Universidade Federal de Pernambuco
Depto. de Letras, Programa de Inglês
Estratégias Leitura/Compreensão Espanhol
Centro de Artes e Comunicação
Professor: Dr. João Sedycias
Código da Disciplina:______

  Diario ABC, Madrid, España

     LO DE USA, VISTO DESDE FUERA

Manuel Jiménez de Parga

Los norteamericanos no entienden lo que está ocurriendo en su casa con las elecciones presidenciales. «Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa», podrían exclamar algunos de ellos con el aforismo orteguiano. Los españoles, a una considerable distancia, estamos asombrados con aquel espectáculo.

Sorprende que la Constitución estadounidense no regule la totalidad del proceso electoral. Las dos primeras etapas del recorrido que conduce a la Casa Blanca han sido maquilladas por los partidos políticos, sin que se ocupen de ellas las previsiones constitucionales. Desde 1831 las Convenciones nacionales de los partidos tienen una intervención decisiva, ya que en esas asambleas se designan los aspirantes a la Presidencia. A finales del siglo XVIII y primer tercio del XIX, que es cuando se ponen los cimientos del régimen, los partidos apenas contaban.

Mantener vivo, en suma, el «espíritu de los padres fundadores», como determinados ideólogos pretenden ahora, resulta imposible. La actual democracia norteamericana se vertebra con dos grandes partidos, el republicano y el demócrata.

A los españoles nos puede sorprender que el calificativo «demócrata» fuese colocado con intención aviesa por sus enemigos sobre la organización elitista de Jefferson, pues en los momentos fundacionales de USA se consideraba que la democracia era un mal terrible. Frente a Jefferson, Hamilton crea el también elitista partido federalista, en el poder durante doce años: de 1789 a 1801. Pero al subir Jefferson a la Presidencia, y perder posiciones, los federalistas se disuelven en 1816. A partir de 1854, el partido republicano, bajo el liderazgo de Lincoln, adquiere la condición de partido destacado, el «Grand Old Party», que llega hasta hoy. Los demócratas terminan incluyendo en su rótulo oficial el sambenito que le dedicaron sus adversarios.

Pero sería un error pensar que republicanos y demócratas tuvieron, en la segunda mitad del siglo XIX y hasta 1960 (inicio de la televización de lo público), la presente relevancia política, en cuanto partidos que gestionan los procesos electorales. La manera en que actualmente se elige los Presidentes se parece poco a lo que, al respecto, querían los padres fundadores.

Fuera de la Constitución se inicia el proceso con la designación de los delegados convencionales (primera fase) y el nombramiento del candidato oficial de cada partido (segunda fase). A un observador español le sorprende que en las primarias para la elección de delegados convencionales, un aspirante se vea obligado a invertir centenares de millones de dólares (nunca se conocen las cifras auténticas, pero son elevadísimas) y que lo tenga que hacer por sí mismo, ya que el partido debe permanecer neutral en las disputas en su seno. Tales elecciones primarias son entre miembros del mismo partido. ¿Quién puede dedicar a esa operación el equivalente, valga un cálculo, de cincuenta mil millones de pesetas? ¿No arranca, tal vez, el proceso electoral con un pecado original como es el sometimiento de los candidatos a sus patrocinadores? (Una respuesta final es que sólo votan allí la mitad de los electores posibles).

Pero nos hallamos a mitad del camino que tiene como meta la Casa Blanca. Asistir a una Convención nacional del partido demócrata, o del republicano, deja unos recuerdos imborrables. Los visitantes del extranjero no salen de su asombro. Yo tuve la oportunidad de estar en el «Cow Palace» de San Francisco, el mes de julio de 1964, cuando los republicanos eligieron a Goldwater, y semanas después en Atlantic City, con la proclamación de Johnson, el émulo presentado por los demócratas, finalmente vencedor en noviembre. No se me olvidará lo que en los dos sitios presencié. Si derrochar es emplear excesivamente el dinero que se posee, las Convenciones son un ejemplo de derroche. Y si la docilidad es propia de quienes reciben fácilmente las influencias de otros, las Convenciones son casos modélicos de docilidad.

Concluídas las Convenciones nacionales, en las que se han «nominado» los aspirantes a la Casa Blanca, empieza la tercera fase del proceso electoral. La Constitución regula normativamente este tercer momento. Aparece así el colegio de notables, o de compromisarios, cuya composición definitiva tantos disgustos y quebraderos de cabeza genera estos días.

Al espectador español se le plantea una duda: ¿Cómo es posible que en una democracia, del estilo de la norteamericana, se desconfíe del voto popular directo, encomendándose la tarea de elegir Presidente a unas docenas de notables? ¿No será, acaso, que el artículo II, apartado segundo, de la Constitución, tiene que ser modificado, en la línea sugerida por Hillary Clinton?

En el momento de diseñar el sistema de gobierno estadounidense no sólo se desconfiaba de la democracia, como antes apunté, sino que se temían las movilizaciones populares. Pensaban aquellos fundadores, y Hamilton lo expone en «El Federalista», que «la calma provinciana de los Estados» era un clima preferible a la «borrasca» que ocasionan las masas en unas elecciones de ámbito nacional. El colegio de compromisarios, sesudos varones, puede decidir con más acierto que millones de ciudadanos acudiendo a las urnas.

Pero esos «notables» ni han sido siempre tan responsables como creían que iban a serlo los padres de la Nación, ni resulta sencilla y sin problemas su designación. Se airean los varios casos de «traición», o de «compromisarios independientes», que no votaron a los candidatos nacionales de sus partidos. Incluso los hubo que se pasaron a las filas rivales, como aquel compromisario republicano de Oklahoma de 1960 que, en lugar de apoyar a Goldwater, se inclinó por el demócrata ultraconservador Harry R. Byrd.

Los problemas de la elección del colegio de notables se han puesto de relieve, con una gravedad insospechada, este 7 de noviembre del año 2000. La borrasca que quería evitarse a finales del siglo XVIII, ha degenerado en un auténtico huracán, causante ya de deterioros irremediables en la imagen de la democracia norteamericana.

Franklin D. Roosevelt, a los pocos días de su primera elección, declaró: «La Presidencia no es simplemente un puesto administrativo. Eso es lo menos importante de ella. La Presidencia es, ante todo, un liderazgo moral». Después del espectáculo dado en Florida, a cargo de George W. Bush y Al Gore, con sus respectivos equipos de asesores, va a ser difícil que el «vencedor» final asuma el «moral leadership» que Roosevelt asignaba, con toda razón, al Presidente de los Estados Unidos.

Desde fuera, desde España en la ocasión, parece imposible.



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