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Universidade de Brasília – UnB Depto. de Línguas Estrangeiras – LET No. de Identificação da Disciplina: 146064 |
Instituto de Letras – IL Professor: Dr. João Sedycias Civilização Hispano-Americana |
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Procedencia: Jorge Díaz, México
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Los aztecas
Antecedentes históricos y geográficos
Debemos pensar que para poder hablar de los aztecas, debemos remontarnos un poco de tiempo atrás de ellos, de tal forma que, al menos, encontremos algunas de sus raíces... no es posible establecer nada seguro acerca de estos antecedentes, pero nos podrá dar una idea clara y una perspectiva de que la historia, aún cuando existen diferentes opiniones en las fuentes de información, únicamente difieren en fechas y pequeños acontecimientos que realmente no son de gran trascendencia comparados con lo que sucedió después de la fundación de la gran Tenochtitlán.
Cholula estuvo habitada, aproximadamente hasta el año 800 D.C., por gente teotihuacana que fue desalojada de allí por los olmecas (de origen popolocamixteco) que dominó durante unos 500 años y que pronto extendió su influencia hasta el centro de Veracruz; bajo su empuje cayeron la provincia cultural de Cerro de las Mesas y la región de los Tuztlas. Los habitantes nahuas de ambos lugares junto con los teotihuacanos (recientemente expulsados de Cholula), iniciaron una migración en masa, llamada "de los pipiles", y se establecieron en la región chiapaneca del Soconusco, de donde más tarde se movieron hacía Centroamérica, quedándose la mayoría en Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua; pequeños grupos radicaron en Costa Rica y Panamá. Algo antes del año 900, una parte de los pipiles inició un movimiento migratorio hacía el norte y llegó a Tula, donde, bajo el nombre de "nonoalca" colaboró con los tolteca-chichimeca en la formación del imperio tolteca.
Hacía 900 D.C., se produjeron cambios en el clima de la región donde floreció la cultura proto-tolteca, cuyo centro fue probablemente La Quemada, al sur de Zacatecas, y esto originó la invasión de las tribus tolteca-chichimecas al Valle de México, se apoderó de Acolman y Teotihuacán y estableció su capital en el Cerro de la Estrella (cerca de Iztapalapa). Desde ahí realizó conquistas como la de las "Siete Cuevas" (Chicomóztoc), región situada entre Tula y Jilotépec, (antes propiedad de los otomíes) quizá a la caída de Teotihuacán. Esos tolteca-chichimecas que dominaron a los otomíes y se mezclaron con ellos constituyeron más tarde el imperio tolteca.
Un señor (rey) llamado "Topiltzin" decidió cambiar la capital de su imperio (tal vez a causa de la presión que desde Cholula ejercían los olmecas), primero temporalmente, a Tulancingo y después a Tula, sitio estratégico que le permitía dominar los valles del Mezquital y de México y que por su proximidad a la frontera con los indios bárbaros, le facilitaba detener sus incursiones.
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Topiltzin tuvo un reinado muy próspero; fomentó la cultura y las artes, desterró los sacrificios humanos y trató de afianzar en su pueblo el culto a su dios "Quetzalcóatl" (Serpiente emplumada), pero esto disgustó a los tolteca-chichimecas que veneraban a Tezcatlipoca, deidad que exigía sacrificios.
Al producirse el colapso de Tula, bandas de bárbaros irrumpieron desde el sur de Texas hasta entrar al Valle de México en el siglo XIII, y sólo se detuvo ante la barrera montañosa del Ajusco, que vino a ser la nueva frontera mesoamericana entre los sedentarios y los nómadas, entonces los toltecas fueron desplazados del centro de México y se diseminaron.
Poco después los acolhuas fundaron el señorío de Huejotzingo, se fortalecieron y derrotaron a Cholula, fundaron la "república de Tlaxcala" (no el estado, sino el conjunto de cuatro señoríos: Tepetícpan, Ocotelolco, Tizatlán y Quiahuiztlan).
Mientras tanto, los chichimecas fundaban un señorío en la región tetzcocana, donde la civilización aumentó, tomando el idioma nahua y se volvieron sedentarios.
Todo lo anterior, nos da una gran idea de lo que sucedía en el valle de México antes de la llegada de los aztecas, para lo cual, volveremos al pasado, en otro sitio, lejos del valle de México...
Los mexicas, nacimiento de los aztecas y su viaje
Los mexicas procedían, según parece, de un lugar llamado Aztatlan o Aztlán, que según varias leyendas significa "lugar de garzas", por lo cual, se les conoce mejor bajo el nombre de aztatecas o aztecas, aún cuando ellos preferían denominarse culhuas-mexicas.
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Se dice que Aztatlan estaba situado en una isla de la laguna de Mexcaltitlan en la costa de Nayarit y que el grupo salió de ahí entre el año 890 y el 1111, atravesaron primero algunas regiones del norte de Jalisco y después, siguiendo el curso del río Lerma, partes de Guanajuato y Michoacán.
Los mexicas eran, según Sahagún, atlacachichimeca, es decir, "pescadores y cazadores", y no es posible reconstruir en detalle el itinerario que habían seguido hasta que llegaron a las inmediaciones de San Juan del Río, desde donde se cuenta con mas información hasta su llegada al Valle de México. Tenían por costumbre encender cada 52 años (duración de un ciclo en su calendario), un fuego nuevo; el primero celebrado después de iniciada su peregrinación fue el de Coatépec, en la región nor-oriental del Valle de México, en el año 2 caña (1163). Allí nació, según un mito, el dios Huitzillopochtli (Colibrí del Sur), hijo de Coatlicue que era un hechicero que rendía culto a Tezcatlipoca, era su caudillo y su dios más venerado. Después de él tuvieron otros, caudillos-sacerdotes hasta Ténoch, el último, quien auspició la fundación de Tenochtitlán y quién le dio su nombre; aunque también recibió el nombre de México, en honor de Huitzillopochtli o también conocido como Mexitlí.
A raíz de encender el fuego nuevo de 1163, los mexicas se trasladaron a Tula, y posteriormente se desplazaron a Apazco, por donde celebraron el siguiente fuego nuevo en 1215. Penetraron otra vez al Valle de México y se establecieron temporalmente en diversos sitios como Zumpango y Cuauhtitlan. Continuando su peregrinación llegaron a Ecatépec, bordearon el sur de la sierra de Guadalupe y arribaron a Tecpayocan, el actual cerro de Santa Isabel, cerca de los "Indios Verdes", en donde encendieron su tercer fuego nuevo en 1267. De allí, penetraron a tierras del señorío de Azcapotzalco, gobernado entonces por Acolnahuacatzin, quien les permitió avecindarse en sus dominios como tributarios, hasta que, cuando les gobernaba su primer rey Huitzilihuitl, entre 1273 y 1276, se establecieron en Chapultépec.
En realidad, desde su salida de Tula hasta su llegada a Chapultépec, los mexicas sólo permanecían, en calidad de "paracaidistas", unos años en cada lugar por donde pasaban, pues todas las tierras estaban ocupadas y nadie les quería como vecinos por ser muy pendencieros, practicar formas crueles de sacrificios humanos, y tener la costumbre de robarse a las mujeres casadas. En Chapultépec, sitio estratégico de fácil defensa, se sintieron al fin seguros y desde allí comenzaron a merodear por los lugares próximos, haciéndose, como siempre, odiosos a sus vecinos. Estos, cansados de soportarlos, formaron una coalición con casi todos los señoríos del Valle de México, encabezados por el de Xaltocan y, en 1319, lograron derrotarlos gracias a una estratagema urdida por los tepanecas: éstos les hicieron creer que necesitaban su ayuda militar para combatir a los de Culhuacan. Así lograron que salieran de Chapultépec todos los guerreros quedando sólo los ancianos, las mujeres y los niños, a quienes fácilmente pudieron aprisionar. Desmoralizados los mexicas fueron vencidos por los culhuas y quedaron como sus cautivos o siervos, confinados en Tizapan, lugar poblado de serpientes. Los de Culhuacan esperaban que éstas hiciesen perecer a muchos de los prisioneros, pero resultó que los mexicas consiguieron exterminarlas.
Más tarde, los culhuas, que sostenían una ardua lucha contra los xochimilcas, utilizaron a los mexicas como soldados mercenarios para vencer a sus enemigos y les ofrecieron la libertad a cambio de 8000 prisioneros xochimilcas. Por ser reducido el grupo mexica y no poder conducir hasta Culhuacan a los 8000 prisioneros, se contentaron con cortarles las orejas y llevar éstas, en sacos, a Coxcoxtli, señor de Culhuacan, el cual, horrorizado, les concedió la libertad y les permitió establecerse en Mexícatzingo. Edificaron allí de inmediato un templo en honor a Huitzillopochtli y pidieron a Coxcoxtli una hija "para tenerla como una reina y venerarla como una diosa". Sin saber que los mexicas se proponían desollarla accedió el señor culhua, e incluso aceptó la invitación que le hicieron para que él mismo fuera a reverenciarla. Cuando se percató de lo que habían hecho se enfureció e hizo que sus súbditos persiguiesen sin tregua a los mexicas y los arrojaran a los carrizales que había a orillas del lago, en donde encontraron refugio en un islote abandonado.
Fundación de Tenochtitlán
En aquel islote fue donde, según la historia, vieron la señal expuesta por Huitzillopochtli: el águila devorando una serpiente sobre un nopal y empezaron a edificar Tenochtitlán en 1345. Doce años después otro grupo mexica se estableció en un islote contiguo, fundando Tlatelolco en 1357. Tenochcas y tlatelolcas quedaron sometidos al señor de Azcapotzalco, pagando en los primeros años tributos muy onerosos.
Ténoch conservó la suprema autoridad hasta su muerte en 1369. Dos años antes, en 1367, los mexicas conquistaron Culhuacan en provecho de Tezozómoc (señor Tepaneca, vecino de Huejotzingo y Tlaxcala), y los señores que allí reinaban encontraron asilo en Coatlichan. A la muerte de Ténoch, algunos nobles mexicanos fueron a solicitar a Coatlichan que un príncipe culhua, llamado Acamapichtli, viniese a residir en México, aunque todavía no con la calidad de rey, que sólo tuvo a partir del año de 1376.
Tezozómoc estimó conveniente convertir a los mexicas de soldados mercenarios en socios de sus empresas de conquista. Así, después que los Tenochcas conquistaron Culhuacan en 1367 y los tlatelolcas Tenayuca en 1371, alcanzaron el rango de señoríos Tlatelolco y Tenochtitlán: el primero, en 1375, con Cuacuahpitzáhuac como rey, hijo de Tezozómoc, quien gobernó hasta 1409 o 1418; el segundo, en 1376, cuando subió al trono Acamapichtli, descendiente de los antiguos señores toltecas de Culhuacan, lo cual habría de inducir a los Tenochcas a considerarse corno herederos de las posesiones que habían pertenecido al imperio de Tula.
Gracias a las conquistas de Acarnapichtl; -Xochímilco (1376), Mizquic (1378) y Cuitláhuac (1393)- quedó en poder de Tezozómoc el sur del Valle de México, excepto el señorío de Amecameca, aliado suyo. El último terreno que cayó en manos del señor tenochca fue el importante y extenso señorío de Cuernavaca, que se prolongaba hacia el sur, probablemente hasta el río Balsas, en el que abundaba el algodón, que ahora afluyó al Valle de México, utilizándosele para la fabricación de telas.
Acamapichtli falleció en 1396; le sucedió su hijo Huitzilihuitl (1397-1417), quien engendró un vástago, Moteczuma llhuicamina, con la hija del señor de Cuernavaca, en 1398.
Huitzilíhuitl derrotó a los xaltocameca en 1400, a los de Chalco-Atenco en 1410 y combatió a los de Tetzcoco en compañía del señor de Tlatelolco y de otros vasallos de Tezozómoc. Se convirtió en un auxiliar tan valioso para Tezozómoc, que éste le dio en matrimonio una hija suya, unión de la que nació Chimalpopoca, quien sucedió a su padre en el trono de Tenochtitlán en 1417, cuando apenas tenía 12 años.
A medida que Tezozómoc asoció más estrechamente en sus empresas a sus vasallos mexicas, fueron disminuyendo los onerosos tributos que al comienzo les impuso hasta que, cuando Chimalpopoca subió al trono, por afecto a él, suprimió esas cargas y permitió que los Tenochcas gozaran de una situación de privilegio, cosa que disgustó a una parte considerable de los tepanecas.
En 1418 Tezozómoc y sus aliados mexicas conquistaron Tetzcoco, ciudad que entregó aquél dos años después a Chimalpopoca. El tirano de Azcapotzalco, que murió en 1427, parece haber escogido como sucesor a su hijo Tayatzin, pero un hermano mayor de éste, Maxtla, le usurpó el trono. Poco después, al saber el usurpador que Chimalpopoca conspiraba, junto con otros señores, para derrocarlo y restablecer a Tayatzin, mandó encarcelarlo. Consideró esto el señor de Tenochtitlán como una terrible afrenta que lo indujo a darse la muerte. Entonces los Tenochcas eligieron rey a Itzcóatl, hijo de Acamapichtli y medio hermano de Huitzilihuitl.
Mientras tanto, Nezahualcóvotl que, tras la pérdida de su trono de Tetzcoco en 1418, había vivido exiliado entre los huejotzingas y tlaxcaltecas, con cuyos señores trabó amistad, consiguió ayuda militar de ellos y celebró una alianza con ltzcóatl. Luego, aprovechando el resentimiento que guardaban los Tenochcas por los agravios que Maxtla infirió a Chimalpopoca, emprendió una lucha contra Maxtla en 1427. Logró, con sus aliados, vencer a Azcapotzalco en 1428, merced a la ocupación previa de Tacuba que sirvió como "cabeza de playa" para el ataque de la capital tepaneca. Entonces parece que Maxtla huyó a Coyoacan, lugar donde había gobernado antes de convertirse en señor de Azcapotzalco, luego a Cuauhximalpan y después a Tasco, sitio en que murió en 143l.
Aunque había caído la capital de los tepanecas, Nezahualcóyotl e ltzcóatl, aliados ahora con el señor tepaneca de Tacuba, tuvieron que continuar luchando contra varios señoríos que habían formado parte de aquel imperio, y por eso les fue preciso llevar al cabo numerosas conquistas como la de Xochimilco en 1430 y la de Tetzcoco en 1431. En este año recuperó Nezahualcóyotl su trono y tres años más tarde se constituyo la Triple Alianza integrado por los señores de Tetzcoco, de Tenochtitlán y de Tacuba que, de común acuerdo, se repartieron los territorios hasta entonces sojuzgados y establecieron además el convenio de que los señoríos que posteriormente dominasen deberían pagarles tributo: dos quintas partes a Tetzcoco, otras tantas a Tenochtitlán y sólo una a Tacuba.
Las guerras floridas
Después de sojuzgado Azcapotzalco, los señoríos más poderosos del Valle de México fueron Tenochtitlán y Tetzcoco, gobernados por Itzcóatl y Nezahualcóyotl, respectivamente. Ambos emprendieron, en colaboración, una serie de conquistas. Ante todo prosiguieron la lucha contra los pequeños señoríos que habían dependido de Azcapotzalco y después ltzcóatl concentró sus esfuerzos en dominar las regiones occidental y meridional del Valle de México, gran parte del de Morelos y las tierras guerrerenses situadas al norte del Balsas, sometiendo a Tasco, Iguala y Tepecuacuilco.
Al apoderarse de Cuahuacan, quedó Itzcóatl dueño de la sierra de Monte Alto y tuvo el camino abierto hacia Xilotépec.
Aunque el poderío de los tlatelolca había disminuido, realizaron aún conquistas como la de Cuauhtinchan, al sur de Cholula, en 1438.
Nezahualcóyotl por su parte, se ocupaba en recuperar todos los territorios que habían pertenecido al señorío de Tetzcoco y en colaborar con Izcóatl en las conquistas que éste hacía en los Estados de Morelos y Puebla, como, por ejemplo, la de la región que se halla entre Cuauhltla y Huaquechula, y que le permitieron extender sus dominios hasta Izúcar. Ambos soberanos fueron los forjadores de la grandeza de Tetzcoco y Tenochtitlán y establecieron las pautas políticas y sociales que habrían de seguirse.
Muerto ltzcóatl en 1440, le sucedió Moteczuma Ilhuicamina, quien continuó la conquista, iniciada por su antecesor, del señorío de Xilotépec que se extendía a través del valle del Mezquital hasta Zimapan. De esta manera el río Moctezuma, límite actual de los Estados de Hidalgo y Querétaro, fue la frontera septentrional del imperio mexica y como tal quedó hasta la llegada de los españoles. Moteczuma también consolidó el dominio de las comarcas conquistadas por ltzcóatl en Morelos y Guerrero y, tras varios años de lucha, sujetó a los de Chalco-Arnecameca en 1465.
En 1450 Nezahualcóyotl emprendió una campaña siguiendo el trazo de la actual carretera que va de Pachuca a Tuxpan, lo que le permitió introducir una cuña que separó a los huastecos de los totonacos, impidiendo así una posible y peligrosa alianza de ambos.
Todo parecía sonreír a los tetzcocanos y Tenochcas cuando precisamente en ese año de 1450, comenzó una terrible hambre, provocada quizá por prolongadas sequías y cierta probable inexperiencia en las técnicas agrícolas, que los orilló a adoptar medidas desesperadas: la introducción de los sacrificios humanos en gran escala. Muchos mexicas se vendieron como esclavos a mercaderes totonacos por sólo 20 mazorcas.
Estimando los sacerdotes que tan terrible crisis se debía a que la tierra desfallecía porque le faltaba vigor para producir frutos y que el sol tampoco era capaz de infundirle vida, decidieron que ambos no estaban debidamente fortalecidos con la especie de vino generoso que era la sangre humana y que, en consecuencia, había que derramar ésta con mayor profusión multiplicando el número de víctimas.
Como los mexicas y tetzcocanos tenían un calendario según el cual el año constaba de 18 meses de 20 días y en cada veintena debía celebrarse por lo menos una fiesta en que se hiciesen sacrificios humanos, era necesario asegurar el abastecimiento oportuno de víctimas, por lo general prisioneros obtenidos en campañas, y éstas podían ya sólo emprenderse contra señoríos relativamente alejados del Valle de México porque éste y las comarcas circunvecinas habían sido ya conquistadas. Para evitar el peligro de que no las hubiese ni a tiempo ni en el número requerido, se llegó a un acuerdo con los señoríos de Huejotzingo y Tlaxcala, también azotados por el hambre, mediante el cual se establecía la "Guerra Florida" (xochiyáoyotl), que no tendría como fin la conquista de territorios al enemigo, sino sólo la lucha contra él, en lugares y tiempos determinados, con objeto de obtener prisioneros que unos y otros contendientes sacrificasen a sus respectivos dioses. No existía, pues, entonces, una enemistad real entre ambos grupos, sino un pacto cuyos resultados creían mutuamente benéficos. Sin embargo, esas luchas periódicas llegaron a producir la rivalidad definitiva entre ellos, sobre todo después que Moteczuma I venció a los chalcas en 1465 y extendió sus dominios hasta la Sierra Nevada, en donde empezaban los de los huejotzinga.
Como sí se hubiese acertado con la solución verdadera, en 1455 hubo frecuentes lluvias y cosechas abundantes. Los mexicas se sintieron más fuertes que nunca y se arrojaron impetuosos sobre las tierras más fértiles como si quisieran asegurar la obtención de tributos y evitar otra crisis como la sufrida.
Desde Izúcar se lanzó Moteczuma I, a través de Acatlan y Huajuapan, contra el poderoso señorío de Coixtlahuaca, habitado por nahuas, mixtecos y chocho-popolocas y gobernado por Atónal, último soberano de una dinastía de origen tolteca establecida allí después de la ruina de Tula. Este señorío se extendía hasta Tuxtépec y la costa al norte del Papaloapan. La pelea, que fue muy reñida, empezó en 1458 y terminó en 1461 con la victoria de los mexicas. Con ella y con la extensión previa de Nezahualcóyotl hasta Tuxpan, quedaron cercados los territorios dominados por los huejotzinga y los que tenían los totonacas en el norte de Veracruz. Desde Tuxtépec y Cozamaloapan fue fácil para los mexicas conquistar en 1463 la provincia de Cotaxtla, que llegaba hasta Chalchiuhcueyehcan (el actual puerto de Veracruz) , y no tardó en caer en sus manos Cuauhtochco (Santiago Huatusco, cerca de Cotaxtla).
Cuando al fin Moteczuma I, tras dos décadas de lucha, sometió a Chalco-Amecameca, surgió una cierta hostilidad entre Tenochtitlán y Huejotzingo que quedaban convertidos en estados vecinos, y se agudizó cuando los Tenochcas sometieron en 1466 al señorío de Tepeaca, el más fiel aliado de los huejotzinga. Atacando desde aquí y desde Cuauhtochco, se apoderaron los mexicas de Orizaba, estrechando aún más el cerco que rodeaba a huejotzingas y totonacas.
Las conquistas realizadas por Moteczuma le convirtieron en un soberano muy poderoso que recibía toda clase de tributos de los pueblos avasallados, entre ellos oro, jades, turquesas y ricas plumas, principalmente de la provincia de Tuxtépec, importante encrucijada comercial a donde llegaban desde el sudeste productos quizá hasta entonces casi desconocidos por los mexicas, como el cacao.
Moteczuma tuvo especial predilección por el valle de Morelos y escogió Huaxtépec como lugar de recreo. Aclimató ahí toda clase de árboles y arbustos traídos del centro y sur de Veracruz. En las peñas de Chapultépec hizo grabar su efigie, costumbre continuado por sus sucesores. llhuicamina dio al estado tenochca su forma política definitiva y bajo su reinado debió surgir el arte característicamente mexica cuyos mejores logros fueron de índole escultórica.
Al morir Moteczuma en 1469 fue elegido para sucederle Axayácatl, el primero de tres hermanos que reinaron uno tras otro. Ya éste se había distinguido al final del gobierno de Ilhuicamina en las campañas hechas en las comarcas de Cotaxtla Y Orizaba. Habiéndose sublevado esta última región, Axayácatl la reconquistó imponiendo un duro castigo a los rebeldes.
El esplendor del Imperio Azteca
En 1473 tuvo una guerra con Moquíhulx, último soberano de Tlatelolco, quien había estado conspirando para formar una coalición contra los Tenochcas integrado por varios señores de los valles de México y Toluca. Denunció el complot a Axayácatl una hermana suya casada con Moquíhuix, ofendida por el abandono en que éste la tenía a causa de la preferencia que daba a otras mujeres. Sabedor de lo que contra él se tramaba, el rey tenochca atacó de improviso a los tlatelolcas, que se defendieron obstinadamente en su último reducto, el templo mayor. Moquíhuix pereció en la lucha y los tlatelolca quedaron sin soberano propio, obedeciendo desde entonces al de Tenochtitlán, hasta que se restauró la monarquía tlatelolca en 1515 con Cuauhtémoc, quien, años después, gobernó también en Tenochtitlán.
Resentido Axayácatl, por haber conspirado con Moquíhuix algunos de los señoríos independientes matlatzincas, otomíes y mazahuas del valle de Toluca, corno los de Toluca, Xocotitlan y Xiquipílco, los atacó y conquisto tras ardua contienda en 1480. Enseguida se enfrentó a los tarascos en los confines de los Estados de México y Michoacán, pero éstos acometieron con tal ímpetu desde las fortificaciones hechas de madera que tenían en Tajimaroa (Ciudad Hidalgo), que derrotaron al ejército mexica. Por primera vez encontraban los Tenochcas un enemigo irreductible. Para atajar la expansión de los tarascos en Guerrero, que ocupaban ya las tierras bajas de Michoacán y de la cuenca del Balsas, se adueñó Axayácatl de Oztuma en el noroeste de dicho Estado y estableció allí una guarnición. Realizó también otras conquistas de regiones situadas al norte del Balsas, cuya subyugación, iniciada por ltzcóatl, había sido proseguida por Moteczuma.
Aunque alguna fuente histórica atribuye a Axayácatl la conquista de Oaxaca, en realidad esta codiciada prenda cayó en poder de los mexicas bajo el reinado de Ahuízotl.
En 1479 se dedicó la "Piedra del Sol" o "Calendario Azteca", porque en ese año, equivalente en la cuenta indígena a 13 ácatl, se conmemoraba la creación del quinto sol, ocurrida en ese mismo signo.
Dos años después falleció Axayácatl y le sucedió su hermano Tizoc quien sólo gobernó cinco años, ya que murió envenenado en 1486. A pesar de que se le ha pintado como un rey cobarde, emprendió conquistas importantes, como la de la región de Nauhtla, Veracruz, efectuada coordinadamente con Nezahualpilli, hijo y sucesor de Nezahualcóyotl y también la reconquista de Yanhuitlan, Oaxaca. Además, en la "Piedra de Tízoc" aparecen otras victorias suyas, solo que en su lugar, como vencedor, figura el dios Tezcatlipoca.
Bajo Ahuízotl, sucesor y hermano de los anteriores, alcanzó el imperio mexica su máxima expansión. Como después de la gran hambre de 1450-54 cada nuevo soberano tenochca, al ascender al trono, iniciaba una campaña contra señoríos aún sin someter, para agregar más territorios al imperio y obtener suficientes cautivos con qué propiciar a los dioses, y como se acercaba además la dedicación del Templo Mayor, erigido en honor a Huitzillopochtli, se requerían numerosas víctimas. Para obtenerlas Ahuízotl hizo la guerra a los huastecos de la provincia de Xiuhcóac o Tziuhcóac (llamado por los españoles "Cicoaque"), y después a los zapotecas, logrando conquistar todo el valle de Oaxaca. De ambos sitios obtuvo innumerables prisioneros. Con el holocausto de no menos de 20,000 se solemnizó en 1487 la dedicación del Templo Mayor de Tenochtitlán. Aterrorizados ante el relato de esta hazaña inaudita, los habitantes de los más remotos confines de Mesoamérica, temblaron ante la posibilidad de que de entre ellos se reclutasen las próximas víctimas y el nombre del fiero monarca tenochca inspiró un pavor tal que todavía hoy se llama "ahuizote" a alguien a quien se teme constantemente o que produce una molestia continua.
Ahuízotl se lanzó de nuevo sobre los paraísos veracruzanos arrasando y diezmando pueblos que se habían rebelado. A las provincias asoladas se llevaron colonias mexicas que reforzaron el predominio de la lengua nahua. Sojuzgó también este rey la mayor parte del Estado de Guerrero, extendiendo los dominios de su imperio hasta la desembocadura del Balsas.
En 1486 las huestes mexicas se apoderaron del valle de Oaxaca y, siguiendo la ruta de la actual carretera, sometieron a Tehuantépec en 1498. Continuaron su marcha victoriosa por la costa del Soconusco hasta apoderarse de la actual población guatemalteco de Ayutla. La penetración de los "pochtecas" o comerciantes por tierras centroamericanas es prueba de que preparaban una próxima agresión, y es seguro que el sucesor de Ahuízotl se proponía conquistar a los quichés y cakohíqueles cuando llegaron los españoles. Un golpe en la cabeza contra un dintel de piedra al tratar de escapar de una inundación que se produjo en Tenochtitlán en 1502 causó la muerte al más temible conquistador mexica. Con él terminó la etapa de los grandes caudillos militares y se inició la de un monarca a punto de ser divinizado.
Le sucedió Moteczuma II Xocoyotzin, originalmente sacerdote modesto y humilde muy versado en su religión, a quien el poder ensoberbeció pronto y convirtió en una especie de sátrapa oriental. A él tocó sofocar serias rebeliones en La Míxteca y conquistar allí regiones que nunca antes habían sido sometidas. También bajo su reinado disminuyó aún más el poder de Tetzcoco que había empezado a declinar a la muerte de Nezahualcóyotl. El hijo de éste, Nezahualpilli, que heredó el trono a los ocho años de edad, quedó bajo la tutela de Axayácatl, y desde entonces los Tenochcas se consideraron como tutores de los tetzcocanos. Cuando llegó el momento de elegir sucesor, Moteczuma impuso a Cacamatzin, en 1516.
Moteczuma murió en 1520. Su imperio abarcó casi todo Veracruz, Puebla, Hidalgo, México, Morelos, gran parte de Guerrero y Oaxaca y las costas de Chiapas. Todo este territorio -más el reino tarasco- constituyó el núcleo de lo que fue la Nueva España y es hoy la República Mexicana. Dentro de aquél estaban enclavados, como señoríos independientes, Tlaxcala, Meztítlan, Yopitzingo y Tututépc.
Antecedentes de los viajes españoles
Nuevamente, si retrocedemos unos cuantos años, vincularemos la llegada de los españoles...
Hasta cerca de México había llegado Colón en su cuarto viaje y tenido noticias de una región llamada Maya; y también habían recorrido parte del litoral mexicano los navegantes Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón en la expedición que hicieron en 1508 con el propósito de hallar un paso marítimo hacía el Asia. Pero las tierras del actual México no fueron verdaderamente descubiertas hasta que Diego Velázquez puso especial empeño en averiguar qué países se hallaban al occidente de Cuba.
La primera expedición organizada al efecto fue la que tuvo como jefe a Francisco Hernández de Córdoba y como piloto de las naves a Antón de Alaminos, que había acompañado a Colón en su cuarto viaje. Tres naves y alrededor de cien hombres formaron la unidad exploradora. Partieron los expedicionarios de Jaruco a principios de febrero de 1517, llegaron al cabo Catoche el primero de marzo. Ahí tuvieron un primer encuentro con los indios. Costeando, llegaron luego a Campeche y a Potonchán (cerca de Frontera, Tabasco). En este lugar fueron casi deshechos por los indígenas: más de la cuarta parte murieron en la lucha y los restantes, incluso el capitán, salieron heridos. Por esta causa decidieron regresar a Cuba. Desembarcados en la Habana, difundieron la noticia de su descubrimiento e hicieron abultadas relaciones de las cosas prodigiosas que habían visto: las grandes ciudades con casas como las de España, las extensas labranzas, las abundantes y ricas alhajas, etc. Poco después moría Hernández de Córdoba a causa de las heridas que recibió en Potonchán.
Con tan tentadoras noticias, la siguiente expedición no se haría esperar. Puso Velázquez al frente de ella a un hombre de su confianza, Juan de Grijalva, y éste consiguió reunir para llevarla a cabo cuatro navíos y unos doscientos hombres, entre ellos venían como capitanes Pedro de Alvarado, Francisco Montejo y Alonso de Avila, y como piloto Alaminos. La pequeña armada partió de Cuba el 5 de abril de 1518 y, arrastrada por las corrientes, arribó a la isla de Cozumel el 23 del mismo mes. Siguió después la ruta de Hernández de Córdoba hasta Potonchán, y recorrió un largo trecho de costa, deteniéndose en la laguna de Términos, bautizada con este nombre por creérsela un estrecho; en el río de Tabasco, al que se dio el nombre de Grijalva; en el río Jamapa, donde los expedicionarios tuvieron el primer contacto oficial con indios mexicanos representantes de Moteczuma, y en la isla de Sacrificios, que fue denominada así porque en sus adoratorios encontraron los españoles varios indios sacrificados. Desde aquí los expedicionarios siguieron recorriendo la costa hasta alcanzar la altura de Nauhtla, punto en que decidieron regresar a Cuba, adonde llegaron el 29 de septiembre, después de cinco meses de exploración y contratación. Con las dos expediciones quedó bastante bien determinada la mayor parte de la costa oriental de México y precisada en lo general la naturaleza de los pueblos que habitaban las regiones litorales y las próximas a ellas.
La conquista de todos los territorios que formaban el reino novohispánico al final de la dominación española, fue larga y no completa. En pleno siglo XVIII fueron reducidos el Nayarit y Nuevo Santander y al iniciarse la lucha por la independencia aún quedaban extensas zonas del Norte en posesión de los indios apaches.
Pero la conquista del núcleo territorial más habitado y en el que se hallaban establecidas las principales tribus indígenas sedentarias, es decir, las zonas central y sur del actual México, se consumó en poco tiempo y fue obra de tres caudillos: Hernán Cortés, Nuño de Guzmán y Francisco Montejo.
La expedición a México
Vistos los buenos resultados del viaje de Hernández de Córdoba, decidió el gobernador de Cuba obtener autorización del rey para la conquista y colonización de las tierras descubiertas.
Mas como las gestiones para cerrar con el monarca la oportuna capitulación se prolongaban, pensó Velázquez en aprovechar el tiempo enviando una nueva expedición exploratoria, a la vez que mercantil, de la que esperaba un aumento considerable de las noticias ya adquiridas sobre los países a cuya conquista creía tener derecho.
No sin alguna desconfianza eligió a Cortés como capitán; los recelos de Velázquez aumentaron a última hora e intentó quitar el mando a su elegido e impedir su salida, pero Hernán Cortés, que estaba advertido, apresuró los últimos preparativos y se hizo a la mar antes que su jefe pudiera evitarlo. Para la expedición había puesto Cortés la mayoría de los recursos, de su propia hacienda o prestados: Velázquez y algunos amigos habían aportado la parte restante; los capitanes y soldados a las, órdenes de Cortés contribuyeron con las armas y caballos qué llevaban y aun con víveres para su sostenimiento. Cuando la expedición salía de Cuba, el 18 de febrero de 1519, componíanla cien marineros y quinientos ocho soldados, distribuidos en diez pequeños navíos: entre los capitanes de la fuerza militar figuraban Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid, Francisco Montejo y Diego de Ordaz.
Hasta Veracruz Cortés pasó rápidamente por la ruta de sus predecesores. Arribó a Cozumel, en donde tuvo la suerte de poder rescatara un español cautivo de los indios, cuya lengua y cuyas costumbres conocía, el diácono Jerónimo de Aguilar; se detuvo brevemente en Tabasco, lugar en que combatió con los indios y obtuvo, al hacer las paces con ellos, un presente de esclavas, entre las que figuraba Malinalli, llamada después Marina y Malinche, hija de un cacique costeño; Y poco después, el 21 de abril, a los dos meses aproximadamente de su salida, llegaba al primer objetivo importante de su viaje: el sitio de la costa en donde pensaba consumar la ruptura con su jefe e iniciar la conquista.
Desembarcando frente a San Juan de Ulúa, pone en ejecución sus planes. De acuerdo con la mayoría de sus soldados, decide lo que le estaba prohibido, que era poblar, y funda inmediatamente una ciudad, la Villa Rica de la Vera Cruz, cuyas autoridades, por él nombradas, le confieren poderes para llevar a cabo la conquista y le designan capitán general de las fuerzas que habían de acometerla. Contra tal decisión protestaron los adictos a Velázquez, pero Cortés hizo aprisionar a sus principales representantes y, los convenció luego de que le siguieron.
A los pocos días del desembarco, se presentó en el campamento español el gobernador de Moteczuma en aquella comarca, que ofreció a Cortés en nombre de su señor ricos regalos y víveres: el conquistador correspondió a ello con objetos europeos y para impresionar a los mexicas hizo un alarde militar, ordenando que fueran disparados los cañones y se lanzara al galope la caballería. Con estas demostraciones quería Cortés que se adentrara aún más en los indígenas la creencia, fundada en sus tradiciones, de que los españoles eran dioses. Sin embargo, los jefes mexicas, siguiendo instrucciones de Moteczuma, trataron de hacer abandonar al capitán español la idea de penetrar en el interior para entrevistarse con el emperador azteca.
La llegada de una embajada del cacique de Cempoala, contribuyó mucho a que Cortés pasara inmediatamente adelante. Mediante ella el jefe de la nación totonaca notificaba al capitán español que él y sus súbditos deseaban sacudir el yugo a que les tenían sometidos los mexicas, y que recibirían con agrado a los soldados hispanos en su capital. Cortés se dirigió enseguida a Cempoala y allí concertó una alianza con los totonacas, expulsó a los recaudadores de tributos de Moteczuma y mandó a sus soldados, con gran disgusto de los nativos, que derribaran los ídolos de los templos públicos. Una noticia valiosísima obtuvo del cacique de Cempoala: que eran muchos los pueblos sojuzgados por los mexicas, y que uno próximo y poderoso, la república de Tlaxcala, estaba en lucha permanente con el imperio azteca para conservar su independencia. Con esta información y la que ya poseía, pudo Cortés trazar su estrategia, que había de consistir fundamentalmente en buscar la alianza de los muchos pueblos enemigos de México con el fin de abatirlo.
Por entonces, llegó un emisario que comunicó a Cortés la noticia de que Velázquez había obtenido ya la autorización real para la conquista de México. El derecho estaba ahora categóricamente contra él; sólo lo ya realizado y, sobre todo, la consumación de la magna empresa que tenía entre manos podían disculparlo respecto del rey. Para defender su causa ante éste y pedirle que ratificara lo resuelto por los soldados de la conquista, hizo que el cabildo de Veracruz despachara procuradores o representantes a España, que llevaban como oferta al monarca todos los objetos de valor obtenidos de los naturales. Algunos velazquistas, en desacuerdo con esto, intentaron volver a Cuba para enterar a su jefe; pero Cortés descubrió la intriga, e hizo ahorcar a dos de ellos; y para cortar cualquier tentativa parecida, mandó hundir los dos navíos servibles aún.
Liquidado este asunto y tras breves preparativos, salía el capitán extremeño para Tenochtitlán a mediados de agosto de 1519. Componían sus fuerzas algo más de cuatrocientos soldados españoles y quizá otros tantos guerreros totonacas; en Veracruz quedaban los viejos y los enfermos. Llegó sin tropiezos a las proximidades de Tlaxcala, con la que deseaba concertar una alianza. Los cempoaltecas que le acompañaban se prestaron a servir de embajadores y cuatro de ellos pasaron a entrevistarse con los gobernantes de aquella nación. Mas, como transcurrieron varios días y no regresaran, Cortés decidió reanudar la marcha. Al parecer, los tlaxcaltecas decidieron seguir una doble política: la de negociar y la de guerrear, para enterarse bien de los designios de los españoles y para probar su fuerza; mientras negociaban, sostenían luchas que atribuían a generales desobedientes o a una tribu extraña como la de los otomíes. Hubo largos combates (del 31 de agosto al 7 de septiembre) con gran desgaste de los españoles, que no esperaban tan tenaz resistencia, llegando por tal motivo a desalentarse algunos. El capitán de los tlaxcaltecas, y héroe de las primeras, jornadas de la lucha contra las aguerridas huestes hispanas, fue el célebre Xicoténcatl. Alcanzada la victoria por los españoles, entraron éstos en la capital de Ocotelolco el 22 de septiembre. No derribó aquí Cortés los ídolos indígenas, pero sí prohibió los sacrificios humanos e hizo levantar altares públicos para el culto cristiano. El triunfo militar reportó a Cortés tres señalados beneficios: levantó la moral de su hueste, puso a los tlaxcaltecas incondicionalmente a su lado y aumentó los temores de los mexicanos.
Cuando Cortés acababa de obtener la victoria, llegaron a su campamento embajadores de Moteczuma con ricos presentes de su soberano y con el encargo de rogarle que renunciara a ir a México y de ofrecerle en concepto de vasallaje el pago de un tributo anual. Hernán no escuchó el ruego de los embajadores, ni tampoco las instancias que éstos le hicieron para que no se aliase con los tlaxcaltecas; pero sí siguió, contra el consejo de éstos, que tenían una emboscada, la indicación que le hicieron los enviados de Moteczuma para que pasase por la ciudad de Cholula. Acompañado por seis mil soldados tlaxcaltecas, y después de obtener el sometimiento de Huejotzingo al emperador de España, hizo Cortés su entrada en aquella ciudad. Con un plan muy premeditado se adentró en ella el capitán español, dejando a los de Tlaxcala, que eran enemigos de los cholultecas, en las cercanías. Dispuesto a evitar lo que creía que se preparaba contra sus fuerzas, Cortés, cuando llegó al centro de la ciudad, reprochó a los principales allí reunidos su "mala voluntad" e inmediatamente dio orden a sus soldados que disparasen contra los indios del lugar; los disparos sirvieron de señal para que los tlaxcaltecas se unieran a las fuerzas que estaban dentro de Cholula, la cual fue arrasada y saqueada en pocas horas; en dos, según dice el mismo Cortés, fueron muertos más de tres mil cholultecas.
Moteczuma no desoyó la advertencia. Accedió a que los españoles vinieran a México, se exculpó de lo ocurrido en Cholula y envió al conquistador algunos hombres principales de su corte para que le acompañasen en el viaje. Rechazó Cortés, por desconfianza, seguir el camino que éstos le indicaron, y pasando por entre los dos volcanes vino a dar a Itztapalapa, desde donde hizo su entrada en la capital azteca. Los españoles quedaron asombrados del espectáculo que ofrecía el Valle de México y su ciudad principal.
Cortés fue recibido por el emperador, quien agasajó a los españoles espléndidamente. Ya en su alojamiento, sintió el conquistador terrible preocupación por lo que había hecho, pues se había introducido en una enorme y desconocida ciudad, cuyos habitantes, sumamente aguerridos, podían aniquilarlo en poco tiempo, y decidió con el consejo de sus capitanes, para salvar la comprometida situación, apoderarse de Moteczuma y conservarlo como rehén. Así lo hizo, dando como pretexto la muerte de varios soldados españoles en Nauhtla, de la que culpó al emperador. Ni la justicia hecha en el cacique de dicho pueblo, Cuauhpopoca, sobre quien parecía recaer la culpa del ataque a los españoles, bastó para que pusiese en libertad al jefe mexica: lo mantuvo en prisión esperando que su vida sirviera para salvaguardar la de los conquistadores.
Mientras esto ocurría habían ido regresando varios grupos exploradores que, guiados por expertos mexicas, fueron enviados por Cortés para reconocer la tierra y saber de qué lugares extraían el oro los naturales. Los exploradores trajeron noticias de algunas regiones de Oaxaca donde abundaban los veneros auríferos; de Coatzacualco, en donde hallaron lugar apropiado para establecer un puerto, y de Pánuco; también consiguieron que varios caciques rindieron vasallaje al rey de España.
Para obligar más al emperador azteca y a sus súbditos, creyó conveniente Cortés pedirles ya el reconocimiento de la soberanía del monarca español. Le fue esto acordado, aunque de mala gana, por los señores mexicas, que consideraban improcedente tal acto mientras estuviese cautivo su jefe. También les pidió Cortés un cuantioso presente para enviarlo al soberano a quien rendían pleitesía, y recibió enseguida uno de los más ricos regalos hechos a la Corona castellana por los que habían de ser sus súbditos.
Al disgusto provocado por la prolongada prisión de Moteczuma, se sumó pronto el que produciría la prisión de algunos señores principales (Cacama y Cuitláhuac, entre otros) y las reiteradas exigencias de Cortés para que los mexicas abandonaran sus prácticas religiosas y se convirtieran al cristianismo. La destrucción por él ordenada, e incluso ejecutada, de los ídolos del Templo Mayor, elevó al máximo el enojo de los mexicanos, que aceleraron sus preparativos para combatir a los españoles.
Mientras Cortés conquistaba México, Velázquez preparaba la revancha. Organizó una poderosa hueste, compuesta por unos mil quinientos hombres, y la envió bajo el mando de Pánfilo de Narváez, quien traía el encargo de apresar a Cortés y enviarlo enjaulado a Cuba. Enterado Cortés de la llegada de Narváez, salió apresuradamente de México con trescientos cuarenta hombres a su encuentro. La diplomacia de Cortés, más que la fuerza, le valió la victoria. Con oro y promesas se atrajo a muchos de los soldados de su enemigo. También su habilidad militar contribuyó no poco al triunfo, pues supo buscar un momento propicio para atacar a los contrarias: una noche de lluvia en que éstos descansaban tranquilamente en su campamento de Cempoala. Se había librado Cortés de la amenaza velazquiana, pero su salida de México agravó aquí la situación de los españoles hasta hacerla desesperada.
Rebelión de Tenochtitlán
Una nueva afrenta cometida por la desenfrenada soldadesca mientras su jefe se hallaba ausente, hizo explotar súbitamente la terrible carga de odio acumulada en el pueblo de Tenochtitlán por los sucesivos y crecientes ultrajes a sus veneradas instituciones. Habían obtenido los mexicanos permiso de Alvarado, sustituto de Cortés en el mando, para rendir el acostumbrado homenaje anual a Huitzillopochtli. Llegado el día de la celebración, los sacerdotes y los nobles indígenas, desarmados, porque esa fue la condición que se les puso para concederles el permiso, se aglomeraron en la plaza del Templo Mayor. Cuando la ceremonia se hallaba en su auge, y sin que hubiera motivo alguno, los españoles cayeron de repente sobre los asistentes y los pasaron a cuchillo; a la inmolación siguió el robo de joyas y atavíos. Cuando la noticia de tan feroz matanza se extendió por la ciudad, todos los hombres tomaron las armas y pusieron sitio al cuartel de las fuerzas cortesianas, donde éstas quedaron aisladas por completo.
Avisado Cortés de lo que acontecía, acudió rápidamente con los soldados que le acompañaban. Aunque le fue fácil entrar en la ciudad, nada pudo hacer para aliviar la situación. Para entonces, tenían ya los mexicas un caudillo prestigioso, perteneciente a la familia real, Cuitláhuac, que había sido puesto en libertad por Alvarado con el fin de que apaciguara a su gente. Cuitláhuac, por el contrario, enardeció a los combatientes y organizó y dirigió su esfuerzo bélico. Durante algunos días se lucho en torno al cuartel español con terrible fiereza. Quizá como último recurso, en un momento en que los mexicas intentaban asaltar ese reducto, Cortés hizo salir a Moteczuma a una de las terrazas para que tratára de calmar los ánimos de sus súbditos y les pidiera que diesen una solución pacífica al conflicto. La respuesta fue un ataque con toda clase de objetos arrojados, a consecuencia, del cual quedó mal herido el emperador. Poco después moriría; no se sabe si a causa de las lesiones recibidas, o sí a manos de los españoles, en la matanza de prisioneros hecha por éstos cuando abandonaron la ciudad de México.
A los pocos días de su retorno, Cortés comprendió que la única esperanza de escapar al exterminio total era salir como pudiera de la ciudad. E inmediatamente trazó el oportuno plan, que consistió en asegurar la evacuación de fuerzas por la calzada de Tacuba, cuyas cortaduras o zanjas hizo ocupar por retenes de soldados. Dispuestas así las cosas, emprendió la retirada en la oscura y lluviosa noche del 30 de Junio. Todo fue bien en las primeras zanjas; pero en las demás, que mediante un estratagema habían ocupado los mexicas, los españoles fueron atacados furiosamente por grandes contingentes enemigos que les causaron cuantiosas bajas. Un día después, al hacer el recuento de lo salvado, pudo Cortés darse cuenta de la magnitud de sus pérdidas: de unos mil soldados españoles, sólo quedaban alrededor de quinientos, y a la mitad, dos mil, se había reducido el número de los auxiliares.
Desde Tacuba inició Cortés inmediatamente la vuelta a Tlaxcala. Esquivó en su marcha todo lo que pudo la gran ciudad, y cuando ya estaba bastante alejado de ella, al entrar en el valle de Otumba, le salió al paso un numeroso ejército de Tetzcoco, con el que se vio obligado a combatir. En la lucha empezaron llevando los españoles la peor parte: pero habiendo podido reconocer entre los combatientes al jefe y portabandera de los tetzcocanos, y sabedores de la enorme importancia que la posesión de la bandera tenía para los guerreros indígenas arremetieron contra dicho caudillo y le arrebataron la enseña. A partir de entonces, los indios comenzaron a retroceder y terminaron por desbandarse. Sin más contratiempos ya, llegaron las fuerzas de Cortés a Tlaxcala, en donde fueron amistosamente recibidos y su capitán pudo curar las heridas que recibió en México y en Otumba, y vencer luego una grave enfermedad.
Conquista de México
Cortés no se precipitó. Conociendo ya las serías dificultades con que tendría que habérselas para conquistar a México, no quiso dejar nada a la aventura y elaboró minuciosamente el plan de operaciones, que ejecutaría después punto por punto.
Mejoró y reforzó sus tropas españolas, haciendo traer de las islas armas y caballos; y luego las entrenó ocupándolas en reducir a los pueblos dominados aún por los mexicas: Tepeaca, Tecamachalco, etc. Hizo construir en Tlaxcala trece bergantines que destinaba al apoyo de las operaciones terrestres desde el lago. Y realizó una hábil labor diplomática para atraerse a los enemigos de México o para separar a éste de sus aliados.
Las fuerzas que llevarían a cabo la conquista estaban integradas por casi seiscientos soldados españoles, cuarenta de a caballo, y por un número de auxiliares indígenas que pasaba de los cien mil; pocos eran los cañones de que disponían: nueve y de pequeño calibre.
En México, Cuitláhuac, que había sucedido a Moteczuma, organizaba la resistencia y perseguía, en vano, la alianza con Tlaxcala y Michoacán. La desgracia vino por entonces a cebarse en la ciudad. A fines de año, una epidemia de viruela, enfermedad introducida por un esclavo negro de Narváez, diezmó la población y ocasionó la muerte del esforzado caudillo mexica. En su lugar fue puesto Cuauhtémoc, cuyo nombre significa en castellano "Aguila que cayó". Tenía a la sazón 25 años, era sobrino de los dos últimos emperadores y se había distinguido por su valor y decisión en la guerra contra los españoles.
Para ejecutar el primer punto de su plan, que era el sometimiento de los pueblos próximos a México, estableció Cortés su cuartel general en la ciudad de Tetzcoco, donde puso como cacique a un príncipe partidario suyo, Ixtlilxóchitl, aprovechando desavenencias habidas en la familia real. Desde allí fue cerrando el círculo en torno de México y reduciendo sucesivamente a los pueblos que él consideraba enemigos. Uno tras otro fueron cayendo en su poder: ltztapalapa, Chalco, Xaltocan, Azcapotzalco, Tacuba, Xochimilco, Cuernavaca, Coyoacán, etc.; en algunos de estos lugares, Xochimilco y Cuernavaca, la resistencia ofrecida por los naturales puso a veces en serio peligro a sus tropas. Por método, para aterrorizar, o por exasperación, Cortés arrasó los lugares que no se dejaron someter fácilmente y redujo a la esclavitud a muchos de sus habitantes. El capitán español extremó con todos su rigor, pues a uno de los suyos, Antonio de Villafaña, que había sido acusado por intento de conspiración, lo hizo ahorcar, y al morir ahorcado condenó también al heroico capitán Xicoténcatl, quien, por diferencias con los caciques tlaxcaltecas, se había separado del ejército.
A mediados de mayo, armados ya en Tetzcoco los bergantines, fue iniciado el ataque y sitio de la ciudad. Alvarado, Olíd y Sandoval, al mando de sendas columnas, debían avanzar por las tres grandes calzadas, y los bergantines proteger el avance de las fuerzas terrestres y paralizar la acción de las canoas indígenas. Los progresos de los sitiadores fueron lentísimos, pues los mexicas defendieron su ciudad heroicamente palmo a palmo, solían recuperar mediante contraataques nocturnos el terreno que perdían durante el día. Al correr el tiempo, la falta de agua y víveres los puso en la más extrema necesidad y las enfermedades y el hambre comenzaron a hacer estragos entre ellos. Sin embargo, todavía de vez en cuando reaccionaban enérgicamente y lograban poner en apuros a sus enemigos; Cortés mismo estuvo a punto de ser hecho prisionero por los sitiados. A los tres meses la resistencia se había vuelto imposible; los defensores de la ciudad estaban ya acorralados en un pequeño reducto, en el barrio que hoy lleva el nombre de Tepito y en Tlatelolco. Pero Cuauhtémoc, que era el alma de la defensa, no quería admitir las ofertas de paz que Cortés le hacía. Un día, el 13 de agosto, cuando estimó ya que la resistencia iba a desplomarse, intentó escapar en una canoa y fue apresado por la tripulación de uno de los bergantines. Traído ante Cortés, viéndole éste muy abatido trató de animarlo; mas el jefe de los mexicas, poniendo la mano en un puñal que Cortés llevaba, le pidió que lo matase, pues ya él había cumplido su misión. Al concluir la heroica defensa, reinaba la muerte y la desolación en la gran ciudad. Para evitar una epidemia hubo que desalojarla. Muy grande fue el número de muertos habidos durante el sitio.
Cortés, dice que 67000 personas perecieron en los combates y unas 50000 a consecuencia del hambre.
Al martirio de la ciudad siguió el suplicio de su heroico defensor. Tuvo este acto una causa reprobable: la codicia. Después de la conquista de México, fue preocupación principal de los vencedores hallar el tesoro que, a juzgar por lo que habían visto, debían poseer los emperadores aztecas; lo consideraban como botín de guerra, y esperaban que se repartiera, conforme a las normas que regían en la conquista, para resarcirse; de los gastos y premiar los méritos de la campaña. Cuauhtémoc y los señores de Tacuba y Tetzcoco, Tetlepanquétzal y Coanácoch, junto con algunos más, fueron interrogados a fin de que declarasen donde se encontraba dicho tesoro, pero todos respondieron que lo ignoraban. Exasperados porque no lograban lo que se proponían, Cortés y los oficiales de la real hacienda que le acompañaban, decidieron someter, a tormento a Cuauhtémoc y al señor de Tacuba, para arrancarles lo que parecía ser un secreto; la quema de los pies untados con aceite fue la clase de tortura elegida para doblegarlos. Pero sólo declararon que el oro que les quedaba lo habían tirado a la laguna cuatro días antes.
Como los españoles conquistaban para colonizar, tras la conquista o simultáneamente a ella, procedían a establecerse en los territorios conquistados, fundando ciudades y constituyendo un gobierno. En la Nueva España, Cortés emprendió la colonización desde el momento mismo que iniciaba la conquista. Antes de someter a los mexicas ya había fundado dos ciudades: Veracruz en 1519 y Segura de la Frontera, junto a Tepeaca en 1520.
Mas tarde Cortés decidió establecer en México la capital de la nueva colonia y dispuso inmediatamente que fuera reconstruida, dentro del terreno que antes ocupaba la urbe mexica, reservó un espacio que se llamó la traza, para la ciudad española, y en las cercanías de ella, señaló tierras para que los indios establecieran sus antiguos barrios.
Gobierno azteca
A la salida de Aztatlan, el grupo mexica era una simple tribu gobernada por sus sacerdotes y jefes militares; pero después de instalado en Tenochtitlan, a partir de Itzcóatl, se produjo un cambio al surgir dentro de la tribu diferencias económicas que trajeron aparejadas las sociales (división en nobles y plebeyos). La transmisión del poder no se hizo ya por sucesión de padres a hijos, sino por elección, que hacía un consejo de nobles entre los miembros de la familia real, dando preferencia a la línea colateral, sí había hermanos del soberano, en defecto de éstos eran escogidos los hijos. La organización política era pues monárquica.
La organización social y política
La sociedad azteca estaba constituida fundamentalmente por dos estratos principales: el de los plebeyos (macehualtin) y el de los nobles (pipiltin). Debajo de los macehuales se encontraban los mayeques y los trabajadores asalariados. Había, además, niveles sociales intermedios, a los que pertenecían los comerciantes y algunos artesanos como los que trabajaban la pluma y los orfebres y lapidarios.
Entre los mexica, la unidad social más pequeña era la familia. Un conjunto de familias formaba un calpulli, y éste era una especie de clan (llamado "barrio" por los españoles) que tenía como base la descendencia por la línea del padre y la residencia de la familia en la comunidad a que pertenecía el marido.
El calpulli tenía no sólo importancia familiar sino militar, política y religiosa: las tierras del pueblo estaban repartidas en tantas partes como calpullis, los hombres del calpulli combatían juntos conducidos por sus propios jefes, las autoridades se elegían dentro del calpulli, entre los miembros más destacados; cada calpulli tenía su deidad particular, su templo, sus ceremonias especiales, su telpochcalli para jóvenes, etc.
El nivel social inferior era el de los esclavos. Se entraba en la esclavitud: por venta que el individuo hacía de sus servicios o de los servicios de quienes dependían familiarmente de él; por condena que imponían los jueces; y por guerra, los que caían prisioneros. De la esclavitud contraída por contrato se salía devolviendo la cantidad recibida como precio. La condición de los esclavos entre los mexicas era muy diferente de la que tenían aquéllos en el Viejo Mundo, pues aquí tal condición no se transmitía a los hijos.
Organización económica
Las tierras bajo el dominio de la nación mexica estaban divididas en dos grandes sectores: el de las reservadas al pueblo y el de las reservadas a la nobleza.
La propiedad de las tierras correspondientes al pueblo era atribuida a éste en su conjunto, es decir, a la comunidad. Siendo la base de la organización social mexica el calpulli o "barrio", la tierra perteneciente a la comunidad se repartía en tantas partes como calpullis había y dentro de cada uno de ellos se subdividía en tres: l) la asignada para el aprovechamiento por los miembros del calpulli, que era distribuida entre los jefes de familia de este grupo, a quienes tocaba un solar en el pueblo para vivir y una parcela cultivable en el campo; 2) la señalada para cubrir los gastos públicos; y 3) la que se dedicaba a usos comunes.
Las tierras asignadas a la nobleza comprendían: l) las llamadas generalmente patrimoniales por estar adscritas a la familia (estirpe); su poseedor era el jefe de ella; y 2) las que cabría denominar "funcionales" por estar adscritas a un cargo público. En estas dos clases de tierras los nobles tenían, o siervos (mayeques), o cultivadores libres (renteros) .
Como los lagos dejaban poco terreno utilizable para la agricultura, la necesidad de intensificarla indujo a los mexicas a crear las chinampas, especie de balsas rectangulares rellenadas con carrizo, ramas de árbol y lodo que anclaban en el fondo del lago plantando sauces en sus bordes; las chinampas no requerían riego y eran abonadas con limo de los canales. En tierra firme tenían milpas o sementeras que colocaban en terrenos ganados por lo general al bosque mediante la roza; por medio de terrazas solían aprovechar también los terrenos en declive. Hicieron asimismo obras de riego y llegaron incluso a construir presas, como la de Coatépec, por ejemplo. Su único instrumento de labranza fue el bastón plantador (coa) .
El ejército
Desde la niñez se inculcaba al pueblo azteca el espíritu guerrero; a raíz del nacimiento, el varón recibía armas que sus propios padres ponían en sus manos ejecutando los movimientos que su manejo requería. Más tarde, en el telpochcalli, lo adiestraban en el manejo de ellas y acompañaba en las luchas, a manera de escudero, a un guerrero experimentado. Además, la carrera militar proporcionaba prestigio; los guerreros que lograban capturar mayor número de víctimas, futuros sacrificados, obtenían grandes honores y tenían derecho a usar trajes más ornamentados según el número de cautivos que hubieran hecho, a pertenecer a las órdenes militares de los Caballeros Aguilas o de los Caballeros Tigres y, en caso de proezas excepcionales, podían recibir como premio concesiones de tierras o retribuciones especiales de su calpullí. El guerrero, por otra parte, creía que, si llegaba a morir en combate, su alma iría a uno de los paraísos de Tláloc.
Pertenecían al ejército, en calidad de soldados, todos los hombres capacitados de la tribu. El ejército estaba organizado en cuerpos pequeños de veinte hombres, algunos de los cuales integraban conjuntos mayores de doscientos a cuatrocientos individuos. Los jefes ordinarios y los miembros de las órdenes guerreras mandaban las unidades menores. El conjunto de las tropas del clan se dividía en cuatro secciones que estaban al mando de los jefes de los cuatro barrios municipales. La autoridad suprema quedaba en manos de los caudillos militares de la tribu.
Las armas fundamentales de los mexicas eran la macana de madera con ángulos filosos de obsidiana, el dardo que lanzaban por medio del átlatl, el arco y la flecha, la honda y la lanza. Para la defensa corporal tenían escudos cubiertos de pieles, armaduras hechas de algodón acolchado que les cubrían todo el cuerpo: algunos utilizaban cascos de madera que tallaban con las insignias de las órdenes militares a que pertenecían.
La educación doméstica y la pública
La educación que recibía el niño desde aproximadamente los tres años era, como en todos los pueblos guerreros, muy rígida. Los padres tenían a su cargo la educación doméstica de los hijos y las madres la de las hijas. En los primeros años les enseñaban el empleo de los utensilios domésticos y las tareas caseras sencillas. Cuando los hijos menores de ocho años, cometían alguna falta, se limitaban a aconsejarlos y amonestarlos; pero después de esa edad, cualquier infracción a la disciplina se corregía por medio de castigos corporales diversos (golpear con palos, clavar espinas de maguey, arañar con púas, hacer aspirar humo de chile, encerrar en cuartos oscuros, etc.). A los 13 o 14 años, los varones debían empezar a trabajar por su cuenta y las niñas ayudar en la cocina, hilar y tejer, hasta el momento de su matrimonio, entre los 16 y 18 años.
La educación pública empezaba después de los quince años. Para los varones había dos centros educativos: el "telpochcalli", destinado a los plebeyos, donde se les entrenaba en el servicio militar, en los trabajos públicos y en las artes y en los oficios, inculcándoles al mismo tiempo obediencia a las normas religiosas comunes, y el "calmécac", reservado a los nobles, donde se les educaba para ocupar altos puestos en el estado o para ejercer el sacerdocio; los que escogían éste permanecían en el calmécac toda su vida. Desde su ingreso, se obligaba a los alumnos del calmécac a servir en el templo y a los del telpoehcalli a ayudar en las labores del campo y en la construcción de casas, o a ir a la guerra corno escuderos, etc.; permanecían allí hasta su boda, entre los 20 o los 22 años.
Existían también escuelas para preparar a las jóvenes como sacerdotisas: allí aprendían a tejer y a hacer trabajos de pluma para confeccionar objetos de carácter religioso.
La mujer estaba en una situación de inferioridad con respecto al hombre, por lo que a derechos toca. A diferencia del varón, se le exigía castidad premarital y fidelidad conyugal. Sus otras actividades, aparte de las del hogar y de la educación de las hijas, eran las de solicitante matrimonial, comadrona y curandera y, en ocasiones, participaba también en las comerciales.
El individuo que infringía los cánones morales establecidos por el grupo era severamente castigado por tribunales especiales o por el propio pueblo. Por ejemplo, el robo era castigado con la esclavitud y con la muerte por lapidación (sí se cometía en el mercado), la embriaguez era penada, en ocasiones, con la muerte, tolerándose sólo en los mayores de 60 años.
Sistemas de numeración y cronología
Tocó a los sacerdotes dirigir la vida intelectual del grupo azteca. Un aspecto muy importante de ésta fue el relativo al calendario, basado en observaciones astronómicas y en cálculos matemáticos. El calendario se dividía en ceremonial y solar.
El calendario ceremonial o "tonalpohualli" (cuenta de los días), confundida frecuentemente con el "tonalámatl" (papel de los días), que era el libro en que se registraba el tonalpohualli, constaba de 260 días, divididos en 20 períodos de 13 (trecenas). Los veinte nombres de los días (véase cuadro 4) se combinaban con los números del 1 al 13. Al concluir la serie de los números se repetía ésta al igual que la de los nombres. Así, la serie de los días empezaba con el número 1 en la primera vuelta, con el 8 en la segunda, con el 2 en la tercera, con el 9 en la cuarta, etc., hasta que después de la treceaba vuelta comenzaba de nuevo otro período semejante al descrito.
Cada uno de los días y de las trecenas era presidido por un dios. Las deidades de las trecenas seguían el mismo orden que las de los días, pero se quitaba la correspondiente al día décimo primero y las demás se corrían un lugar aunque respetando su orden. Al día vacante que quedaba en la última trecena, o sea la vigésima, le correspondían dos dioses que ejercían juntos su influencia. Por último, trece de estos dioses influían sobre las trece horas del día y nueve sobre las horas nocturnas.
Conforme al calendario solar o xiuhmolpílli ("atadura de años") cada año (xíhuitl) tenía 18 meses (metztli) de 20 días (tonalli) y un período de 5 días (nemontemi) que se consideraban nefastos, en los que sólo se hacían las cosas más indispensables (18 X 20 = 360 + 5 = 365). Los meses tenían nombres que en su gran mayoría se relacionaban con las fiestas celebradas en ellos, y los días se distinguían por números que corrían del 1 al 13, asociados a cada uno de los 20 nombres.
Como el número 260 (total de los días del tonalpohualli) no es submúltiplo de 365 (número de días del xíuhmolpillí), las fechas de los principios de cada año se desplazaban cinco unidades y, de ese modo, únicamente cuatro de los veinte nombres de los días -pedernal, casa, conejo y caña- coincidían con el del último día de la última veintena (inmediatamente antes de los nemontemí) , que era el que daba nombre al año. Así pues, cada año era designado con el signo y numeral correspondientes al de su último día. Hasta después de transcurridos 52 (13 X 4 = 52), es decir, un ciclo azteca, el último día del año, que le daba nombre, volvía a tener el mismo signo y número del ciclo anterior.
Los aztecas tuvieron un sistema de numeración vigesimal. Empleaban puntos para representar los números del 1 al 19, una bandera (pantlí) para el 20 y sus múltiples inferiores a 400; esta cifra, o sea el cuadrado de 20, por medio de una especie de pluma de ave (tzontlí), el cubo de 20 ( = 8000) por una bolsa o costal (xiquipillí). Estos signos les servían para hacer toda clase de combinaciones. Después de la conquista idearon otras señales para representar fracciones en las que se observa una indudable influencia europea.
Escritura y códices
La escritura azteca se encontraba, a la llegada de los españoles, en una etapa de transición del estado pictográfico al ideográfico, en la que se apuntaba ya un fonetismo incipiente. Esto quiere decir que en unas ocasiones se representaba la idea mediante dibujos (pictogramas), en otras se recurría a ciertos símbolos convencionales (ideogramas) y, por último, en otras se intentaba relacionar el signo con sonidos del idioma (fonemas).
Utilizaban los aztecas su escritura para consignar en manuscritos pictográficos, denominados códices, conocimientos diversos, calendarios sagrados, hechos históricos, etc.
El material sobre el que escribían era, por lo general, de origen vegetal, aunque también utilizaban pieles de venado. Los aztecas empleaban la corteza del amate recubierto con una capa de engrudo y la fibra del maguey que entrecruzaban y alisaban a mazazos. Pegaban los trozos de "papel" así preparado para formar tiras de varios metros de longitud que después doblaban a manera de biombos protegiendo sus extremos con cubiertas de madera. Una vez listo el libro pasaba a manos del tlacuilo, que era la persona encargada de trazar los dibujos con vivos colores.
El principal códice azteca precolombino que se conoce es el Códice Borbónico, que consigna los calendarios ritual y solar. Entre los post-cortesianos destacan el Códice Mendoza, llamado Mendocino y la Matrícula de Tributos. Aquél trata de la historia mexica desde la fundación de Tenochtitlan hasta la llegada de los españoles, de los tributos que pagaban a los reyes aztecas las provincias sujetas a ellos y de las costumbres del pueblo tenochca.
Medicina
Los aztecas atribuían a las enfermedades un origen mágico o religioso, por ejemplo, la introducción de un cuerpo extraño o la influencia perniciosa de alguna divinidad o persona. En el ejercicio de la medicina se entrelazaban con las ideas que podríamos considerar propiamente científicas las creencias de índole mágico-religiosa, pues se admitía que las prácticas supersticiosas o la intervención de un dios podían sanar a los enfermos.
El reino vegetal constituyó el fundamento de su ciencia médica, aunque también, y aquí parece entrar ya la superstición, atribuían propiedades curativas a algunas piedras y animales.
Las plantas medicinales empleadas por los aztecas fueron bastante numerosas, como lo muestra, por ejemplo, la obra del Dr. Francisco Hernández, médico enviado por Felipe II, hacía fines del siglo XVI, con objeto de estudiar la flora medicinal de la Nueva España. En su obra, Historia de las Plantas de Nueva España, consignó Hernández unas 1500 plantas, descritas botánica y farmacológicamente, e incluyó asimismo notas sobre las propiedades terapéuticas de ellas.
Con aceites y resinas hacían los curanderos ungüentos y emplastos, y con hierbas, raíces, hojas y cortezas elaboraban cataplasmas, infusiones, pócimas, purgantes, polvos, etc. Utilizaban también el zumo de las plantas para preparar gotas.
Ejercían el curanderismo tanto hombres como mujeres y el acervo de conocimientos adquiridos solía ser transmitido de padres a hijos. El que trataba de ejercerlo sin haber pasado por el obligado aprendizaje, era considerado como charlatán.
Entre los males atendidos y las prácticas curativas más frecuentes estaban: la reducción de fracturas y luxaciones por medio de emplastos e inmovilización de la parte afectada; las sangrías con navajas de obsidiana o con púas de puerco espín o de maguey; la aplicación de diversos tipos de emplastos o cataplasmas, según el caso, en las quemaduras y en las mordeduras o picaduras de animales ponzoñosos. Además, los curanderos suturaban heridas, combatían hemorragias, curaban enfermedades de la piel, úlceras, inflamaciones, padecimientos del oído y de los ojos, trataban las caries dentales, atendían partos y llegaban incluso a practicar la embriotomía.
El empleo medicinas de las plantas, era más científico entre los aztecas que entre los europeos de la misma época.
Arquitectura y escultura
La ciudad de Tenochtitlan nos es conocida casi sólo por la información que nos dan diversas fuentes indígenas y españolas, pues de sus edificios y construcciones se conservó muy poco, ya que fue casi arrasada durante el largo sitio que padeció, y los materiales de sus monumentos fueron utilizados para la construcción de la gran urbe española que se levantó sobre ella, dejando tapados por los nuevos edificios los restos que aún quedaban de los antiguos.
El principal conjunto arquitectónico que tuvo Tenochtitlan fue el recinto del Templo Mayor, cuadrado de aproximadamente medio kilómetro por lado, que contenía numerosos edificios y templos, pequeños jardines, estanques y un manantial. Los templos tenían una plataforma, muros en talud interrumpidos por terrazas, escalinatas amplías y empinadas flanqueadas por alfardas, algunas de las cuales empezaban con enormes cabezas de serpiente con las fauces abiertas. En la parte superior se encontraba el pequeño recinto del templo cuyo techo estaba almenado. Al final de la escalinata estaba la piedra de los sacrificios donde eran extendidas las víctimas para ser inmoladas por los sacerdotes.
Entre los principales edificios estaban las casas de Axayácatl y de Moteczuma, que ocupaban grandes extensiones de terreno y estaban rodeadas de jardines.
La distribución de casi todos los edificios prehispánicos se hacía alrededor de patios cuadrados o rectangulares rodeados de banquetas y de vestíbulos que daban acceso a las habitaciones. Los que pertenecían a los personajes más importantes eran de dos pisos.
Los aztecas crearon numerosos modelos escultóricos propios, al principio de forma burda, pero que poco a poco se hicieron más libres y menos rígidos en su trazo y actitud. Los rasgos principales de la grandeza de esta plástica radican en su severidad y en su dramatismo, que refleja el concepto que del mundo tenía este pueblo. Los escultores mostraron una gran habilidad en las concepciones simbólicas y en las realistas. Una figura cargada de símbolos es la de la diosa de la tierra (Coatlicue).
Los relieves aztecas son ejemplos de imágenes realistas: los que reproducen hechos históricos como la Piedra de Tizoc la hacen por medio de figuras simbólicas: los de carácter religioso dan a conocer diversos aspectos de la religión azteca que tiene como centro el culto al Sol, cuyo monumento más señalado es la Piedra del Sol o Calendario Azteca, relieve que muestra en su parte central la imagen del Sol dividida en círculos concéntricos, el signo "4 movimiento" con el rostro del dios del sol, los símbolos de los cuatro "soles" o edades del mundo y de los cuatro puntos cardinales; a esto sigue un anillo con los veinte signos de los días y a su alrededor, de nuevo, un borde ornamental del disco solar circundado por dos grandes serpientes de turquesa, simbolizando que el cielo del día rodea y sostiene al sol.
Artesanías
Entre las artesanías consideradas como distinguidas se hallaban las formadas por los que trabajaban la pluma (amantecas) y por los que se dedicaban a la orfebrería y la lapidaría. Estos también, a semejanza de los comerciantes, tenían barrios especiales, no labraban la tierra y estaban organizados independientemente.
Música y danza
La música, a juzgar por los instrumentos, era de ritmo fuerte, pero carecía de tono; por ejemplo, las diversas clases de flautas no tenían escala fija, el tambor de lengüetas (teponaztlí) sólo poseía dos sonidos diferentes y el caracol marino tenía una gama musical muy reducida. Otros instrumentos musicales de los aztecas eran él tambor de cuero (huéhuetl) , los silbatos, las sonajas, los raspadores, etc. Ningún pueblo de la América precolombina llegó a conocer los instrumentos de cuerda. Casi toda la música indígena desapareció o sufrió fuertes modificaciones por influencia europea.
A pesar de la importancia que tuvo la danza también ésta experimentó el influjo extranjero y únicamente en los sitios más apartados se ha podido conservar algo de ella. Sabemos, por las crónicas, que las danzas aztecas eran ejecutadas por grandes conjuntos y acompañadas con cantos; de éstos, sólo algunas letras han sobrevivido. La música y la danza estaban íntimamente relacionadas con la religión. En la mayor parte de las danzas indígenas que hoy conocemos se percibe tina marcada influencia europea, en especial por lo que respecta a la música y al ritmo.
Cerámica, orfebrería, arte plumario
La cerámica "azteca" es menos variada en forma y riqueza que la de otros lugares corno Puebla y La Mixteca. En su evolución se distinguen cuatro fases. Los mexicas fabricaban también cerámica policroma hecha con un baño rojo o pintada y adornada con un motivo geométrico en negro y blanco.
Los aztecas trabajaban el oro y la plata, que obtenían de los pueblos sojuzgados. Azcapotzalco era el centro de los orfebres, cuyo dios patrono era Xipe. Hacían repujados en hoja delgadas de oro de formas variadas.
El arte de la incrustación, que parece provenir de los toltecas, era también muy estimado por el pueblo azteca.
Las plumas de ricos coloridos más preciadas para el arte plumario eran traídas por los mercaderes de las regiones tropicales. Cosidas las plumas por la parte del cañón y colocadas unas sobre otras para formar dibujos servían como adorno de trajes y para hacer tocados, divisas y, abanicos. En escudos y bases rígidas componían los aztecas verdaderas pinturas por medio de plumas cortadas y pegadas en papel de amate, que después recortaban arreglando los trozos según el diseño proyectado.
Ideas religiosas
Para los aztecas, el dios supremo Tonacatecuhtli y su esposa Tonacacihuatl, "señor y señora de nuestra carne", a quienes, por haberlos relacionado con la procreación y el parto, llamaron también Ometecuhtli y Omecihuatl, "señor y señora de una pareja", fueron los creadores del universo, de los dioses y de los hombres. Sin embargo, esta pareja no era propiamente objeto de culto como lo fueron los demás dioses.
Los aztecas creían que las fuerzas de la naturaleza podían ser benéficas o maléficas y que su bienestar estaba supeditado al dominio que lograran tener sobre ellas. Por eso su religión estuvo tan estrechamente ligada a dicha creencia.
Para ellos, el mundo, antes de llegar al momento actual, había pasado por cuatro edades o soles y cada una de esas edades había terminado en un cataclismo. En la primera edad, la tierra había tenido por dios a Tezcatlipoca, pero al transformarse éste en el Sol, vino la oscuridad nocturna y los jaguares devoraron a los hombres. En la segunda, gobernada por el dios Quetzalcóatl, los huracanes y las tempestades acabaron con el mundo y los hombres se convirtieron en monos. En la tercera, reinó el dios Tláloc, una lluvia de fuego terminó con él y los hombres hiciéronse aves. En la cuarta, regida por la diosa Chalchíuhtlicue, la tierra se inundó a causa de un diluvio y los hombres se volvieron peces. A la llegada de los españoles, vivían los aztecas en su quinta edad, bajo la égida de Tonatiuh, y, según su famosa Leyenda de los Soles, los terremotos serían los encargados de acabar con el mundo.
La concepción religiosa azteca dividía al universo en dos mundos: el horizontal y el vertical. El mundo horizontal se extendía hacía afuera y poseía cinco direcciones, que corresponden a los cuatro puntos cardinales y al centro. Cada dirección estaba dominada por divinidades y asociada a ciertas características geográficas o supersticiosas, lo mismo que a determinados colores. El oriente estaba asignado a Tláloc y a Tlahuízcalpantecuhtli (la estrella matutina); el sur a Huitzillopochtli; el occidente a Quetzalcóatl, y el norte a Tezcatlipoca. Los colores ligados a cada una de estas direcciones eran: el rojo para el oriente, el blanco para el occidente, el negro para el norte y el azul para el sur.
El mundo vertical comprendía los paraísos y los infiernos. Había originalmente nueve paraísos que luego se convirtieron en trece y en ellos habitaban los dioses según su jerarquía. A uno de ellos, el de Tláloc, iban los ahogados y los fulminados por el rayo; a otros los guerreros y las mujeres que morían de parto y los demás muertos iban al Míctlan.
Deidades más importantes
Los dioses venerados por los aztecas eran bastante numerosos. La mayoría de ellos pueden ser clasificados dentro de cinco grupos teniendo en cuenta ciertos rasgos que parecen compartir: dioses mayores o principales, dioses relacionados con la fertilidad, dioses del fuego, dioses planetarios y estelares y dioses de la muerte y de la tierra.
Tres de las deidades más importantes del panteón azteca son consideradas como los dioses mayores: Huitzillopochtli (Colibrí del Sur), dios de la Guerra y deidad tutelar de Tenochtitlan; Tezcatlipoca (Humo espejeante), el dios siempre joven y todopoderoso, patrón de Tetzcoco y Chalco: Quetzalcóatl (Serpiente de plumas de quetzal), dios de la Sabiduría y del Sacerdocio que tenía funciones de creador y era dios del Viento (Ehécatl) y dios del planeta Venus.
Los dioses relacionados con la fertilidad se subdividen en: a) deidades creadoras: Tonacatecuhtli, Ometecuhtlí, Tloque, Nahuaque (el Señor que siempre está cerca) y su esposa Tonacacíhuatl u Omecíhuatl. b) dioses de la fecundidad, por ejemplo, Tlazoltéotl (Diosa de la inmundicia), estimada como Madre Tierra y venerada bajo distintas advocaciones; Chicomecóatl (Siete serpiente), diosa del Maíz; Coatlícue (La de la falda de serpiente) , diosa de la Tierra que estaba asociada con la primavera;' Xochiquétzal (Quetzal florido) , diosa de las Flores: Xochipilli (Príncipe de las Flores) o Macuilxócbitl (Cinco flor), dios del Placer, de las Fiestas y de la Frivolidad; Xipe Tótec (el desollado), dios de las Sementeras y de la Siembra, patrón de los orfebres y c) dioses de la lluvia y de la humedad como Tláloc, el dios de la lluvia con sus ayudantes los Tlaloques: Chalchiuhtlicue (La de la falda de jade), diosa del Agua.
Los dioses del fuego eran Xiuhtecuhtli (Señor del año o de la Turquesa) o Huehuetéotl (Dios Viejo), dios del Fuego y la diosa Chantico, asociada con el hogar y el fuego volcánico.
Entre los dioses planetarios y estelares estaban: el dios solar Tonatiuh (el Sol), estrechamente relacionado con Huitzillopochtli y con Tezcatlipoca; Metztli (la Luna), diosa o dios lunar identificable a veces con Tezcatlipoca; Tlahuizcalpantecuhtli (Dios del Alba), Venus, la estrella de la mañana, que era un aspecto gemelo del de Quetzalcóatl.
De las deidades de la muerte y de la tierra sobresalen Mictlantecuhtli y su esposa Mictecacíhuatl (Señor y Señora de la Región de la Muerte), dioses de la Muerte; Tlaltecuhtli (Señor de la Tierra) , monstruo de la Tierra que personificaba a ésta en contraste con el sol.
Sacrificios humanos
El holocausto de seres humanos fue una de las principales manifestaciones religiosas de los aztecas. Los dioses se habían sacrificado para dar vida al sol; y a fin de que éste brillara siempre, y no se adueñaran las tinieblas del mundo, había que alimentarlo con el líquido preciado de la vida: la sangre. Creían los aztecas que el derramamiento de sangre era la única forma de evitar las catástrofes que constantemente les amenazaban, según suponían.
El sacrificio ritual se llevaba a cabo de muy diversas maneras. La más común era la de extender a la víctima boca arriba sobre la piedra llamada de los sacrificios, y mientras cuatro sacerdotes sujetaban por las extremidades al cautivo, otro le abría el pecho con un cuchillo de pedernal y le sacaba el corazón. También existía lo que denominaron los españoles el sacrificio gladiatorio, que consistía en atar a la víctima a un disco de piedra, de modo que tuviera cierta libertad de movimiento para que, con armas de madera, sostuviera una lucha desigual contra guerreros bien armados, hasta sucumbir a sus golpes. Otras formas de sacrificio eran: arrojar a las víctimas atadas y anestesiadas con yauhtll a un brasero; asaetear a las víctimas para después desollarlas y cubrirse los sacerdotes con su piel; decapitar a mujeres; ahogar a niños como ofrenda a Tláloc.
Los mexicas propiciaban también a los dioses mortificándose a sí mismos con duras penitencias y torturas, como la de mutilarse y atravesarse partes del cuerpo con instrumentos agudos o cortantes. También solían practicar el canibalismo ritual con objeto de adquirir cualidades que no tenían y para participar en una especie de comunión.
Alimentación del pueblo azteca
s el Valle de México una región esencialmente lacustre ofrecía grandes posibilidades para la pesca y para la caza de aves. Los mexicas atrapaban, con ayuda de anzuelos, tridentes y lanzadardos (átlatl) peces diversos y patos; también recogían larvas de batracio, huevos de mosquito y algas. De postes clavados en el fondo del lago colgaban redes que servían de trampa a las aves.
Para la caza de venados, liebres, conejos, etc., y aves terrestres, empleaban el arco y la flecha, la cerbatana y las redes fijas o manuales. Sin embargo, la caza era principalmente una actividad ceremonial y un deporte de nobles entre los aztecas.
La agricultura era la base de la vida económica azteca y el maíz la planta alimenticia por excelencia, cuyo grano preparaban en diversas formas: tortillas, tamales, atoles, etc. Además del maíz, sembraban frijol, calabaza, tomate, chía y huauhtlí. Traían grano de otros lugares para completar el abastecimiento de Tenochtitlan, y de las regiones subtropicales chile, cacao, vainilla, miel, tabaco y otros productos. Del maguey obtenían el pulque y los gusanos que cría dicha planta. Recolectaban plantas y yerbas comestibles, así como frutos silvestres, por ejemplo, tunas de diversas clases. El lago de Tetzcoco les proporcionaba la sal.
Tenían pocos animales domésticos; sólo pavos (guajolotes) y perros; cebaban, para comérselos, los perros de una cierta especie, a los cuales se les suele llamar "perros pelones".
El comercio
ochca era un centro productor muy importante donde se fabricaban, entre otras cosas, tejidos, mosaicos de pluma, orfebrería de oro y plata, artículos que los pochteca se encargaban de difundir hasta regiones tan alejadas como Chiapas y Guatemala. La función de estos comerciantes era no sólo económica, sino política y militar; en ocasiones hacían por sí mismos la guerra o servían al rey, disfrazados, para fines políticos, principalmente el espionaje. Vivían en barrios especiales y poseían deidades, jefes y tribunales propios.
La organización de los mercados interiores (tianguis) era también digna de llamar la atención. Los había cada cinco días en los pueblos pequeños, pero a diario en ciudades como Tenochtitlan, Tetzcoco, Tacuba y Tlatelolco. Aunque predominaba el trueque, ciertas mercaderías como el cacao, las joyas, las mantas, etc., eran admitidas como pago en las compras, realizando así la función de la moneda.
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