Universidade Federal de Pernambuco
Depto. de Letras, Programa de Espanhol
Disciplina: História da Língua Espanhola
Centro de Artes e Comunicação
Professor: Dr. João Sedycias
Código da Disciplina: ______

 
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Procedencia: Museo Arqueológico Nacional (España).

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Protohistoria y Colonizaciones

Prerromanas de la Península Ibérica

Por Alicia Rodero Riaza

BALEARES

Las islas Baleares no presentan una cultura homogénea: Mallorca y Menorca, dentro de una relativa identidad, ofrecen, sin embargo, algunos monumentos de distinta estructura con materiales arqueológicos diferenciados (Fig.1). Ibiza y Formentera constituyen un grupo cultural distante que se conoce muy mal con anterioridad a la aparición de los fenicios en la isla de Ibiza.

Los primeros vestigios de ocupación humana aparecen en los abrigos de Son Matge y Muleta, en la sierra norte de Mallorca y se fechan a partir del V milenio a. de C. (Sala X, vit. 7). No se conocía la cerámica y el principal recurso alimentario debió ser la caza de los animales de la fauna local, en particular del Myotragus Balearicus; (Sala X, vit. 1) . El citado antilopino se documenta a lo largo de todo el Cuaternario en Mallorca y Menorca. Se trata del mamífero de mayor tamaño de las islas y era un ruminante: que se alimentaba de productos vegetales que cortaba con sus largos incisivos. Parece que los primeros habitantes de Mallorca intentaron su domesticación sin conseguirlo, por lo que la especie fue cazada sistemáticamente hasta provocar su desaparición hacia el año 2000 a. de C.

La cerámica campaniforme

Tras una ocupación en el período Neolítico, identificada tan sólo en algunos yacimientos de Mallorca, aparece la cerámica campaniforme acompañada de las primeras producciones metalúrgicas en cobre (Sala X, vit. 1).

Fig. 1. Vaso talayótico.

Las gentes que fabricaron esta variedad cerámica vivían por lo general en cuevas naturales o cabañas aisladas. Tallaban el sílex desarrollando la técnica del retoque lateral, fabricaban botones planos y piramidales con perforación en V y usaban dientes de animales perforados como amuletos u objetos de adorno. Su economía debió ser principalmente pastoril, basada, sobre todo, en una cabra importada, que, probablemente, sustituyó al Myotragus Balearicus, y que fue el principal proveedor de carne de estas gentes. El campaniforme de la isla de Mallorca, del que también se conocen algunos indicios en el resto de las islas del archipiélago se desarrolla entre el 2000 y el 1750 a. de C.

Los habitantes de las islas en esta época se entierran colectivamente tanto en cuevas naturales como en dólmenes documentados en las islas de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera.

Los dólmenes, como el de San Bauló de Dalt (Mallorca) (cuya fotografia se expone en la Sala X, vit. 2), son por lo general de pequeño tamaño y en ocasiones se construyen sobre una plataforma circular rodeada por un muro de contención. Suelen presentar un corto corredor y una cámara central de planta poligonal a la que se accede por puertas ovales o circulares talladas en una losa que separa la cámara, del corredor.

La cultura pretalayótica

Se desarrolla en Mallorca y Menorca entre el 1700 y el 1400 a. de C. Estas gentes, que vivían de la agricultura y la ganadería, conocen el cultivo de distintos cereales y tienen rebaños de cabras y ovejas. Viven en casas de planta alargada unifamiliares con uno o dos hogares. Pero el elemento más característico de época pretalayótica son los enterramientos colectivos en cuevas naturales o más frecuentemente en hipogeos artificiales excavados en la caliza de la isla. Su variada tipología y dimensiones sugiere la existencia de grupos familiares de distinto tamaño o tal vez riqueza. En el interior de estas cuevas, los cadáveres estaban dispuestos ordenadamente en posición alargada unos junto a otros. La inhumación colectiva, frecuente en otras áreas del Mediterráneo occidental, se acompañaba de ofrendas consistentes en vasos cerámicos y algunas piezas metálicas de factura muy sencilla, realizadas en cobre o bronce (Sala X, vit. 2).

La cultura talayótica

Hacia 1400 a. de C. aparecen en Mallorca y Menorca (Fig.2), pero no en Ibiza ni Formentera, los primeros poblados construidos en torno a los talaiots: torres de piedra en forma de tronco de cono o de pirámide truncada, levantadas con grandes bloques; dispuestos en hiladas. Parece ser que muchas de aquellas grandiosas estructuras, al principio estaban aisladas o formaban grupo con otros talaiots más pequeños, convenientemente separados e independientes. Poco a poco los núcleos actuaron como centro de atracción y alrededor surgieron otras construcciones más simples y modestas de planta variada, que dieron lugar a la constitución de laberínticos poblados en los cuales se organizó la vida semiurbana y religiosa con sus distintas jerarquias y clases sociales. Los poblados talayóticos frecuentemente: se rodearon de murallas como consecuencia de la aparición de una sociedad fragmentada y dividida en diferentes grupos humanos que aspiran a controlar los territorios más ricos para desarrollar los cultivos agrícolas y controlar los pastos para sus ganados. Ello permite deducir la existencia de grupos enfrentados y enemistados entre sí.

En los poblados de Menorca, y en una época ya avanzada sobresale junto al talaiot principal, la presencia de un recinto de uso religioso en cuyo centro se levanta un singular monumento denominado taula: dos grandes bloques de piedra bien tallada, uno vertical hincado en el suelo y otro horizontal que descansa sobre el primero (como se puede observar en la foto del poblado de Trepucó o en la maqueta que sobre este mismo yacimiento se muestra en el centro de la Sala X).

EI poblado de Trepucó, situado junto a la ciudad de Maó, conserva uno de los mayores talaiots de la isla de Menorca, con cerca de 20 metros de diámetro por 8 metros de altura. Junto a él y orientado hacia el este, se levanta la taula a la que se adosan varias construcciones laberínticas, sin duda relacionadas con los cultos que tenían lugar en estos templos.

En el mundo funerario, y más concretamente en la isla de Menorca, destacan las navetas: monumentos funerarios de aparejo ciclópeo, con planta de herradura alargada u oval (Sala X, vit. 3). Consta de dos estancias, un vestíbulo o corredor de dimensiones reducidas que comunica con el exterior por una pequeña puerta, y una cámara en forma de huso a la que se llega desde el vestíbulo por medio de una segunda puerta rectangular. La técnica constructiva que suele utilizarse consiste en el empleo de piedras de gran tamaño ordenadas en hiladas en seco formando salidizo, hasta que el conjunto puede cubrirse con grandes lajas apoyadas en las paredes. La parte del vestíbulo suele quedar abierta por arriba, lo cual permite por medio de apoyos subir a una cámara que a veces se extiende sobre la primera.

El carácter funerario de las navetas no ofrece duda. En ellas han aparecido enterramientos de inhumación acompañados de su ajuar: piezas cerámicas e instrumentos de bronce y hueso, que sitúan estos momentos entre el primer y el segundo milenio a. de C., es decir en la fase más antigua de la cultura talayótica.

Durante el último milenio, desde el siglo VII y hasta la romanización, se utilizan en Menorca cuevas artificiales para enterramientos, normalmente agrupadas en acantilados que dan al mar, formando vastas necrópolis, como la de Cales Coves, cuya foto se expone en la Sala X, vit 3. No todas las cuevas de estas necrópolis son iguales. Hay unas más simples y pequeñas con una entrada ligeramente arqueada y planta más o menos circular. E1 rito utilizado es la inhumación.

El otro tipo de cueva artificial más completa, consta de un patio abierto, con pequeños nichos para depositar las ofrendas, y de una cámara sepulcral grande con columnas o pilastras adosadas a la pared. Aqui el rito varía: inhumaciones simples, en posición encogida; incineraciones incompletas y sarcófagos hechos de madera de pino en los que se depositaba el cadáver en posición fetal. Los enterramientos en estas cuevas suelen estar envueltos en una gruesa capa de cal y cubiertos por grandes losas (Sala X, vit. 4).

La religión talayótica se percibe en los numerosos santuarios que se construyeron en el interior de cada poblado o, aislados, fuera de ellos. Son construcciones de planta cuadrada, en ocasiones con el fondo en forma absidal, a los que se accede por una puerta adintelada. Estos recintos sagrados, desarrollados en la fase final de la cultura talayótica, en la isla de Menorca rodean una segunda construcción o taula. En el interior de estos templos talayóticos se realizaban sacrificios de animales a las divinidades locales. Cabras, ovejas, vacas y otros animales domésticos eran troceados y en algunos casos los huesos se introducían en vasijas de barro que se colocaban sobre el suelo o junto a las paredes. También han aparecido en estas construcciones religiosas estatuillas de toros y figurillas de divinidades de origen oriental, como la reproducción que se expone en la vitrina 5, emparentados con el dios Resef, de origen siriofenicio, cuyo culto llegó hasta la vecina isla de Ibiza en época púnica. Las taulas son monumentos exclusivos de Menorca, pero los santuarios en que se alzan están también documentados en la isla de Mallorca. De todos estos santuarios, el más famoso es el de Costitx, debido al hallazgo de las cabezas de toro de bronce, símbolo, seguramente relacionado con el dios Baal-Meikart. El recinto sagrado donde aparecieron estas esculturas era un edifício de planta rectangular, quizá con el lado posterior absidal, de forma próxima a los santuarios menorquines con taula. En su interior, seguramente fijados a la pared, se situaban las tres cabezas de toro, fundidas con una depurada técnica que permitió dejar vaciado su interior y retocar finalmente con un buril su rostro para destacar ciertos detalles anatómicos (Sala X, vits.5 y 6).

El resto de las piezas halladas son, fundamentalmente, recipientes cerámicos. Algunos están realizados a mano y son tipicamente talayóticos. Otros, hechos a torno, son importaciones que confirman la fecha tardía de este santuario, en la fase final de la cultura talayótica. Lucernas, vasos y otros objetos de bronce que se exponen en la vitrina 5, constituían las ofrendas depositadas en el santuario, y dirigidas a las divinidades que allí se veneraban.

EDAD DEL HIERRO

La incorporación del hierro a la metalurgia nos sirve para establecer un nuevo período arqueológico en el panorama protohistórico peninsular. Esta etapa que se inicia a partir del siglo VIII a. de C., se caracteriza por una serie de profundas transformaciones, de muy diversa índole, generadas a partir de influjos exteriores, europeos y, sobre todo, mediterráneos, que incidirán sobre la fuerte tradición cultural indígena desarrollada durante el Bronce Final. La distinta capacidad de asimilación de estos influjos tiene como resultado la formación de diferentes áreas, culturales con personalidad propia.

Fig. 2. Vasos de doble fondo, pertenecientes a la cultura talayótica.

A pesar de la tardía generalización del hierro en la Península Ibérica, la fundición de objetos en este metal es mucho más antigua. Conocida por los hititas, tras el colapso que provocan los Pueblos del Mar hacia el 1200 a. de C., se extiende por el Mediterráneo. A la Península Ibérica llega hacia el siglo VIII a. de C. de la mano de colonizadores griegos y fenicios siguiendo la vía mediterránea, y pasa a las tierras del interior a partir del siglo VII a. de C. El aprovechamiento del hierro, por las ventajas que éste tiene sobre el cobre o el bronce, supuso una serie de cambios en las culturas que lo adoptaron. Además de proporcionar una mayor dureza y resistencia a las herramientas, la gran abundancia de minerales de hierro en la corteza terrestre y su mayor difusión le convierten en una materia más accesible y económica. Después de una breve fase inicial en la que por su rareza fue considerado un elemento de valor, desbancó al bronce en la fabricación de herramientas y armas.

Las técnicas de obtención y trabajo del hierro son diferentes a las del cobre y bronce, lo que hizo necesario el desarrollo de tecnologías más complejas y especializadas. El primer problema a superar fue la reducción del mineral para conseguir el metal, ya que el hierro funde a una temperatura bastante más elevada que el cobre. Conseguir esa elevación de las temperaturas sólo fue posible a partir de la construcción de hornos con sistemas especiales de ventilación y con una mayor precisión para el control de la temperatura.

La forma de trabajar el metal es también diferente. Los objetos de cobre y bronce se fabrican normalmente por fundición, mediante el vertido del metal líquido en moldes, adquiriendo la forma de éstos al enfriarse; posteriormente, para un acabado final y para mejorar sus propiedades puede recibir técnicas complementarias como la forja en frío o en caliente, el recocido y el. temple. El hierro, por el contrario, se trabaja en estado sólido, calentándolo al rojo para ablandarlo y procediendo a su forja en caliente, mediante golpes de martillo. Así se obtiene, poco a poco, con recalentamientos sucesivos, la forma final. Este sistema de trabajo requiere nuevas herramientas como fuelles, tenazas para sujetar el metal al rojo, yunques más resistentes, etcétera.

Tras diversos nombres aplicados a esta etapa cultural durante los últimos años, finalmente parece que el término Edad del Hierro es el más operativo para referimos a este complejo panorama. A su vez se divide en dos fases sucesivas "Hierro I" y "Hierro II", que despojadas de toda connotación cultural, permiten diferenciaciones por áreas y tiene un valor casi únicamente cronológico, a pesar de lo cual sugiere por sí mismo profundas transformaciones socioculturales.

Hierro I: Con una fecha convencional de inicio, 725 a. de C., a partir de la cual empieza a difundirse el nuevo metal, gracias a la influencia de los pueblos colonizadores (griegos y fenicios). No obstante, hay que señalar que en la mayor parte de la península predominan todavía los objetos de bronce, y sólo en la fase siguiente se generaliza e impone.

Hierro II: Esta etapa se extiende desde aproximadamente, el 500 a. de C. hasta la romanización. Ahora es cuando se hace predominante la metalurgia del hierro, y el bronce queda relegado a objetos menores y de adorno. Corresponde a este momento el florecimiento y desarrollo cultural de los pueblos celtibéricos. La generalización del hierro se debe a las ventajas que ofrece sobre el bronce, como, por ejemplo, su gran abundancia en la naturaleza, que hace fácil su aprovisionamiento, y unas cualidades mecánicas que le otorgan mayor eficacia.

Edad del Hierro en la Meseta

Tras la desaparición de la llamada cultura Cogotas I del Bronce Final, se produce en la meseta un importante cambio que representa el inicio de la Edad del Hierro. Este complejo panorama no es homogeneo, y se pueden diferenciar al menos tres áreas con personalidad definida:

Cultura "Soto de Medinilla"

Formada por un grupo de poblados en torno a la cuenca media del Duero, que toman su nombre del yacimiento vallisoletano del Soto de Medinilla, el más conocido y mejor estudiado de todos. Estos poblados tienen un desarollo inicial hacia el siglo VIII a. de C. Generalmente se asientan cerca de los ríos, sus casas son de planta circular y en algunos casos se rodean de murallas de adobe.

Entre las producciones artesanales, destaca la cerámica elaborada a mano y cocida a fuego reductor, algunas con motivos pintados, decoración que podría tener un origen meridional, al igual que la planta circular de las casas. Ambas características estarían señalando la posibilidad de influencias desde la zona sur peninsular.

La metalurgia del bronce, predominante, queda documentada por la aparición de crisoles y moldes, que demuestran una elaboración local; no obstante, los objetos metálicos son muy escasos y más raros tadavia los fragmentos de hierro.

Su economia descansa sobre una agricultura cerealista (son frecuentes los hallazgos de molinos) y en menor grado ganadería de ovicápridos y bóvidos.

Desconocemos sus necrópolis, y, por tanto, sus ritos funerarios, pero es fácil suponer que incineraran sus cadáveres como el resto de los grupos del Hierro 1. Sin embargo, están documentadas inhumaciones infantiles bajo las casas, rasgo que podríamos relacionar con costumbres funerarias meridionales y mediterraneas, pero para el que también encontramos paralelos en la zona del Valle del Ebro.

Cronológicamente esta cultura se desarrolla en dos fases sucesivas: Soto I (750-650 a. de C.) y Soto II (650-500 a. de C.);, y tiene su final en el tránsito entre la primera y la segunda Edad del Hierro, aunque algunos autores señalan que en ciertos poblados, la facies Soto se pudo mantener hasta la celtiberización.

Cultura Castreña Soriana

A partir de la primera mitad del siglo VII a. de C., o un poco más tarde, en la cabecera del rio Duero y en las estribaciones sorianas del Sistema Ibérico, las penetraciones tardias de los Campos de Urnas configuran una ocupación con personalidad propia, que comparte algunos de los rasgos característicos de la facies Soto. Se trata de auténticos castros, con viviendas de planta circular, situados en zonas estratégicas y con defensa natural que se refuerza en las zonas más débiles mediante murallas y fosos. Incluso algunos de ellos presentan barreras de piedras hincadas para protegerse de la caballería. Esta sofisticación defensiva, que no se alcanza en las zonas vecinas (valle del Duero y Bajo Aragón) permite suponer que sea este el origen de los "Castro fortificados" característicos en la meseta norte durante la segunda Edad del Hierro.

La cultura material viene definida por una gran variedad de tipos cerámicos con formas y decoraciones sencillas (impresiones, digitaciones, ungulaciones, etc.), con paralelos en los Campos de Urnas de la Edad del Hierro, y una metalurgia basada en las aleaciones de bronce. Desconocemos sus necrópolis, pero sus afinidades con los Campos de Urnas tardios permiten suponer la práctica de la incineración.

Sólo una pequeña parte de estos castros alcanzan la celtiberización. Hacia el 400 a. de C. muchos se desocupan y surgen otros asentamientos en zonas más aptas para la economia agrícola. Aparecen nuevos tipos cerámicos con decoraciones a peine y estampillado, y en una fase posterior la cerámica. a torno. Todo ello apunta a la formación de un nuevo horizonte, el protoarévaco, emparentado con el protovacceo y en la base de la Cultura Celtibérica.

Borde nororiental de la meseta o cuenca del Alto Jalón

De manera paralela al desarrollo de los Castros Sorianos, encontramos una ocupación de la zona oriental de la meseta caracterizada por un conjunto de necrópolis que conforman un grupo, en el que los elementos de tradición indígena meseteños se mezclan con rasgos de los Campos de Urnas del valle del Ebro que penetrarían a través del Jalón. Por ello se puede considerar esta cultura (al igual que la de los Castros Sorianos, con la que forman un conjunto uniforme) un grupo regional más de los Campos de Urnas tardíos o de la Edad del Hierro. Además se aprecia una expansión de estas necrópolis hacia la zona soriana ocupada por los castros, en el momento en que en esta zona están surgiendo nuevos asentamientos y se abandonan los antiguos (400 a. C.).

Las gentes de los Campos de Urnas tardios de Cataluña representan una marcada continuidad en sus asentamientos, ritos funerarios y tipos culturales en relación con los anteriores de la Edad del Bronce Final, a pesar de la aparición de una serie de nuevos elementos de cultura material como vasos con pie alto y borde diferenciado, fíbulas de doble resorte y la utilización del hierro. Del Bajo Aragón destaca el núcleo de Azaila, muy emparentado con el catalán.

En general, el hábitat se caracteriza por casas rectangulares que dan a una calle central, construidas con un basamento de piedra, paredes de adobe y tapial y maderas para la techumbre.

Fig. 3. Urna de la necrópolis de la Osera.

Todas son necrópolis de incineración en urnas, desarrollándose a veces las cistas tumulares, como, por ejemplo, en Azaila. Tan sólo se aprecian leves diferencias formales entre ellas. En ocasiones presentan ricos ajuares con abundancia de elementos metálicos, entre los que no faltan objetos de hierro (fundamentalmente puñales y espadas de antenas) y de adorno (fíbulas y broches de cinturón). Su cronología inicial se tiende a situar hasta finales del siglo VII a. C. pero su apogeo se produce entre los siglos V y IV a. de C. (Sala VI, vit. 15).

Destacan entre estas necrópolis las de la zona sur de Soria: la Mercadera, Alpanseque, Almaluez y las del norte de Guadalajara: Aguilar de Anguita, Prados, Redondos, etc. Algunas de ellas perduran en época celtibérica (Carabias o Aguilar de Anguita) (Sala VII, vits. 3 y 6), y constituye por ello una zona particularmente importante para estudiar la evolución sin interrupciones, desde la Edad del Hierro hasta época histórica. La transición se aprecia muy bien en las variaciones de los ajuares, que reflejan una asimilación de los cambios culturales. Por otro lado, también se observa una paulatina pobreza de los ajuares en las etapas finales (III-II a. de C.).

Segunda Edad del Hierro y proceso de ceitiberización

La desaparición de la Cultura Soto de Medinilla marca en la meseta, entre la segunda mitad del siglo VI y la primera mitad del V a. de C., el inicio de la segunda Edad del Hierro. Dos características principales definen esta etapa:

- Empleo, generalizado del hierro, que se hace habitual en armas y herramientas agrícolas, y aumenta su fabricación local. El uso del cobre y bronce queda reducido casi exclusivamente a objetos de adorno.

- Uso del torno alfarero. Su adopción es posterior e irá unida al proceso de ceitiberización. Así, en los inicios de esta etapa encontramos una cerámica elaborada a mano, típicamente meseteña; se trata de la cerámica a peine con decoración de líneas paralelas, conseguida al presionar sobre el. barro húmedo un peine de varias púas. Se extiende esta cerámica por toda la meseta, pero, fundamentalmente, hacia la zona suroccidental (provincias de Avila y Salamanca, con los yacimientos principales de Sanchorreja y Picón de la Mora, respectivamente), y su presencia marca los inícios de la Cultura Cogotas II.

Otros rasgos característicos de estas fases iniciales son los poblados no fortificados, pero con situación estratégica; casas de planta rectangular, aunque no faltan en algunas zonas las circulares más tradicionales, y una economia mixta en la que va adquiriendo importancia la ganadería.

Una serie de cambios profundos se producen entre finales del siglo VI y durante todo el V a. C. El más llamativo es la fortificación de algunos castros de la meseta, mediante obras defensivas de gran envergadura (castros de Sanchorreja, Yecla la Vieja, Bermellana, en Salamanca, y Las Cogotas y Mesa de Miranda, en Avila) (Sala VIII, vit. 2). Entre los elementos defensivos destaca, aunque no por su frecuencia, el de las barreras de piedras hincadas, ya observado en un momento anterior en la zona oriental de la meseta (Cultura de los Castros Sorianos); los fosos y dobles fosos; complicadas entradas; depuradas técnicas aplicadas a la construcción de paramentos, etc., que nos hablan de un ingente esfuerzo defensivo ante una situación inestable.

De forma paralela se acentúan las diferencias entre los distintos grupos meseteños, pudiéndose establecer, a partir de ahora, áreas más o menos independientes:

- Borde noroccideontal. Grupo de carácter castreño que tiene sus raíces en la facies Soto de la primera Edad del Hierro. A partir de las decoraciones cerámicas, principalmente, apreciamos la clara influencia de Cogotas II.

- Grupo Miraveche-Monte Benorio. Al norte de las actuales provincias de Burgos y Palencia. Presenta ciertos arcaísmos de la tradición del Bronce Atlántico e influirá en la formación de los pueblos cántabros. Se define a partir del análisis, de los materiales de la necrópolis de Miraveche (Burgos). Algunos de sus característicos materiales son : espadas gavilanes curvos "tipo Miraveche", puñales de "tipo Monte Benorio " broches de cinturón. Borde oriental de la meseta (grupo protoarévaco) del que hablaremos en el apartado de celtiberización, al ser esa zona una de las áreas nucleares en la formación de esta cultura.

- Cogotas II o Cultura de los Verracos (zona suroccidental). De estos grupos nos interesa destacar los dos últimos, por su fuerte personalidad, por su importancia en el proceso de celtiberización, así como por la abundacia de los materiales de sus yacimientos en este museo.

Cogotas II

Se desarrolla en el área de las actuales provincias de Avila y Salamanca, con prolongaciones hasta la provincia de Cáceres.

Hemos visto cómo en el período inicial de la segunda Edad del Hierro (500-400 a. de C.) una serie de cámbios transforman el aspecto defensivo y urbanístico de los castros de esta zona, afectando al desarrollo conjunto de su cultura material. Se abandona, por ejemplo, el castro de Sanchorreja (Salamanca), que había tenido gran vitalidad, y por el contrario se desarrollan otros que no habían tenido tanta fuerza a inicios de la segunda Edad del Hierro. Entre éstos destaca el castro de Las Cogotas (Avila) , el de Chamartín de la Sierra (Avila) o el del Raso de la Candeleda (Sala VIII, vits. 1 y 2).

Estos poblados presentan una serie de novedades extensibles al resto y características de esta etapa, como puede ser el trazado urbano organizado, a base de casas rectangulares adosadas unas a otras, que dan a una calle principal (estructuración ya observada en el valle: del Ebro). Algunas de estas casas tienen un corral y en ocasiones los poblados presentan recintos amurallados para protección del ganado, hecho que refleja el carácter predominantemente ganadero de su economía.

Son características también unas esculturas zoomorfas muy toscas, que representan toros y cerdos y se conocen como "verracos" (Sala VIII). Su extensión y número es tal, que incluso su nombre ha servido para denominar a esta cultura como "Cultura de los Verracos" o Cogotas II. Su finalidad parece hoy día bastante clara gracias a la interpretación de algunos hallazgos in situ (cinco verracos en Chamartín de la Sierra, en la zona de encerradero del ganado, o tres más en Las Cogotas, a las afueras de la muralla), que ponen de manifiesto un significado "mágico" protector de los ganados e incluso que su colocación sirviera para marcar el limite de los pastos. De esta forma se refuerza la importancia de la ganadería para estas gentes vetonas. Posteriormente, ya en época romana, parece que estos verracos adquirieron un significado funerario.

Otros rasgos peculiares lo constituyen las extensísimas necrópolis sobre las que poseemos numerosos datos. Las mejor conocidas son las de Las Cogotas, La Osera y el Raso de la Candeleda (Sala VIII, vits. 1 y 4). Se ubican en lugares altos, cerca de la entrada principal del propio castro y presentan un rito funerario de incineración en urnas, que se concentran en grupos separados por espacios estériles, lo que parece evidenciar una estructura jerarquizada que sigue normas suprafamiliares o gentilicias.

El rito de enterramiento consistia en incinerar el cadáver en lugares específicos para ello. Posteriormente, las cenizas se depositaban en una urna (Fig. 3), y ésta junto con su ajuar correspondiente se colocaba en un hoyo dispuesto en el suelo. Dependiendo de las necrópolis, esos hoyos se cubrían de distinta manera: en Las Cogotas, las esteias señalan una o varias tumbas y en la Osera varias urnas eran cubiertas por un encanchado tumular.

En la cerámica, los motivos decorativos realizados a peine se barroquizan y tienden a ser sustituidos por "estampillados" a partir del siglo IV a. de C. Esto coincide con la introducción paulatina de la cerámica a torno que predominará a partir del siglo III a. de C., una de las evidencias arqueológicas que definen la celtiberización.

La rica metalurgia de esta cultura es conocida fundamentalmente a través de los ajuares de las necrópolis, que manifiestan la definitiva generalización del hierro, así como el empleo de nuevas técnicas decorativas, como el troquelado y el nielado. Entro los objetos abundan las armas, como las famosas "espadas de antenas" puñales de "tipo Monte Benorio" tahalíes, umbos, abrazaderas (Fig.4) (elementos que completan la panoplia guerrera). No son extraños algunos objetos foráneos: espadas "tipo La Tène I" "Falcatas ibéricas" o broches de cinturón ibéricos, que están manifestando intercambios comerciales y culturales difundidos a través de un comercio de tipo suntuario, probablemente a base de regalos entre caudillos. Otro de los objetos más frecuentes en los ajuares son las fibulas, siendo la "anular hispánica" el tipo más habitual (Sala VII, vit.4).

En los poblados aparecen muchas herramientas fabricadas en hierro, como hoces, azadas, tijeras, sierras, agujas, etc., indicativas de las diferentes actividades económicas y artesanales (Sala VII, vit. 5).

La sociedad debía estar fuertemente jerarquizada y estratificada, conclusión que se desprende fácilmente tras el análisis de los ajuares de sus necrópolis, que reflejan unas acusadas diferencias sociales en su composición. Los más llamativos son los ajuares de guerreros, de los que sólo unos pocos son suntuarios. Este grupo constituiría la élite guerrera que detentaría el poder y la riqueza; por debajo de ellos un abultado número de guerreros de más baja condición (ajuares de armas variadas, según su categoría), el grupo de artesanos comerciales (con ajuares más heterogéneos) y en el último escalón se situarían los esclavos, aunque de éstos sólo tenemos noticias a través de las fuentes escritas, tal vez porque no se enterraban en el mismo lugar que los restantes habitantes del poblado.

Es obligado hacer mención aqui a la orfebrería castreña del noroeste peninsular, que venía desarrolIándose desde la Edad del Bronce, gracias al aprovechamiento de la riqueza aurífera de la zona. La tipología de sus joyas, que continúa en la Edad del Hierro, es muy simple; torques, gargantillas, arracadas. En las técnicas empleadas se aprecia una influencia centroeuropea y más tarde otra mediterránea, que se unirán para ir adaptándose al gusto local. Es probable que el torques fuera la más característica de sus joyas, no sólo por la originalidad de su diseño, sino por el gran número y variedad de ejemplares conservados (Sala VII, vit. 7). "También podrían tenerse como formas bárbaras los ornamentos de algunas mujeres... En ciertas regiones llevan collares de hierro con garfios que se doblan sobre la cabeza." (Estrabón, III,4,7).

Celtiberización

El término "celtíbero" aparece mencionado por primera vez en las fuentes escritas grecolatinas, que hacen referencia al mestizaje de dos etnias peninsulares: los íberos y los celtas. A pesar de haber tenido éxito en los años pasados, actualmente no tiene ningún sentido esta explicación simplista referida al origen de esta cultura de tan compleja y original personalidad.

La acepción de celtibérico habría que entenderla en términos más amplios como un proceso de aculturación, que desde el área ibérica afecta a la población de los pueblos llamados habitualmente célticos.

En primer lugar, seria interesante delimitar el territorio ocupado por los celtíberos, y que siguiendo los distintos testimonios arqueológicos, escritos y lingüísticos, podría ser el siguiente: Este de las actuales provincias de Guadalajara, Soria y Rioja, y oeste de Zaragoza y Teruel, y que podría ampliarse, tanto hacia la zona de Cuenca, como hacia el Este si se incluyen ciertos pueblos citados por las fuentes y con testimonios arqueológicos semejantes (Clunia y Segóbriga). Diversas etnias adjudican las fuentes a este territorio; así, Polibio cita a los "arévacos", "bellos" y "titos" y Estrabón añade los "vacceos"; es difícil determinar el grado de diferencia entre ellos, aunque se pueden distinguir dos áreas:

Celtiberia Citerior, correspondiente al valle medio del Ebro.

Celtiberia Ulterior, que se extiende por la meseta oriental.

Ambas zonas constituirían el área nuclear en la génesis de la cultura celtibérica, y para su estudio es esencial tener en cuenta la importancia del substrato indígena conformado en las etapas anteriores, esto es, durante el Bronce Final y primera Edad del Hierro.

Fig. 4. Conjunto de armas procedentes de la necrópolis de la Osera.

En estas áreas se manifiesta un progresivo e intenso poblamiento durante el Bronce Final local. Corresponde esta primera fase de ocupación a los Campos de Urnas recientes (800-650 a. de C.), y se relaciona con los grupos del Bajo Ebro, a los que se unirían los nuevos aportes que hacia el siglo VIII llegaron a través de los Pirineos occidentales.

En la fase siguiente a los Campos de Urnas del Hierro, en la margen derecha del Alto y Medio Ebro, encontramos un intenso poblamiento, con nuevos asentamientos surgidos a partir del substrato anterior, pero sin aportes étnicos. Todo el territorio (más amplio que el conocido como Celtiberia histórica) presenta una gran afinidad cultural, sustentado.por una economia básicamente agrícola. En el momento en que empiezan a llegar los influjos culturales ibéricos se abandonan la mayoría de los poblados y necrópolis, que en general no se vuelven a ocupar. Surgirán otros nuevos asentamientos, coincidiendo con la generalización de la cerámica de torno, en los que resulta difícil encontrar sus necrópolis, y que tendrán ya una continuidad hasta la época histórica, momento en el que esta zona aparecerá dividida en dos sectores de distinta personalidad: el ibérico y el ceitibérico.

De forma similar, se produce en la zona de los "Castros Sorianos" una ruptura al final de la primera Edad del Hierro; surgirán nuevos asentamientos que desarrollan una economia agrícola y en la que se aprecian influencias de Cogotas II (cerámica con decoraciones a peine y estampillados). Inmediatamente comienza el proceso de aculturación ibérica, que se aprecia en la introducción de la cerámica a torno (más tardía que en la zona del Ebro).

Por último, destacar la única de estas zonas en la que se aprecia una continuidad desde la primera Edad del Hierro hasta época histórica; se trata del grupo de necrópolis de la meseta oriental (Alto Jalón-Henares), que se desarrolla paralelamente a los Castros Sorianos. Este grupo se ha definido fundamentalmente a partir de la revisión de los materiales de las antiguas excavaciones del marqués de Cerralbo en las necrópolis, que ha permitido elevar su cronología y establecer su evolución. Actualmente, también se empiezan a conocer sus poblados.

Entre finales del siglo VI y durante el V a. de C., apreciamos, por tanto, importantes cambios en el poblamiento de esta zona, e incluso en algunas áreas de la Península Ibérica llegan a suponer una ruptura.

Según algunos investigadores, estos cambios han de vincularse a la crisis que existe en otros puntos de la Península Ibérica, y que comienza a manifestarse entre el 530 y 500 a. de C., con la decadencia de Tartessos, y posterior destrucción de monumentos funerarios del Sureste y Levante.

Desde finales del siglo V y durante el IV, la explotación del hierro de las ricas minas del Sistema Ibérico (zona del Moncayo) explica y posibilita el florecimiento económico que permitirá el desarrollo cultural y militar de los puebios celtibéricos. La originalidad de su cultura se pone de manifiesto en la evidencia de una serie de rasgos de procedencia transpirenaica como son: su lengua indoeuropea, unas relaciones sociales peculiares (como el hospitium) y unos dioses propios; a esto se suma la asimilación de las influencias procedentes de la cultura ibérica.

A partir de la segunda mitad del siglo IV a. de C., esta cultura se empieza a extender poco a poco por las tierras de la Meseta con cierta fuerza hacia Occidente (tradición de relaciones entre la zona oriental y Cogotas II), siendo claro testimonio de esta influencia la asimilación de su peculiar cerámica a torno.

Aspectos de la cultura material

- POBLADOS: Es característica la forma de hábitat en "castros", en lugares elegidos por sus cualidades topográficas (cerros, meandros, etc), que permiten una fácil defensa natural, reforzada en sus puntos vulnerables por fosos o murallas. La organización interna poblado suele responder a un esquema ordenado de casas rectangulares adosadas que dan a una calle principal, aunque respetándose la topografia del terreno. Alguno de estos poblados puede alcanzar el rango de ciudad, tanto por su extensión y número de habitantes como por la diversificación económica y social (Ciudad de Numancia. Maqueta en Sala IX).

- NECROPOLIS: En zonas bajas, al pie de los poblados y separadas de éstos en lugares de fácil acceso (contraste con la ubicación de las necrópolis de Cogotas II). El ritual funerario es el de la incineracióti: el cadáver se incinera junto a sus enseres, normalmente en lugar distinto al de su enterramiento, los restos se depositan directamente en un hoyo o en urnas cerámicas. Los enterramientos fueron predominantemente individuales; y su cubierta al exterior fue una simple estela, o hito, o túmulos (amontonamientos de piedras). Los ajuares no son uniformes y se pueden diferenciar entre ricos y pobres.

Fig. 5. Bocado de caballo.

La cronología de las distintas necrópolis conocidas es variada, algunas tienen una continuidad desde la primera Edad del Hierro: Atance (Guadalajara), Alpanseque y Almaluez (Soria), Azaila (Teruel) (desde los siglos VII-IV a. de C), otras perduran hasta los III-II a. de C.: Carabias, El Altillo (Guadalajara), otras comienzan en estos momentos (Luzaga), Riba de Saélices en el siglo III a. de C.). En los momentos finales se percibe una progresiva disminución de los ajuares, que podría coincidir con una época de crisis que alterase la importante producción metalúrgica.

- ARMAMENTO: Abundantemente representadas en las necrópolis, existe una gran variedad de armas. Entre las espadas se utilizaron modelos derivados de momentos anteriores, imponiéndose el tipo de espada corta (50-60 cm.) con hoja de doble filo y punta bien definida (gladius hispaniensis). No faltan modelos de antenas y de antenas atrofiadas; y en ocasiones con decoraciones de nielados mediante hilo de plata. Los puñales son de antenas desarrolladas, atrofiadas y, sobre todo, de frontón y biglobulares, mientras que los cuchillos tienen el enmangue de remaches y hoja de tipo afalcatado con filo. Como armas arrojadizas se utilizaban las lanzas; con gran variedad de formas y tamaños, y el "soliferrum", fabricado de una sola pieza de hierro, con el extremo en punta de lanza y de unos 180 cm. de longitud. (suele aparecer, doblado en los enterramientos). La principal arma defensiva, era el escudo redondo de cuero o madera (Fig. 5), con umbo metálico llamado caetra. "Dicen que ellos usan una pequeña rodela que tiene un diámetro de dos pies y es cóncava por delante, y se maneja por correas, no teniendo ni abrazadera ni asa. Además llevan puñal o sable. La mayor parte tiene corazas de lino, y sólo pocas corazas de malla y un casco con tres penachos... Los infantes usan también grebas y cada uno lleva varias jabalinas. Algunas tienen lanzas para estope con remates de bronce" .

Fig. 5. Reconstrucción de un escudo.

Un aspecto que no podemos olvidar, aunque sólo sea por la frecuencia en que aparece en las fuentes, escritas, es el de la capacidad guerrera de los celtíberos. Su labor como mercenarios (a sueldo o por fidelidad) traspasó el ámbito de la Península Ibérica y fue alabado por sus cualidades de fidelidad y habilidad em el manejo de las armas; precisamente, la calidad de éstas y su eficacia contribuyeron a dar fama a estos guerreros. Tambíen destacan los autores clásicos su destreza como jinetes, y el apego de éstos a sus caballos se confirma arqueológicamente por el número de hallazgos de bocados de caballos em las necrópolis (Fig. 6) (Sala VII, vit. 6).

- OBJETOS DE ADORNO: Están documentados numerosos tipos de fíbulas, destacando entre ellas las "de torrecillas lateral", "anulares hispánicas" o por su peculiaridad las "zoomorfas de caballito" (Fig. 7). La función de estos pequeños objetos era la de sujetar el sagum al hombro (túnica característica de la indumentaria ceitibérica). Entre los broches de cinturón, el "céltico" es el más abundante (sobre una placa de forma triangular o trapezoidal con un número de garfios que van de uno a seis) (Fig. 8) (Sala VII, vit. 6); junto con los diversos objetos de plata (Fig. 9).

 

Fig. 7. Fíbulas.

 


Fig. 8. Broche de cinturón de tres garfios.

 


Fig. 9. Grupo de pulseras de la Mercadera.

 

Fig. 10. Vaso de Ocenilla.

- CERÁMICA: Se generaliza el uso del torno alfarero (Fig. 10), las formas sencillas, pastas claras, cocidas en ambiente oxidante y con frecuencia pintadas a base de motivos lineales. Se extienden rápidamente por toda la meseta norte a partir del siglo IV a. de C., y esta facilidad de expansión indica su carácter industrial. Con el tiempo se complicarán formas y decoraciones, desarrollando su máximo esplendor en el momento de la conquista romana (cerámica numantina de gran riqueza temática en su decoración y rico colorido). Otras manifestaciones cerámicas destacables por su originalidad serían las trompetas o algunos objetos votivos como zapatitos o caballitos esquemáticos (Sala IX, vits. 2 y 3).

Una serie de fenómenos novedosos se dan de forma paralela a la conquista romana (siglo I1 a. de C.) y como consecuencia de ésta: fortificación o refuerzo del aparato defensivo de los castros; "ocultamientos" y "tesorillos" probados por la situación de inestabilidad durante las guerras celtibéricas, y que constituyen una buena muestra de la orfebrería celtibérica (Sala IX, vit. 1); y, por último, se inicia la emisión de monedas de plata y cobre por parte de los pueblos celtibéricos a finales del siglo III a. de C. (Sala XIX, vit.15)

COLONIZACIONES

Desde principios del primer milenio a. de C., diversos pueblos del Mediterráneo oriental fijan en el extremo Occidental sus objetivos comerciales y económicos. Mediante la fundación y explotación de colonias y factorías, estos pueblos, con una tecnología y cultura más avanzadas, entran en contacto con los indígenas de las áreas costeras del Mediterráneo occidental y central, provocando su transformación cultural.

Hacia el siglo XII a. de C., el impacto producido por los Pueblos del Mar provoca la convulsión de los imperios o grandes ciudades de Oriente (Hititas, Egipto, Micenas, etc.) Una de las consecuencias de este caos, es la revitalización de poder de las ciudades fenicias (Tiro, Sidón ... ), lo que les permite consolidar su influencia en el Mediterráneo oriental e iniciar su expansión hacia Occidente en busca de materias primas, sobre todo plata y hierro de Tartessos, estaño de las Cassitérides o marfil y oro de Africa, que a su vez eran muy reclamadas en Oriente. Según Diodoro Sículo fue esta actividad la que permitió principalmente a Tiro aumentar su potencia y fundar nuevas colonias en Africa, Sicilia, Cerdeña y Península Ibérica.

De esta manera, y en torno al siglo IX a. de C., se desarrollan en la Península Ibérica unos primeros contactos precoloniales, es decir, de carácter exploratorio. Posteriormente se producirá la auténtica colonización con la fúndación de colonias y un comercio plenamente desarrollado, desde el siglo VIII a. de C. Esta presencia fenicia en la zona meridional de la península va a reconocerse por una serie de novedades importantes:

La aparición de la rueda y con ella la fabricación de la cerámica a torno.

La introducción de la metalurgia del hierro.

El alfabeto.

EI desarrollo de una nueva arquítectura.

En el aspecto ideológico se manifestarán con la progresiva asimilación de rituales de inspiración oriental, principalmente en la religión y en los ritos funerarios.

De todas las colonias occidentales, Cádiz fue, seguramente, la más importante. Según C. Veleyo Patérculo, la fundaron fenicios llegados de Tiro hacia el 1100 a. de C. aunque la investigación arqueológica actual todavía no ha podido demostrar esa fecha tan alta, y hoy en dia se piensa en el siglo VIII a. de C. Se fundó en una isla cercana a la costa, práctica habitual de los colonizadores. En el caso de Cadiz, eran tres las islas principales, hoy unidas a tierra firme:

Kotinusa, la mayor. Llamada así por estar poblada de olivos silvestres. En ella se alzaron los santuarios de Baal-Kronos-Saturno y el de Melkart. El segundo de ellos y la ciudad se fundaron a la vez.

- Erytheia, la menor, y en la que se fundó la colonia y otro santuario dedicado a la diosa Astarté-Venus Marina.

Y la tercera, llamada Antípolis.

La fúndación de Cádiz respondió a un objetivo muy concreto: el de obtener plata para satisfacer las demandas de Oriente a través del comercio con el mundo tartéssico que explotaba las importantes minas de las sierras de Huelva y Sevilla. Su privilegiada situación desde el punto de vista estratégico-naval, puerto clave en la navegación entre el Atlántico y el Mediterráneo, y desde una perspectiva económica, al estar en las cercanias de la desembocadura del Guadalquivir (nudo de comunicaciones de Andalucia), facilitó su desarrollo como la colonia fenicia más importante de Occidente, hecho que se manifiesta al analizar el alcance de su, influencia económica y cultural, en el mundo tartéssico desde el siglo VII a. de C.

EI esplendor alcanzado por la industria gaditana queda reflejado en piezas como el Sacerdote de Cádiz (Fíg. 11) o las diversas joyas que se exponen en la Sala XIX, vitrina 4.

La arqueología sugiere que Cádiz alcanzó su máximo desarrollo en el siglo V a. de C., con una burguesía comerciante con costumbres orientales, como, por ejemplo, la de enterrarse en espectaculares sarcófagos antropomorfos (en el Museo de Cádiz se conservan uno masculino y otro femenino).

Andalucía oriental

La colonización fenicia no se limitó a esta ciudad, sino que se extendió a lo largo del litoral andaluz, desde Málaga a Almeria, alcanzando incluso las costas levantinas.

Fig. 11. Sacerdote de Cádiz.

Los asentamientos tienen en común su ubicación en un promontorio, bien en la desembocadura de un rio (Toscanos o Chorreras, en Málaga), bien en una península (Alinuñécar, en Granada), o en una isla (Cádiz). Esta localización, común en las colonias del Mediterráneo, era muy ventajosa, tanto por las cuestiones portuarias, como por el aprovechamiento agrícola del terreno circundante. La fundación de estas colonias comerciales se remonta a comienzos del siglo VIII a. de C., pero su desarrollo fundamental se produjo durante los siglos VII y VI a. de C. En estos siglos, y sobre todo en la primera mitad del VII, se aprecia un considerable aumento demográfico, debido a la llegada de población fenicia huida de la devastación provocada por las invasiones asirias.

Desde las primeras etapas del asentamiento más antiguo peninsular (Morro de Mezquitilla, Málaga), se desarrolla una arquitectura sumamente avanzada: grandes viviendas de planta rectangular, hasta con 16 habitaciones; fosos triangulares de defensa o un edificio de tres naves y dos plantas destinado a ser el depósito central de mercancías en Toscanos; lo que nos hace desechar la idea de que los primeros colonizadores eran mercaderes; aventureros, sino un contingente de población relativamente importante y bien organizado. Paulatinamente se irá desarrollando, junto con este urbanismo, una serie de estructuras económicas: aparecen las instalaciones mercantiles con vestigios de metalurgia de hierro y cobre y manufactura de objetos.

Por otra parte, las necrópolis fenicias de este área proporcionan una importante información, tanto en aspectos materiales como otros de tipo social e ideológico. Todas ellas se extienden sobre suaves elevaciones, desde las que se dominan el río y la mar, pero en la ribera contraria a la de la colonia. No hay una colocación precisa de las tumbas. Predoimina el rito de incineración, tanto en tumbas de pozo (necrópolis de Laurita, Almuñécar, Granada), como en cámaras subterráneas (Trayamar, Málaga) en las que también se practica un poco después la inhumación, presagiando ya los primeros síntomas de cambio hacia época púnica. Junto a la urna funeraria se dispone un ajuar variado joyas, piezas de marfil, vasos de alabastro egipcios ... ) y objetos de purificación y libación, jarras con boca trilobulada o boca de seta de barniz rojo, vasos pintados, quemaperfumes o alguna preciada pieza griega) (Sala XIX, vits. 1 y 2). La reutilización de algunas tumbas puede indicar un posible uso familiar, y la riqueza de algunos de los ajuares nos habla claramente de la existencia de un estamento social especializado y privilegiado.

A inicios del siglo VI a. de C., se aprecia una crisis o reorganización en estos yacimientos. Hacia mitad del siglo se abandona gran parte de la zona y sólo algúnos de los asentamientos se vuelven a ocupar sin ser capaces de contrarrestar la nueva influencia griega, perdiendo también el comercio con la vecina Tartessos. Paralelamente, en la costa mediterránea se documenta el aumento de objetos griegos que vendrían a ocupar el vacío del comercio fenicio en su tradicional zona de influencia.

Será, también, a partir de este siglo cuando Cartago irá asumiendo de una manera gradual, o militarmente, el control de los viejos territorios de población fenicia occidental. Esta presencia cartaginesa es lo que se denomina como período púnico y durará hasta el siglo III a. de C., con una serie de elementos clave como la aparición de vestigios de culto por primera vez a la diosa Tanit, del panteón cartaginés, presencia de una cerámica sobria que sustituye la fenicia de barniz rojo. En las necrópolis se desarrolla el rito de inhumación en fosas simples, fosas revestidas de lajas de piedra o sillares, cámaras subterráneas con pozo, hipogeos excavados en la roca con un pozo o dromos de acceso, en los que se utilizan o no sarcófagos de piedra o madera. Caben destacar las, necrópolis del Puig des Molins (Ibiza), Jardín (Málaga), Punta de Vaca, Puertas de Tierra (Cádiz) y Villaricos (Almería). (Sala XIX, vits. 18, a 24).

Esta colonia de Viliaricos, dedicada a la minería (plomo y plata) e industrias de salazones y púrpura, se desarrolla plenamente en época púnica y conviven en ella, tanto la población indígena como la púnica-cartaginesa. Se practica el rito de inhumación en grandes cámaras subterráneas excavadas en la roca con pozo de acceso y puerta tapiada con una losa de piedra. Se utilizan sarcófagos de madera y el ajuar consiste en vasos, ánforas, lucernas púnicas y áticas, terracotas, huevos de avestruz (Fig. 12), similar a la necrópolis de Ibiza (Sala XIX, vits. 18 a 20). Igual que en Cádiz, Jardín e Ibiza estos hipogeos son reutilizados para incineraciones en urnas ibéricas, a partir del siglo III a. de C. También se utilizaron simples fosas con sarcófagos de madera, a veces revestidas de estuco, sillares o madera. Cabe destacar, por último, la existencia de un depósito votivo de terracotas, lo que sugiere la presencia de un santuario dedicado a la diosa Tanit, como en Ibiza.

Andalucía occidental: Tartessos

Fig. 12. Huevo de avestruz procedente de Villaricos.

Parece ya fuera de toda duda que la cultura tartéssica debe concebirse como un fenómeno local propio del suroeste peninsular. El siglo VIII a. de C. va a suponer su transformación, produciéndose un proceso de aculturación que provocará la orientalización del mundo tartéssico y su presencia activa en el ámbito comercial mediterráneo.

La cultura tartéssica abarca una zona geográfica concreta que se extiende por las actuales provincias de Huelva, Cádiz y Sevilla con prolongaciones en su área de influencia hacia Extremadura y la Alta Andalucía.

Cuatro períodos se distinguen en el desarrollo de Tartessos:

  1. Bronce Final evolucionado, siglos X-IX a. de C. Fase plenamente indígena.
  2. Comienzo de los contactos exteriores, siglo VIII a. de C.
  3. Orientalizante Pleno, con la aculturación de la población local como respuesta a estímulos fenicios, siglo VII a. de C.
  4. Helenización de Tartessos. siglo VI a. de C.

1. Bronce Final (siglos X-IX a. de C.)

Desde los primeros momentos se puede apreciar una serie de factores que posibilitan un "dinamismo cultural" sin precedentes en la zona, como la explotación de minas de plata y cobre en la región onubense, o el aprovechamiento de las tierras bajas del Guadalquivir, idóneas para el desarrollo intensivo de la agricultura y la ganadería.

Entre las manifestaciones materiales, dos tipos cerámicos fabricados a mano identifican y definen esta etapa: cerámica con decoración bruñida y cerámica "pintada tipo Carambolo". Ambos tipos irán desapareciendo a medida que se impuso la cerámica fabricada a torno.

Es en esta fase cuando se documentan los contactos atlánticos y mediterráneos, llamados precoloniales, gracias al hallazgo del deposito de la ría de Huelva, con objetos claramente atlánticos como las espadas de lengua de carpa, o claramente mediterráneos como las fíbulas de codo, bien fechado por C 14 en el 800-850 a. de C. (Sala VI, vit. 2).

2. Fase proto-orientalizante (siglo VIII a. de C.)

Desde el comienzo del siglo VIII a. de C. se regularizan los contactos y el comercio entre fenicios y tartessios.

La presencia fenicia se manifiesta con el aumento progresivo de los productos importados: cerámica a torno, cerámica de filiación griega, objetos suntuarios. Su frecuente aparición señala el aprecio que las élites sociales tartéssicas tenían por esos productos; élites enriquecidas gracias al control de las regiones mineras y al intercambio de los metales.

Desde el punto de vista arquitectónico, se abandonan las cabañas circulares propias del Bronce Final y se adoptan construcciones de planta cuadrada o rectangular.

De esta forma comienza el lento proceso de aculturación, por el que la cultura indígena tradicional se transformará, dando lugar en la fase siguiente a su orientalización.

3. Fase orientalizante (Siglo VII-principio del VI a. C.)

Este período coincide con la fase de madurez y progresiva aculturación de Tartessos, gracias a los contactos mantenidos con las metrópolis del Mediterráneo oriental y con las colonias de la propia península que en estos momentos viven su máximo esplendor.

 

Fig. 13. Escarabeo del Tesoro de Aliseda.

 
Esta evolución se aprecia en varios aspectos:

- Aumento demográfico deducido de la ampliación de los poblados tradicionales (en Huelva; en el Carambolo, Sevilla), o por el surgimiento de otros nuevos en zonas de riqueza agrícola (El Cerro Macareno, en Sevilla).

- Mejoras agrícolas a partir de innovaciones tecnológicas (aplicación del hierro al instrumental agrícola).

Uno de los aspectos en los que más claramente se aprecia la fácil receptibilidad de las influencias externas, es el de la religión, tanto en la adopción de cultos y ritos como en la iconografia. La introducción de divinidades fenicias se aprecia en la iconografía de bronces y joyas, aunque se debieron asimilar con las divinidades indígenas preexistentes. Figuraciones de Hator y Astarté (dama de Galera) nos sugieren una diosa madre y las representaciones de smiting god (divinidad atacando), probablemente el dios Reshef o Reshef-Melkart, cuyo culto e importancia ya hemos visto en Cádiz. Además de la presencia de animales de carácter sagrado (toro, ciervo, aves) y otros con rasgos apotropaicos en contextos funerarios (león, grifo o esfinge) (Sala XIX, vit. 17).

En cuanto al rito de enterramiento, predomina la incineración en urna depositada en una fosa y habitualmente cubierta por un túmulo. EI ajuar dependerá del status social del muerto, ya que no siempre aparecen verdaderos objetos de lujo. No obstante, el mayor grado de influencia fenicia se aprecia en la necrópolis de la Joya de Huelva, donde se sustituye la fosa por una cámara excavada en el suelo, de forma rectangular o cuadrada, en la que se depositan las cenizas dentro de un vaso cerámico. Estas cámaras no se cubren con túmulos. De esta manera, nos encontramos ante una población indígena que deposita en sus tumbas cerámicas a mano y otros objetos de clara inspiración local, y junto a ellos un gran número de piezas importadas o imitadas de gran valor. El mismo intento de copiar en las tumbas las cámaras sepulcrales fenicias (por ejemplo, Trayamar), prescindiendo de las estructuras tumulares indígenas contemporáneas, es una prueba clara de la adopción de modas ajenas. (Existe en esta necrópolis de La Joya alguna excepción de inhumaciones y estructuras tumulares aún no suficientemente analizadas.) Esta costumbre de enterramiento en cámaras perdudará en las necrópolis ibéricas.

Otro elemento de aculturación de importancia trascendental lo constituye la escritura conocida como "escritura meridional", que sería una adaptación local de la escritura fenicia y que pudiera ser el origen de la posterior escritura ibérica.

Fig. 14. Askos o vaso biberón procedente de la necrópolis del Puig des Molins.

Hay que destacar que a partir de este siglo VII es cuando las influencias fenicias se dejan sentir ya de una manera evidente hacia el interior peninsular, no sólo desde Tartessos, sino también desde las colonias orientales. Prueba clara de ello es el ya citado tesoro de Aliseda (Cáceres); o la importante necrópolis de Medellín (Badajoz), claramente indígena, pero que adopta algunas formas materiales coloniales, como las urnas con decoración policroma, objetos de lujo como los escarabeos o la importante kylix ática de figuras negras de mediados del siglo VI a. de C. (Sala XIX, vits. 3 y 5).

En general, Extremadura va a ser un importantísimo núcleo receptor de objetos orientalizantes, entre los que podemos destacar el oinochoe de bronce de Valdegamas (Badajoz), el de cristal de Aliseda, diversos braseros de bronce (recipientes para libaciones rituales) de distintas procedencias o el de plata, de Aliseda, thimiateria en bronce. En cuanto a la fabricación de estas piezas de clara influencia fenicia, todavía no se puede afirmar rotundamente si fueron fabricadas en talleres indígenas tartéssicos o en talleres fenicios de Cádiz o de Huelva (Sala XIX, vit. 2).

4. Helenización de Tartessos (Siglo VI a. de C.)

Coincide con la crisis de las colonias fenicias (caída de Tiro por Nabucodonosor II en 586-576 a. de C.) y con una reafirmación del comercio griego que aprovecha el vacío dejado por los fenicios, llegando incluso a sustituirlo y produciendo así su helenización. Pero este hecho no es aislado y se deja sentir en toda la península: los griegos desde sus colonias italianas, desde Marsella-Ampurias, o desde las propias metrópolis buscan el control del Mediterráneo occidental. No obstante, en la segunda mitad de siglo VI a. de C., Tartessos deja de ejercer atractivos comerciales sobre los propios griegos, quienes no volverán a aparecer hasta entrado el siglo V a. de C. Esta situación provoca la absoluta decadencia de Tartessos y la formación de la Cultura Turdetana, dentro ya del mundo ibérico, cultura que será receptora de gran parte de la herencia cultural tartéssica junto con otros rasgos procedentes del mundo griego y púnico. Así, se configura una cultura original de gran personalidad.

IBIZA

Fig. 15. Máscara hallada en la necrópolis del Puig des Molins.

La estratégica situación de la isla de Ibiza en las rutas comerciales del Mediterráneo no pasó desapercibida para los fenicios, quienes hacia la segunda mitad del siglo VII a. de C. fundaron la colonia que culminaría su despegue económico en el siglo VI a. de C., dentro ya de la órbita de Cartago, momento en el. que desarrolla una rica cultura de carácter púnico-ebusitano.

En fecha temprana (finales del siglo VII y principios del VI a. de C.) los comerciantes fenicios asentados en Ibiza, establecen rutas comerciales con la zona del golfo de León, donde obtendrán el estaño procedente del área atlántica. Hacia la segunda mitad del siglo VI a. de C. las importaciones fenicias desaparecen, coincidiendo con la crisis de las colonias fenicias del sur de la península y con la consolidación del comercio griego a partir fundamentalmente de las colonias focenses: Marsella y Ampurias. Será entonces cuando Ibiza se vincula al mundo púnico-cartaginés.

De toda la arqueología ibicenca destaca por su carácter espectacular la necrópolis del Puig des Molins y, localizada en la propia. ciudad de Ibiza, una de las necrópolis púnicas más importantes de Occidente, por su tamaño y número de sepulturas, cerca de 4.000 (Sala XIX, vits. 21 a 23).

Se distinguen tres tipos de enterramientos en los que predomina el rito de inhumación:

Fig. 16. Dama de Ibiza.

Las sepulturas más llamativas son los hipogeos: grandes cámaras subterráneas con pozo y puerta de acceso tapiada con una gran losa de piedra, en donde se depositaban sarcófagos monolíticos de piedra con ricos ajuares. Estas cámaras fueron reutilizadas durante siglos, por lo que a veces los ajuares de diversos muertos aparecen mezclados o incluso revueltos a consecuencia de los saqueos que se practicaron en las tumbas desde época romana. No obstante, se pueden diferenciar tres fases de utilización con su ritual específico:

  1. Incineración arcaica (siglos VII-VI a. de C.). Corresponde a los primeros colonizadores.
  2. Consolidación del rito de inhumación (siglos V-III a. de C.). Momento de máximo desarrollo de Ibiza.
  3. Siglos III-II a. de C. Reaparece momentáneamente la incineración.

Los ajuares se componían de frascos para perfumes para ofrecer al muerto, platos y lucernas, huevos de avestruz, vasos rituales (Fig. 14), objetos de pasta vítrea, terracotas votivas (Fig. 15), cerámicas griegas importadas, amuletos egiptizantes, joyas, navajas de afeitar, etc., pero no parece que exista una norma fija para su asociación en cada tumba.

DeI período púnico conocemos también dos grandes santuarios: Es Cuyram (siglos IV-II a. de C.) e Isla Plana (desde el siglo VI a. de C.). Ambos han proporcionado una gran cantidad de terracotas votivas, de formas acampanadas y en actitud orante con los brazos extendidos (Fig. 16). Son figuritas grotescas que los fieles de Ibiza depositaban como ofrenda a la divinidad, para implorar por curaciones, fertilidad y salud. Figuras similares son frecuentes en otros centros púnicos de Occidente (Fig. 17) (Sala XIX, vits. 2 a 4).

Fig. 17. Terracota votiva procedente del Puig des Molins.

En Es Cuyram, son numerosas las representaciones femeninas, algunas de ellas con grandes alas cubriendo su pecho, cuajado de motivos simbólicos (flores de loto, crecientes lunares y discos solares), figuración alada de la diosa Tanit, símbolo de vida y protección. Todo ello demuestra que este santuario se dedicó al culto de Tanit, la diosa cartaginesa más importante, lo que se confirma, además, por una dedicatoria a la diosa sobre una placa de bronce.

En toda la artesanía ibicenca (terracotas, vasos cerámicos, etc.) de carácter púnico, paulatinamente se irá reflejando una fuerte influencia helenística que alcanzará, incluso al mundo de las ideas, como, por ejemplo, en el cambio de nombres de los dioses o asimilación: Tanit-Demeter.

Los aspectos de la vida cotidiana los conocemos peor. El hábitat de las gentes que se enterraron, por ejemplo, en el Puig des Molins, todavía no está localizado, pero en cualquier caso se puede intentar alguna reconstrucción. Es evidente que ciertos objetos aparecidos en las tumbas eran los mismos que se usaban en la vida diaria. Por otra parte, el crecimiento económico de la isla, que no había cesado, se dispara, sobre todo, desde el siglo III a. de C., momento que coincide con el desarrollo de una serie de necrópolis rurales que claramente nos están hablando de la riqueza agrícola y ganadera.

La conquista romana en el siglo II a. de C. no interrumpió de forma tajante un desarrollo cultural profundamente arraigado desde época fenicia. Las costumbres y modos de vida púnicos continuaron vigentes durante largo tiempo entre los habitantes de Ibiza. Ejemplo claro de este hecho es el mantenimiento de motivos púnicos en las monedas de una ceca ya romana, como, por ejemplo la imagen del dios Bes (Sala XIX, vit. 15)

CULTURA IBÉRICA

La cultura ibérica supone la maduración de las culturas protohistóricas de la península, resultado de la integración de dos elementos principales: el substrato indígena y el impacto que sobre éste producen los pueblos colonizadores, sobre todo griegos y fenicios. El ámbito de influencia de estos dos pueblos fue distinto:

La zona meridional recibió la influencia directa del mundo fenicio, a partir de sus asentamientos en la costa andaluza.

Lwas zonas del NE. y Levante con las colonias de Rosas y Ampurias, a partir de las cuales se extiende la influencia griega.

 

Fig. 18. Distribución de los pueblos ibéricos.
 

Otro factor de gran importancia en las etapas de formación del mundo ibérico fue el que desempeñó la cultura tartéssica, ya que transmitió a las zonas geográficas próximas, aspectos de su cultura impregnada de los elementos orientalizantes que había asimilado de los pueblos del Mediterráneo con los que había mantenido contactos. El mundo tartéssico actuó, por tanto, como motor impulsor en la formación de la cultura ibérica.

Esta doble influencia, básicamente de carácter fenicio en la zona andaluza y griego en la levantina, junto con las fuertes diferencias de substrato que se mantienen frecuentemente en forma de tradiciones, contribuye a una diversidad mayor entre los pueblos llamados ibéricos. No hay que entender, por tanto, la cultura ibérica como un todo organizado y unificado, sino en un .sentido más amplio como un extenso conjunto de poblaciones que comparten un territorio y una serie de características materiales y espirituales similares (lengua y escritura, creencias religiosas, costumbres funerarias ... ), sin llegar a formar nunca una unidad de carácter político.

Fig. 19. Exvoto ibérico.

Los pueblos ibéricos ocuparon un extenso territorio peninsular. Conocemos parte de sus nombres a través de las fuentes escritas y de la numismática, no obstante, no es siempre fácil localizar su ubicación y sus límites geográficos correctamente, por falta de claridad entre las diversas fuentes (Fig. 18).

Estudiando la "oikouméne" por partes, la primera de todas por el Occidente es Iberia, semejante a una piel de buey, de la cual la parte que pudiera considerarse como correspondiente a la cerviz, se halla vuelta hacia la vecina Keltiké, es decir, hacia el Este, de tal modo que se puede separar el lado que ocupa el llamado Pyréne. Por el resto está rodeada del mar; el lado meridional, por Nuestro Mar, hasta las Stélai; el resto, por el Atlantikós, hasta el cabo más septentrional del Pyréne. La longitud de estas tierras es de unos seis mil stadios, y su mayor latitud, de cinco mil..." (Estrabón II, 5,27).

Los poblados se distribuían jerárquicamente sobre el territorio en torno a núcleo de mayor entidad que podrían llamarse ciudades. Normalmente se situaban en lugares estratégicos y se rodean de una muralla que afiance aún más esa buscada seguridad, aunque los hay también en zonas llanas con grandes posibilidades agrícolas. Ejemplo del primer caso es el poblado de Azaila (Teruel) (Sala VII, vit. 1): su facilidad defensiva provocó que fuera un lugar habitado desde las gentes de los Campos de Urnas hasta época romana. La organización interna de los poblados, de los que Azaila va a ser un buen ejemplo, consiste en casas de planta rectangular, alineadas a lo largo de calles, que a veces estarán pavimentadas con lajas de piedra de buen tamaño. Las casas, por su parte, eran unifamiliares y habitadas por las personas con sus animales. Normalmente se construían con un zócalo de piedra sobre el que descansaba una pared de adobe. La techumbre podía hacerse de pajizo, maderos y barro. El suelo era de tierra apisonada y alguna vez tenía un enlosado de piedra.

Su organización social estaba basada en un complejo sistema de tribus, con gran importancia de las castas guerreras. Los textos históricos nos informan de la existencia de reyes (fuerte tradición monárquica en la zona de la Turdetania, antiguo reino de Tartessos) que gobernarían desde los núcleos urbanos pequeñas; parcelas del territorio. Junto a este grupo social dominante existía una nobleza aristocrática con fuerte poder militar y económico. En un escalón inferior, el grupo de los guerreros de gran consideración en una sociedad tan militarizada como esta (frecuentes citas de las fuentes a la actividad mercenaria de los íberos como guerreros de élite). Por último, y constituyendo la base económica de esta sociedad, existía un amplio sector, menos privilegiado que los anteriores, formado por agricultores y ganaderos, artesanos especializados y comerciantes.

Fig. 20. Dama de Elche.

Los materiales expuestos en las Salas XIX y XX del Museo Arqueológico Nacional ilustran el grado de desarrollo alcanzado y las principales manifestaciones culturales de los pueblos ibéricos: ofrendas de diversos santuarios son reflejo de sus prácticas religiosas; los ajuares y sus tipos de enterramientos nos muestran sus ritos funerarios; un gran número de esculturas y cerámicas nos hablan de su arte y habilidad artesanal. Por último, los utensílios agrícolas y las armas muestran, por un lado, un alto desarrollo agrícola y, por otro, técnicas metalúrgicas muy avanzadas.

De los productos que constituían básicamente su economía y su comercio Estrabón dice: "Se exportaba de Turdetania mucho trigo, vino y aceite, no sólo en cantidad, sino también muy bueno ... / ... Además se hace no poca salazón de pescado..." (111, 2, 6); o "Todo el país de los Iberos está lleno de ellas (metales) ... / ... Porque en ninguna parte del mundo se ha encontrado hasta hoy ni oro, ni plata, ni cobre, ni hierro en tal cantidad y calidad." (III,2,8).

Los santuarios o lugares sagrados se situaban habitualmente en emplazamientos naturales como cuevas, bosques o fuentes. En algunos de ellos se han localizado restos arquitectónicos, pero no es lo habitual. Allí se depositaban los "exvotos" u ofrendas de los fieles a sus dioses. Suelen representar al devoto o ciertos elementos anatómicos, pero también existen representaciones de divinidades. Están fabricados normalmente en bronce (Collado de los Jardines, Jaén) (Fig.19), pero pueden ser de piedra (El Cigarralejo, Murcia; El Cerro de los Santos, Albacete) o de cerámica (La Serreta, Alicante) (Sala XX, vits. 8, 12, 15, 16 y 17).

Desconocemos los nombres de las divinidades ibéricas, pero las características de sus santuarios nos indican su relación con las fuerzas de la naturaleza. En una etapa antigua, por influjos de los pueblos colonizadores, se antropomorfizan y paulatinamente se van helenizando y se producen sincretismos de divinidades indígenas y clásicas.

Dentro de este mundo mítico hay que citar el Sileno o Sátiro de Capilla, (Badajoz) (Sala XX, vit. 8) fabricado en un taller local, es decir, no griego, pero muy influido por la plástica y la iconografía griegas (primera mitad del siglo V a. de C.). La introducción del vino por los pueblos colonizadadores trajo paralelamente una aculturación de motivos religiosos y rituales asociados a la bebida, y a la bebida se asocia también el mundo semihumano de los sátiros, seres de la mitología griega.

Otro aspecto de gran importancia en esta cultura es el relacionado con el mundo funerario . Las necrópolis ocupan un apartado importante dentro, de la arqueología ibérica, tanto por la variedad de sus ajuares, reflejo de la complejidad simbólico-religiosa de sus ritos mortuários, como por la belleza y monumentalidad de algunas de sus tumbas. A partir de estos elementos se intenta deducir el status social del difunto y algunas características de los ritos de enterramiento. Entro los objetos y ritos es fácil rastrear ciertas tradiciones y gustos orientales, pero con una interpretación particular y un resultado original que muestra la personalidad de la cultura ibérica.'En relación com este mundo funerario hay que destacar también la fuerte presencia de tradiciones griegas, y sirva de ejemplo " el Centauro de Rollos (Murcia) (Sala XX, vit. 8). Es una de las representaciones griegas más antiguas halladas en la Península Ibérica, de fábrica incierta y fechable a mediados del siglo VI a. de C. E1 centauro es un animal fabuloso, con cabeza y tronco humano y cuerpo de caballo y representó en el mundo griego la síntesis entre la civilización y las fuerzas desbordadas de la vida. El mundo ibérico asimiló, tanto la iconografia del centauro como su función funeraria y así lo vemos representado en el monumento funerario de Pozo Moro (Albacete) (Sala XIX, vit. 8).

El rito de enterramiento generalizado fue la incineración en urna, entendiendo por tal un vaso cerámico, una caja de piedra, o una escultura también en piedra (Dama de Baza o Dama de Elche) (Fig. 20), en donde se guardaban los huesos incinerados. El recipiente, a su vez, se depositaba en una tumba, cuya variedad va desde una pequeña cista hasta grandes construcciones de cierta complejidad técnica, o en un simple hoyo, dependiendo del rango social del muerto. En relación con su categoría también se incluían objetos personales, ofrendas y alimentos para el viaje de ultra-tumba.

Destacan en la zona de Andalucía y el SE., algunas sepulturas de carácter monumental que debieron pertenecer a reyes locales o grandes señores. Una de las más espectaculares es la sepultura turriforme de Pozo Moro (Sala XIX, vit. 8) con relieves de tipo orientalizante que representan escenas relacionadas con el mundo de ultra-tumba y animales fantásticos. Ese mismo carácter monumental tuvieron las tumbas de las que formaron parte esculturas como las de Porcuna o los diversos sillares de Osuna (Sala XX, vits. 1 a 4) que nos narra escenas rituales bien arraigadas en el mundo ibérico: escenas de combate relacionadas con el carácter guerrero del difunto, convertido en héroe después de muerto, o la escena de la mujer flautista tocando una melodía funeraria con el aulós o doble flauta.

 

Fig. 21. Planta y alzado de una tumba de Galera (Cabré y Motos, 1920).
 

Otra variante de tumbas relevantes son las llamadas de cámara: construcciones de planta cuadrangular subterráneas y en ocasiones resaltadas mediante grandes túmulos circulares al exterior (Galera (Fig. 21), Cástulo). Pueden estar divididas interiormente formando varias estancias como en el caso de la célebre cámara de Toya (maqueta en sala XIX, vit. 6) o el más modesto desde el punto de vista constructivo de Baza.

Fig. 22. Ajuar de una tumba de Galera.

Algunas tumbas se caracterizaban, por poseer pilares o estelas rematados por animales de carácter apotropaico y sentido funerario, que defienden y protegen el lugar sagrado. Son esculturas zoomorfas que representan toros, leones o animales míticos como grifos o esfinges (esfinge de Agost, el Aqueloo conocido como "Bicha" de Balazote) (Sala XX, vits. 7 y 11).

La variedad de ajuares (Fig. 22) depositados en estas tumbas indica las diferencias de poder adquisitivo y status social de las personas que componían la sociedad ibérica. Entre sus materiales más comunes destacan:

Armas (soliferrea, falcatas (Fig. 23), escudos ... ): su presencia se ha interpretado tradicionalmente como pertenecientes al guerrero enterrado, pero esta relación no siempre es exacta como demuestra la tumba de la Dama de Baza (Sala XX, vit. 6), cuyos restos pertenen, al parecer, a una mujer. Casos como éste hablan de la notable consideración social que gozaron algunas mujeres en esta sociedad.

Fig. 23. Falcata ibérica.

Vasijas cerámicas (Fig. 24) que en las tumbas más ricas son de gran valor artístico y técnico. En muchos casos aparecen piezas de importación griegas o sus imitaciones. Cráteras y kílikes, junto a vasos más sencillos, representan escenas de rituales griegos y son en si mismas utilizadas en el "symposio" o banquete mortuorio (Sala XIX, vits. 7 y 17).

Piezas exóticas procedentes del comercio exterior, fenicio y griego. Objetos tradicionalmente apreciados como la Dama de Galera (Sala XIX, vit. 17): representa la diosa de la fecundidad que participa en la libación recogiendo en la pátera que sujeta con sus manos el líquido sagrado que entra a través de su cabeza hueca y sale por sus pechos perforados. Vemos aquí cómo el mundo ibérico adopta la idea mediterránea de hacer participar a sus dioses en lugares humanos, como divinidades benévolas dentro de los ritos consoladores de la muerte. Ungüentarios de pasta vítrea (Sala XIX) valiosos tanto, por su contenido como por su propia forma.

Fig. 24. Vaso ibérico procedente de Galera.

Objetos de adorno y de uso cotidiano que debieron acompañar en vida al difunto como fíbulas, joyas (Fig. 25), y que se pueden estudiar bien, tanto a través de las piezas en sí, como en las esculpidas en la Dama de Oferente (Cerro de los Santos, Albacete), por poner sólo un ejemplo. Por lo que respecta a la joyería ibérica, propiamente dicha, habría que destacar la notable disminución del circulante de oro en beneficio de la plata. De las piezas fabricadas en oro hay que destacar el tesoro de Jávea (Alicante), en el que claramente se aprecia la influencia de motivos griegos (Sala XX, vit. 5).

Arreos de caballo y restos de carros, en relación con una élite poderosa que evidencia así su poder político y ecónomico, a la vez que reflejan un ritual mortuorio de clara inspiración mediterránea (Sala XIX, vit. 14).

Fig. 25. Objetos de adorno.

El arte es en el mundo ibérico una de las manifestaciones culturales más atractivas y significativas. Su evolución es clara muestra del grado de especialización alcanzado y de un creciente desarrollo cultural. Es una arte deudor, en un primer momento, de tradiciones e influencias orientalizantes que progresivamente se va helenizando, pero sin perder nunca su personalidad propia. Entre sus producciones hay obras de gran calidad técnica y artística, así como de una notable originalidad.

Uno de los asuntos que más temprano se manifestó en la escultura ibérica fue el de los animales, probablemente por la carga simbólica que ofrecían. Entre los más bellos ejemplos pueden destacarse:

La Esfinge de Agost " (Alicante), que representa una figura alada con rostro de mujer y cuerpo de felino, de fuerte influencia griega (Sala XX, vit. 11).

La "Bicha" de Balazote (Albacete), que representa un toro con cabeza humana (Sala XX, vit. 7).

El "Toro de Porcuna" (Jaén) (Sala XX, vit. 9)

E1 "León de Baena " (Córdoba).

Las representaciones humanas son muy abundantes y entre ellas se encuentran los mejores ejemplos de belleza y originalidad del arte ibérico. Las más importantes son tres figuras femeninas:

"Dama del Cerro de los Santos" (Albacete), seguramente una sacerdotisa en actitud oferente (Sala XX, vit. 13).

"Dama de Baza" (Granada), que representa, tal vez, a una diosa entronizada rícamente ataviada. Apareció en una gran tumba acompañada de varias vasijas de libación, armas y otras ofrendas. Su trono en un pequeño nicho lateral contenía los restos incinerados de una mujer joven. La divinidad que acoge y protege los restos del difunto, garantizándole su viaje de ultratumba (Sala XX, vit. 6).

Dama de Elche" (Alicante), quizá la obra cumbre del arte ibérico, representa el busto de una mujer rica profusamente adornada, con un complejo tocado sobre su cabeza y dos rodetes que enmarcan su rostro. En su parte posterior presenta también un nicho por lo que, aunque la escultura apareció fuera de contexto, quizá su interpretación puede ser la misma que para la pieza de Baza (Sala XX, vit. 10).

Aparte de la escultura de bulto redondo, los artesanos ibéricos también trabajaron el relieve. Los temas son más variados y espontáneos. Los relieves del friso de Osuna, pertenecientes a un monumento funerario como ya se dijo, son una muestra excepcional por su calidad y originalidad (Sala XX, vits. 1-4).

El conocimiento del mundo ibérico se completa a través de su cerámica, con un repertorio formal muy amplio, gran variedad de decoraciones y, por lo general, excelente calidad técnica. Desde el punto de vista artístico posee gran originalidad y frescura. En el momento de la conquista romana la cerámica ibérica alcanzó su momento más brillante, continuando su desarrollo durante los dos últimos siglos anteriores al cambio de era. Las "urnas de orejetas" y, sobre todo, el "kalathos" (o "sombrero de copa") (Fig. 26) son las formas más características y peculiares de esta cerámica.

Se distinguen varias regiones con diferente personalidad artesanal y en las que se detectan distintas tradiciones:

En la zona meridional, de influencia fenicio-púnica, abundan las decoraciones geométricas sencillas, a base de lineas paralelas y semicírculos. Es una cerámica monótona, pero de muy buena calidad.

La tradición griega en la zona levantina produce decoraciones más ricas, con temas florales estilizados, animalísticos de fuerte carga simbólica y, en algunos casos, escenas más complejas en las que aparece la figura humana (estilo Elche-Archena) (Sala XIX, vit. 16).

La decoración pintada desarrolla en otros casos un estilo narrativo (estilo Oliva-Liria), con gran frescura en sus escenas. Un bellísimo ejemplo es el del "Vaso de los Guerreros" (Fig. 27) que desarrolla una escena de lucha (Sala XIX, vit. 16).

Un estilo original entre todos es el de Azaila, seguramente por su carácter más céltico (es una zona limítrofe interior del mundo ibérico). Contiene una gran carga simbólica, con gusto por las composiciones simétricas y cierto grado de abstracción (Sala VII, vit. 1)

Otro aspecto interesante es la práctica de la ocultación de tesoros en momentos adversos, tesoros que, evidentemente, nunca volvieron a ser recuperados por sus dueños. Así, podemos destacar los platos de Abengibre (Albacete) (Fig. 28), fabricados en plata y de gran interés para el estudio del alfabeto ibérico, ya que algunos de ellos presentan leyendas incisas (Sala XIX, vit 13). Otros tesoros a destacar son los de Mengíbar y Santisteban del Puerto, ambos de la provincia de Jaén y ambos fabricados en plata (Sala XIX, vit. 12). Son de época ya romanizada, pero presentan todavía claras influencias helenísticas.

 
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