. En el caso de la civilización olmeca, los dioses se encuentran en íntima relación con los señores que toman del inframundo sus poderes sobrenaturales y que, en última instancia, descienden de esos mismos dioses. La pérdida de sangre, la ingestión de sustancias, los ayunos prolongados, son prácticas utilizadas para entrar en otro nivel de consciencia y así poder transportarse y entrar en contacto con las divinidades. No todo el mundo podía realizar estos rituales, generalmente los encargados eran los propios gobernantes o individuos especializados en este tipo de prácticas: los shamanes. Estos individuos aparecen representados casi siempre enmascarados, y en las tumbas olmecas han aparecido algunas de estas máscaras.

El Calendario y la escritura jeroglífica

Uno de los aspectos más importantes de la cultura olmeca, no sólo en sí misma sino, sobre todo, desde el punto de vista de su influencia en el cambio del horizonte cultural en toda Mesoamérica, es el calendario. Este calendario presenta, al parecer, una notable antigüedad, y es probable que tenga su origen entre los olmecas, pues se podrían interpretar como anotaciones calendáricas las de la estela C o las del monumento E de Tres Zapotes. En Monte Albán I (hacia 600 a.C.) ya existía un calendario perfectamente claro, el Tonalpohualli, de doscientos sesenta días, y usaban el sistema que después utilizarían los mayas de contar por baktunes, katunes, tunes, uinales y kines.

Como signos de escritura se pueden citar, por ejemplo, los del monumento 13 de La Venta, y los símbolos identificadores de los gobernantes que, como ya se ha visto, aparecen en algunas esculturas monumentales. Esta escritura semipictográfica contribuyó al posterior logro maya, como también lo hizo el invento de la aritmética posicional que consistía en representar los numerales con puntos y barras

Cosmología y poder

El medio fundamental por el que los olmecas expresaron su ideología fue la escultura monumental; son especialmente importantes las cabezas colosales, los altares y las estelas para el conocimiento de la cosmovisión y el sistema de creencias olmecas. Como ya se vio anteriormente, una posible interpretación de las cabezas colosales olmecas es que fueran representaciones de jefes políticos. Esta interpretación está ganando cada vez más adeptos debido al descubrimiento de una serie de rasgos que no se vieron en un principio; por ejemplo, algunas tienen una decoración de garras de jaguar o alas de águila, dos de los animales más poderosos del bosque tropical americano que podrían representar linajes poderosos de las ciudades olmecas. Además, a favor de esta interpretación está el hecho de que sean diferentes entre ellas. Algunas de estas cabezas fueron destrozadas intencionalmente; muchas fueron enterradas o arrojadas a barrancos. La hipótesis más probable para explicar estas mutilaciones es que se realizaran por tratarse de linajes o individuos que habían sido indeseables para el grupo, o bien que la mutilación se realizara cuando moría el señor de la ciudad con objeto de neutralizar el poder sobrenatural emanado de esos monumentos, considerados como legitimadores y "reponedores" del poder real.

A partir del segundo horizonte del periodo Olmeca II, cuando La Venta cobra su protagonismo, parece que los gobernantes eligen un método diferente de representar su poder, a saber, por medio de los llamados "altares". Hoy se piensa que estos "altares" eran en realidad tronos, y tienen una gran importancia desde el punto de vista iconográfico para entender la percepción del poder. Los altares estaban divididos en tres partes, que parecen representar un cosmograma. La inferior muestra una cueva de la que sale un individuo que presenta a quien lo mira un niño en brazos; la superior representaría la tierra; y el gobernante, al sentarse sobre el trono, estaría en el "cielo", dominando el cosmos. Además, el gobernante se situaba en el centro, en el eje del universo en torno al cual gira la vida.

En muchos sitios de Mesoamérica las cuevas están en contacto con el agua, de donde sale la vida. El niño que aparece representado es un niño jaguar que emerge de la cueva, y el agua es una creación de los dioses, y los dioses son los propios "reyes". Es interesante también destacar que a veces el gobernante aparece atado por una cuerda que a su vez es sujeta por individuos tallados en los lados; es la representación de la idea de linaje. Desde este punto de vista, a partir del 900 a.C. aproximadamente, se produjo un salto cualitativo en la legitimación del poder, pues se comenzó a adoptar una estrategia de manipulación de los conceptos cosmográficos por parte de los gobernantes.

En La Venta también aparecieron por primera vez las estelas de piedra, que sirvieron igualmente para representar al gobernante. En esta ocasión ya no se le representa en un nicho, sino de pie, con todos sus elementos de poder y los antepasados del gobernante "como flotando". Tanto en este caso como en el de los "altares", se hace referencia a los antepasados como sancionadores del poder real. De este modo, a partir de cierto momento, los gobernantes trataron seguramente de hacer dinástico el poder y de conseguir que el gobierno fuese unilineal y recayera en manos de una único linaje. No se sabe el éxito que tuvieron en esta empresa, pero el intento al menos parece evidente.

Por último, a finales de La Venta, hacia el 400 a.C, algunas de las esculturas tienen pseudoglifos mezclados con imágenes reales. Estos pseudoglifos pueden ser los antecedentes de la escritura jeroglífica o bien jeroglíficos que aún no se saben interpretar; no son la primera manifestación de escritura que existe, pero es importante que las primeras manifestaciones aparezcan relacionadas con imágenes de los reyes, pues indica que también se usaron en principio como elemento sancionador del poder real.

El arte monumental, el que retrata a los grandes jefes, se circunscribe sobre todo al área metropolitana; en cambio, en zonas de influencia olmeca predominan las tallas en roca y las pinturas murales. Algunas tienen representaciones de actividades militares por medio de guerreros armados, tal vez para legitimar o recordar un dominio olmeca. Más frecuentes son los murales de tipo ritual y político, como ceremonias de acceso al trono y de legitimación dinástica, o escenas de legitimación de la elite. No hay demasiadas imágenes femeninas; las que existen representan desde deidades hasta figuras que desempeñan un papel político; es posible que la mujer desempeñara en algunos casos un papel importante, aunque de manera mucho menos frecuente que el hombre.

Sociedad

Organizacón social

Parece que los olmecas fueron el primer pueblo mesoamericano que produjo un componente social de elite cultural; una elite que determinó la complejidad de los acontecimientos políticos y económicos, el estilo artístico antes aludido y la cosmovisión.

La elite se concentraba en los centros cívicos y ceremoniales que, según parece, estaban mantenidos por una gran masa campesina que vivía dispersa en aldeas y poblados y estaba dedicada fundamentalmente a tareas de carácter agrícola. Una sociedad compleja como ésta requería la existencia de excedentes que permitieran mantener a los individuos que se habían convertido en especialistas a tiempo completo, alejándose de las tareas productivas. La consecución de este excedente estuvo muy relacionada con el control de las tierras más productivas, el agua y las redes de intercambio comercial.

La agricultura fue la base económica fundamental de la civilización olmeca. Las tierras más favorables para la agricultura se encontraban en las orillas de los ríos que se inundaban periódicamente y se enriquecían con los depósitos de cieno; lo que permitía la obtención de dos o más cosechas al año. En cambio, parece que las tierras situadas más lejos de los ríos sólo permitían una cosecha al año. Los productos agrícolas principales fueron el maíz, la calabaza, el chile y, probablemente, los frijoles. La dieta pudo complementarse con la caza de los abundantes animales disponibles en la zona y la pesca en los lagos y ríos de la región. Uno de los factores contribuyentes a la diferenciación social pudo ser, como ha apuntado Michael Coe, la marcada diferenciación entre las tierras situadas a orillas de los ríos y las que solo permitían una cosecha al año. Posiblemente, las familias que controlaban inicialmente las mejores tierras se convirtieron con el paso del tiempo en los linajes de la elite. El control de estas tierras permitiría la producción de excedentes que pudieron usarse para controlar la lealtad política y religiosa del resto de la población. Es interesante a este respecto el que los drenajes de piedra basáltica encontrados en la ciudad de San Lorenzo llevasen el agua únicamente a los campos de cultivo de los centros ceremoniales y no a las casas campesinas, pues este hecho indica que la elite también estaba controlando el agua, y este control hizo que su poder fuese cada vez mayor.

Por otra parte, la elite demandó desde fechas tempranas materias primas exóticas y objetos suntuosos para simbolizar posiciones de estatus y cargos políticos y religiosos. Estas materias primas y objetos se obtenían a través de una amplia red de comercio a larga distancia que cubría gran parte del área mesoamericana. Con las ganancias conseguidas mediante el control de las tierras más productivas y de las redes de intercambio, las elites pudieron realizar grandes empresas urbanísticas y afianzar cada vez más su poder.

Patrones de asentamiento Dentro de la civilización olmeca se han distinguido dos áreas: el área metropolitana, en la cual apareció la arquitectura olmeca y en la que se desarrolló sin duda la civilización, y el área mesoamericana, donde sólo aparecen objetos de arte portátil o, en ocasiones, escultura monumental, y no está claro si puede definirse como civilización olmeca propiamente dicha. Son cuatro los centros principales dentro del área metropolitana de la civilización olmeca: La Venta, San Lorenzo, Tres Zapotes y Laguna de los Cerros. Funcionalmente, los centros olmecas han sido considerados como ciudades dispersas. A pesar de que algunos antropólogos han defendido que en estos centros sólo se llevaban a cabo rituales, parece que operaban también como focos urbanos en el orden social, económico, político e ideológico. La diferencia con las ciudades occidentales es que no tendrían esas grandes concentraciones de población; por ejemplo, la ciudad de La Venta se estructuró en la forma que se hará clásica en el horizonte siguiente: un centro ceremonial más bien reducido, con una población extraordinariamente extendida y dispersa en su contorno, y una serie de especialistas artesanos como ceramistas, lapidarios, tejedores, etc.

En general, en los asentamientos más complejos se construyeron inmensos montículos y plataformas en los que se instalaron templos y edificios públicos en torno a patios, lo que vino a establecer el patrón de asentamiento básico de Mesoamérica; y rodeando a estos grupos más voluminosos se construyeron pequeños montículos que contenían, según se supone, las casas de la gente común.

Comercio y expansión

Las relaciones olmecas con el mundo exterior han sido objeto de fuertes controversias. Su expansión a Mesoamérica parece que estuvo conectada al ascenso de la elite y al acceso diferencial a los productos existentes en el área metropolitana. La elite olmeca, para manifestar su poder y prestigio, demandaba artículos exóticos y estratégicos que en sí mismos, y también gracias al control de su redistribución, contribuyeron a aumentar con el tiempo la desigualdad social. Para mantener esta estrategia pusieron en funcionamiento, o potenciaron allí donde ya existía, una gran red de intercambio que llegó a alcanzar los 2.500 kilómetros desde el centro de México a Guatemala.

En un territorio tan amplio la relación fue variable; en algunas zonas los contactos pudieron ser meramente comerciales, mientras que en otras pudieron establecerse incluso colonias. En principio, las relaciones se establecieron con grupos que estaban en condiciones de captar los complejos elementos olmecas y que, a su vez, o bien disponían de materias primas o bien se asentaban en puntos estratégicos. Dependiendo del grado de evolución de las sociedades y los intereses olmecas, aparecieron más o menos rasgos olmecas que denotan su influencia; el problema en muchas ocasiones estriba en determinar la naturaleza e importancia de esta influencia.

Los productos requeridos por los grupos asentados en el poder en los centros del área metropolitana fueron varios. El jade fue una de las materias primas cuya adquisición más interesó a los olmecas. El color verde de esta piedra fue el elegido por los pueblos mesoamericanos para simbolizar la fertilidad y la cantidad de objetos realizados en este material fue considerable.

Los olmecas tampoco tenían pirita (para la realización de espejos) ni obsidiana, materiales que conseguían principalmente de Oaxaca y del centro de México. La adquisición del caolín fue también importante para las construcciones; así como la obtención del cacao y el caucho provenientes de la región situada entre Chiapas y Guatemala.

A cambio de estos productos, los olmecas ofrecían un paquete cultural, un conjunto de ideas que es lo que hace que aparezcan cerámicas, iconografías, altares... en definitiva, toda una serie de rasgos característicos en diversas zonas de Mesoamérica.

Lugares con influencia olmeca En general, podemos decir que la influencia olmeca se observa no sólo en tipos concretos, sino también en rasgos algo más difusos como, por ejemplo, una cierta tendencia a incorporar caracteres felínicos, de lo que se puede inferir la existencia de una deidad felina conectada con la lluvia y en asociación con ciertas prácticas mágicas (Piña, 1955: 63). También se observa una mayor presencia de figuras masculinas, en contraste con el periodo anterior en el que las figurillas femeninas dominaban casi de un modo absoluto. Entre estas figurillas hay que mencionar representaciones de chamanes o hechiceros enmascarados, danzarines o acróbatas, etc. No faltan, sin embargo, las que representan mujeres desnudas o semidesnudas del tipo de la mujer bonita, o las que dan de mamar a un niño, las que lo llevan en una cuna, danzarinas con vestidos y tocados complicados, etc.

El desarrollo del sistema religioso que, en La Venta, dio lugar a templos y plataformas de tierra apisonada, al llegar al valle de México producirá las primeras obras arquitectónicas en piedra. Éste es el caso de la pirámide de Cuicuilco o la primera fase de la Pirámide del Sol de Teotihuacan, ambas del Preclásico Tardío.

En el valle de Oaxaca, la influencia olmeca se hace claramente visible en la serie escultórica de los Danzantes de Monte Albán. Estos danzantes, que fueron descubiertos al pie del Montículo L, formando parte al aparecer de la estructura básica de un templo de aquella época, están caracterizados por su gran movilidad, que les ha valido el nombre que tienen de danzantes. Alfonso Caso distingue dos tipos diferentes de danzantes, de los cuales el primero es el más abundantemente representado, mientras que del segundo sólo se pueden mencionar cinco fragmentos. El primer tipo, que es el más antiguo y más clásico, se caracteriza por no señalar los dedos de los pies y de las manos, excepto el pulgar. Sus actitudes son variadísimas: en pie, sentados, con una pierna extendida, acostados, en decúbito ventral, sentados y con las piernas abiertas, etc. Son frecuentes las representaciones de personajes monstruosos y viejos, algunos tipos eunocoides, etc. La boca entreabierta muestra gruesos labios y grandes dientes. En el periodo siguiente al de los danzantes, o sea, en el llamado Monte Albán II, se observan también importantes influencias olmecas, especialmente en esa extraordinaria obra maestra que es la máscara de murciélago, de jade, hecha de numerosas piezas que se ensamblan hasta formar una superficie móvil.

Es muy notable el parentesco que puede apreciarse entre grandes esculturas como el monumento número 5 de Tonalá, la cabeza colosal de Monte Alto (en Escuintla), la cabeza de El Baúl, el monumento número 47 de Bilbao o algunas piezas de Kaminaljuyú. Algo parecido podríamos decir de relieves con escenas en las que aparecen sacerdotes, divinidades y guerreros, como las de Padre Piedra, Betehatén, Chiapa de Corzo, Tonalá, Izapa, El Baúl, Abaj Takalik, Bilbao, etc. Muchos rasgos y detalles e incluso la concepción de la escultura o el relieve recuerdan o pertenecen al estilo olmeca.

Finalmente, las esculturas en jade o en otros tipos de piedras finas son quizá los elementos que llegan hasta puntos más alejados del centro originario. La escultura de la Lima (Estado Cortés, Honduras) o la baby face alada, en jade azulado, procedente de Guanacaste, en Costa Rica, son quizá los ejemplos más alejados que pueden mencionarse hasta ahora, lo que prueba la existencia de rutas comerciales que se prolongaban durante miles de kilómetros a través del territorio del sureste de Mesoamérica, hasta penetrar profundamente en el área Intermedia por territorio centroamericano.



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