Universidade Federal de Pernambuco
Depto. de Letras, Programa de Espanhol
Disciplina: História da Língua Espanhola
Centro de Artes e Comunicação
Professor: Dr. João Sedycias
Código da Disciplina: ______

 

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Procedencia: Diego Ruíz Mata, Universidad de Cádiz, España

Los turdetanos: origen, territorio y delimitación

del tiempo histórico (1998)

Resumen

Este artículo trata de la cultura turdetana, su época de formación, extensión por Andalucía Occidental, los textos de Estrabón y contrastación con los datos arqueológicos y aspectos de su cultura material. Parto de la base de que los turdetanos son los continuadores de los tartesios, o de los grupos sociales del mundo orientalizante, y no hay razón alguna para ver en ellos un origen en la cultura griega o cartaginesa. El término de turdetano es empleado por los historiadores griegos y romanos a partir del siglo III a.n.e., lo que no supone un pueblo distinto al anterior de época orientalizante, sino una nueva situación tras una momentánea crisis, que principalmente afectó a la región onubense, pero no a la Bahía de Cádiz. No hay razón para verlos como elementos étnicos distintos a los anteriores, sino situaciones políticas y socioeconómicas distintas. Al contrario de lo que puede parecer, según algunos autores, desde finales del siglo VI a.n.e. el Bajo Guadalquivir y la Bahía gaditana vivió un momento de esplendor, como se advierte en el registro arqueológico.

En este trabajo se aborda, mediante diferentes estratigrafías conocidas, entre las que destaca las del Castillo de Doña Blanca, las fechas de sus comienzos y de su disolución e interacción en los siglos de la República romana. Se discute asimismo la tesis de la fundación de Itálica, hacia el 206 a.n.e., y los trabajos estratigráficos efectuados especialmente en el Pajar de Artillo, cuya fecha de comienzo no queda muy clara y puede dudarse de su cronología inicial y secuencia estratigráfica. Sucede lo mismo con otros materiales turdetanos hallados en otras excavaciones en la ciudad romana de Itálica.

Los demás puntos se refieren a ejemplos y sistemas urbanos de ciudades turdetanas, sistemas de fortificaciones, casas de campo, factorías de salazones, aspectos económicos y los tipos cerámicos más característicos que definen esta etapa histórica y sus diferentes fases. Por último, el problema tan debatido de las necrópolis y el hallazgo de las tumbas turdetanas de la ciudad de Mesas de Asta. Se alude escuetamente al problema de los libiofenicios, mencionadas en las fuentes, defendidos por algunos autores como habitantes de la zona, cuyas huellas no se advierten en el Bajo Guadalquivir.

Se pretende, en suma, en este trabajo analizar algunos de los puntos esenciales de esta época tan importante y activa, desde puntos teóricos de sus significados políticos, sociales y económicos, como factores de desarrollo y de transformación de las estructuras de época orientalizante. Los trabajos efectuados en el Castillo de Doña Blanca han sido de gran importancia para delimitar el tiempo y la cultura material turdetana, siendo hasta ahora el poblado más importante para abordar este problema.

Introducción

Pese al interés de los turdetanos en el proceso protohistórico del Bajo Guadalquivir, los estudios hasta ahora han sido parcos y no se posee aún gran conocimiento de ellos en muchos aspectos de su cultura material, socioeconómicos y de proyección ideológica. Incluso no hay uniformidad sobre el origen y formación de esta cultura, y no se han precisado del todo las fases que la conforman. Tan escasa dedicación a esta época histórica se debe en el Bajo Guadalquivir a que se ha oscurecido por el interés hacia Tartesos y a la época orientalizante, adonde se han dirigido todos los esfuerzos de la mayoría de los investigadores de la protohistoria.

No obstante, en estos últimos años, se ha acumulado una información suficiente para abordar siquiera los aspectos de la extensión de esta cultura, su periodización, el elenco tipológico cerámico y retazos de su arquitectura. Algunos aspectos son los que vamos a abordar sobre la Turdetania y turdetanos. En la actualidad trabajo sobre un libro que tratará, además de estas cuestiones, la economía, innovaciones tecnológicas y estructuras sociales. Me detendré por tanto sólo en algunos puntos que me han parecido de interés, dentro de la complejidad de estas Sociedades históricas prerromanas, que pervivieron durante la mayor parte de la época republicana romana.

La hipótesis que sostengo, en lo referente a su origen étnico, es que los turdetanos, o tartesio-turdetanos, como también podría denominárseles, habitaron prácticamente la misma zona de los tartesios, que son sus continuadores y su cultura surgió como resultado de nuevas condiciones económicas y políticas, tras la supuesta crisis del siglo VI a.n.e. Podemos hablar de ellos desde la segunda mitad del siglo VI hasta época romana, y en mi opinión no constituyeron una realidad intrínsecamente distinta a la tartesia, y ni púnicos, o cartagineses, y en el caso de la Baja Andalucía ni los griegos tuvieron un papel relevante en su formación. La visión etnocéntrica helenizante, esgrimida tantas veces como factor indispensable para la formación de la cultura ibérica, desde posiciones también difusionistas, no tienen cabida en esta región, pese a la evidencia de los contactos comerciales en los siglos V y IV a.n.e. Lo cual no significa una sociedad cerrada, sino enmarcada en un contexto cultural y económico muy amplio, en una red de relaciones comerciales y políticas, que actualmente se podría definir un "sistema mundo" ("world system") de gran complejidad.

Los turdetanos

Los turdetanos son los descendientes de las gentes de época orientalizante, asentados en ese mismo territorio, en una coyuntura socioeconómica distinta, en la que Gadir debió jugar un papel de importancia, sobre todo como centro comercial tras la pérdida de los mercados orientales, e incluso de mercados peninsulares. Pero también se advierte una reorientación, tanto en los sistemas de producción como en los destinos de los productos hacia nuevos mercados del Mediterráneo central y norte de África. Las razones económicas ya no son necesariamente los metales (sobre todo la metalurgía de la plata desde los siglos VIII al VI a.n.e.) sino en los productos agropecuarios y pesqueros, como tendré ocasión de mencionar.

Breves reseñas historiográficas sobre los pueblos ibéricos Sobre este tema hay mucho de leyenda, e incluso de ideología, etnocentrismo y nacionalismo, desde la Antigüedad y en tiempos recientes. Y es preciso matizar y señalar las posiciones dentro de un breve marco diacrónico, que nos sitúe en la actualidad en la realidad de los hechos, gracias a los trabajos de campo y a sus resultados.

Se creía en la Antigüedad, entre leyendas y mitos griegos, que en las costas del sur francés y de la Península Ibérica hasta las Columnas de Hércules, se asentaron durante la Edad del Hierro una serie de pueblos que crearon las culturas que denominamos ibéricas. Los griegos entraron en contacto con ellos y se forjaron mitos y leyendas, que se reconocieron como verídicas. Muchas de ellas se recogieron a partir del siglo V a.n.e., cuando ya muchos textos se referían explícitamente a la Península Ibérica, e "iberos" y el nombre de Iberia aparecen en ellos por vez primera, originándose no pocos problemas (Arribas, A., 1965; Domínguez Monedero, A., 1983). Estrabón señala, por ejemplo, que, "según los antiguos", Iberia ocupaba la zona extendida entre el Ródano y el Istmo.

Escimno de Quios se refiere a Iberia como una región en donde los focenses habían fundado dos factorías, Agde y Rhodanoussia. Avieno denomina genéricamente "iberos" a todos los pueblos de la costa desde el río Júcar hasta el Ródano, que denomina Orano. Entre ambos ríos cita a varios pueblos englobados dentro de la confederación tartesia. Para Hecateo de Mileto, Iberia es el nombre con que se designa las poblaciones occidentales, y confunde iberos y tartesios "aunque tal identificación parece hoy la más correcta". Hasta Polibio, Iberia es el nombre de la Península, e iberos los habitantes de sus costas. Detrás quedaban los bárbaros, los pueblos sin nombre (Arribas, A., 1965, 31-32).

La preocupación por el iberismo tuvo su origen en el campo de la lingüística y de la etnología, y desde el siglo XVIII el interés por los iberos se unió al origen del pueblo vasco. El problema del "vascoiberismo" lo defendió Alexander von Humboldt, en 1921, en su libro titulado "Los primitivos habitantes de España", que lleva como subtítulo "Investigaciones sobre los primitivos habitantes de España con ayuda de la lengua vasca" (Madrid, ed. 1990). Tras un estudio exhaustivo etimológico, concluye que "no hay ninguna región extensa de la Península en la que los lugares o comarcas no hayan recibido sus nombres de tribus que hablaban una lengua semejante al vasco actual en el sistema fonético, palabras radicales, terminaciones y modos de composición" (ibidem, 159). Y más adelante, "A pesar de todo, lo cierto es que los nombres vascos están desigualmente repartidos por toda la Península. La mayoría se encuentran, considerados espacialmente, en los Vascones; después de ellos en los Turdetanos y Túrdulos en la Bética. La frecuencia de los sonidos más auténticos y primitivos en los nombres de esta provincia apenas deja lugar a una posible duda relativa a que el dialecto turdetano no fuera la misma lengua, o al menos una muy semejante, que el vasco actual".

La posición de Humboldt es clara y contundente, muy diferente a la mantenida en la actualidad (de Hoz, J., 1989 y 1990). Si tuviésemos que hablar de "civilización" "un término muy discutible y discutido" en la protohistoria no habría habido pueblo más civilizado que el griego, siendo bárbaros los que no manifestaban en su cultura material "básicamente en la arquitectura y el arte" los aspectos que la "polis" entrañaba a partir del siglo VI a.n.e. El peso de sus afirmaciones constituyó un factor muy negativo para comprender los sistemas estructurales y de la superestructura de este pueblo, que quedó relegado a un plano muy secundario. Era la visión de la Arqueología de la época, que tanto ha diferido de las posiciones teóricas de la Prehistoria en las explicaciones históricas. En la actualidad, esta escuela posee escaso peso, al abandonarse el arte como el factor principal, discriminatorio y definitorio de la Historia. Los problemas que preocupan desde hace unos años al arqueólogo caminan por otros derroteros. Las posiciones difusionistas y etnocentristas "y en el caso de García y Bellido la idealización de Grecia como paradigma de la cultura" están desfasadas, y se tiende, como es lo lógico a medida que se van desvelando con otros planteamientos teóricos y metodológicos la valoración histórica indígena desde comienzos del milenio I a.n.e., a enfocar los problemas internamente, sin recurrir a modelos extrapeninsulares como factores de los cambios, pero sin el aislamiento que algunos investigadores pretenden y persisten en el análisis de los procesos de las sociedades indígenas.

Otros autores de la misma época plantearon el problema de los ligures en España, y otros, como A. Schulten, eran partidarios del origen africano de los iberos (edición de 1971). En fin, la lingüística y la etnología constituyeron las bases de estudio de las hipótesis elaboradas para el problema del origen del iberismo, sin apenas conocerse documentación arqueológica. P. Bosch Gimpera, en la "La Etnología de la península ibérica" (Barcelona 1932), formuló que los pueblos ibéricos eran el resultado de los elementos indígenas "capsienses" y "pirenaicos" con un nuevo elemento ibérico-sahariano, que en algunas zonas se mezcló con los celtas, y ocuparían todo el Levante, valle del Ebro, extendiéndose por Cataluña y sur de Francia, para llegar en una oleada hasta el Norte y Centro de la Península. Los tartesios no los consideraba en su hipótesis, sino como pueblos indígenas de Andalucía.

En 1941, A. García y Bellido publicó un estudio de un conjunto de piezas arqueológicas reingresadas a España, entre las que se hallaba la Dama de Elche, que había sido hallada en 1897 (La Dama de Elche y el conjunto de piezas arqueológicas reingresadas en España en 1941, CSIC, Instituto Diego Velázquez, Madrid, 1943), y a la que dedicó un minucioso estudio, describiendo y paralelizando todos sus elementos. Uno de los apartados lo tituló "Algunos paralelos exóticos y anacrónicos útiles para interpretar el tocado de La Dama de Elche" (ibidem, 27) "un subtítulo bastante elocuente" en el que relacionaba el tocado con obras griegas de hacia el 500 a.n.e., que por entonces estaba de moda, refiriéndose a otros elementos que no cabe mencionar aquí. Pese a todo, consideró que los arcaismos, en una concepción imperante entre los historiadores del arte antiguo y especialmente griego, correspondían a "una etapa primeriza en cualquier arte y pueblo que se quiera" (p. 57). Es decir, contradiciendo todos los argumentos y similitudes expuestas con obras griegas arcaicas, no consideraba su contemporaneidad con ellas "lo que en el fondo venía a significar que el arte ibérico no era el producto de un pueblo inferior" sino los comienzos de autores indígenas que debieron tener un aprendizaje de obras en madera y de estilo geométrico, antes de emprender técnicas más depuradas y clásicas. Sus razones siempre se hallaban en relación con el proceso formal del arte griego.

Por ello, en cuanto a la cronología "La Dama de Elche es obra digna de ser del siglo V, pero no creo que se haya hecho antes del IV y quizá en el III y aún pudiera ser que después" (p.59), y las técnicas griegas que ofrece, especialmente en la factura de los pliegues del ropaje, "pudieron surgir espontáneamente al iniciarse la plástica ibérica" (p.59). Es más, "el arte llamado ibérico (escultura y pintura cerámica con escenas), así como las acuñaciones autónomas y la propagación del alfabeto, son cuestiones culturales que advienen tras las guerras hannibálicas, o sea desde el comienzo de la conquista romana y quizá en íntima conexión con ella" (p.61); es decir, su datación no excede mucho del siglo II a.n.e. Y termina el capítulo diciendo: "Ello parecerá atrevido porque aún ‘tira’ mucho la opinión tradicional "la opinión común la situaba en el siglo V; pero estudios sistemáticos me van comprobando por doquier que la akmé del arte llamado ibérico tiende a gravitar hacia el cambio de Era. La Dama de Elche no podrá sustraerse quizá a esta ‘depresión’ cronológica general" (p.62). Y así fue, en efecto, pues debido a la posición tan radical de un arqueólogo tan considerado, hubo en la arqueología española un sentimiento de escepticismo sobre la valoración del problema ibérico. Su actitud cambió más tarde, al menos en cuanto a la concepción de su valor artístico, viendo en ella "no el comienzo de un arte, sino precisamente su fin, y ello tanto por la sabiduría técnica de que hace gala como por la concepción general preciosista y barroca. La ‘Dama de Elche’ es al arte ibérico lo que el Laokoonte al griego: su broche final, su último alarde" (Arte ibérico en España, ed. ampliada por Antonio Blanco Freijeiro, Espasa-Calpe S.A., Madrid 1980, p.51). No cambió mucho el aspecto cronológico, datando la producción artística griega entre el s. IV a.n.e. y comienzos del Imperio.

En un análisis muy somero de la arquitectura ibérica, y teniendo siempre en su mente la ciudad griega y sus edificios públicos y religiosos monumentales, consideró que "se hallaba en un estadio muy primitivo antes de la llegada de los romanos. En ella no se encuentran formas especializadas, no se puede hablar de estilos y menos se puede pensar siquiera en módulos o cánones. No creó tampoco temas decorativos propios. El espíritu griego que en la escultura dejó (como más adelante veremos) impresa su noble huella, en la arquitectura monumental no dio pruebas de contacto alguno fecundo. Ello no es de extrañar, pues ningún arte se halla más atado a las formas de vida propias de una cultura que el arquitectónico. A los iberos no podía interesarles construir un templo al modo griego si su religión vivía aún en la etapa naturalista, ni imitar un teatro o un estadio si su literatura no producía obras representables ni sus deportes se parecían a los griegos. Para imitar es preciso sentir la necesidad de imitar. La arquitectura no ha sido nunca, por eso (ni aún siquiera ahora) un arte exportable. Si los iberos no se han asimilado las formas arquitectónicas griegas es porque su cultura no había llegado al grado suficiente para sentir necesidad de imitar la griega."Solamente la decoración, el ornamento, es imitable. Porque es capaz de trasladarse y porque la comprensión por parte del imitador es más fácil" (ibidem, pp. 26-27).

No es ocasión aquí de discutir criterios tan distantes de los actuales en la valoración de los pueblos ibéricos, después de años de excavaciones y de reorientaciones teóricas, los aspectos que no compartimos con unos y otros autores de los mencionados. Los he traído a colación por ofrecer una breve historiografía de las hipótesis mantenidas durante bastantes años. Los problemas que preocupan al arqueólogo en la actualidad caminan por otros derroteros y otros planteamientos teóricos y metodológicos. Las ideas difusionistas y etnocentristas (y en el caso de García y Bellido su ideal de la cultura griega) resultan desfasadas, y se tiende, como es lo lógico a medida que se va desvelando el proceso protohistórico desde comienzos del milenio I a.n.e., a enfocar los problemas internamente, sin recurrir a paradigmas extrapeninsulares, y a no crear sistemas categóricos entre lo sublime y lo bárbaro, en su significado peyorativo. No es preciso recurrir a los modelos griegos para adentrarnos en el análisis de los pueblos ibéricos, y en el caso que me corresponde a la cultura turdetana. La realidad fue distinta, y apenas se consideró la aportación oriental y fenicia, que fue el factor importante de los acaecidos durante la protohistoria.

La arqueología y las hipótesis más recientes Aún carece la Baja Andalucía de proyectos de investigación sobre el mundo turdetano, y se poseen más datos de la fase orientalizante precedente. Sin embargo, las excavaciones de estos últimos veinte años han ido exhumando restos de su arquitectura (no tan pobre por cierto como la creía García y Bellido) y sobre todo la expansión de las ciudades turdetanas, mediante estudios territoriales, y los procesos estratigráficos. Lo cual ha proporcionado una visión más real de este período histórico, que también ha tenido distintas interpretaciones de índole muy distinta.

A. Arribas (1965), que utilizó para el capítulo de los turdetanos las excavaciones del pasado siglo de Bonsor (1899) en los Alcoresde Carmona, y las más recientes aportaciones de Setefilla (Thouvenot y Bonsor, 1927), y tuvo noticias de los resultados delCarambolo (Carriazo, 1973) y de Carmona (Raddatz y Carriazo, 1961), se quejaba de la falta de información y de las lagunas existentes para comprender el "fenómeno ibérico en sus orígenes y desarrollo" (56-59). Partiendo de los enterramientos tumulares conocidos y de sus ajuares funerarios, valoró el elemento céltico de esta necrópolis, vinculándola con el Valle del Ebro. Celtismo y orientalismo son los factores culturales dominantes, en su opinión, del substrato étnico-cultural ibérico. Los túmulos corresponderían a jefes celtas imbuidos de las modas orientalizantes. Del Carambolo y Carmona dedujo los vínculos existentes de la cerámica de boquique con la céltica meseteña, y la aparición de la cerámica ibérica antes del s. V a.n.e. Más tarde, en 1977, se celebró el Simposi Internacional. Els Origens del Món Ibéric (Barcelona-Empúries 1977, Revista Ampurias 38-40, 1976-1978) en el que M. Pellicer (1976-78), tras la valoración de las estratigrafías conocidas, concluye que "la iberización en Andalucía Occidental es simplemente una consecuencia de la adaptación por los tartesios del bronce final de unas formas materiales y espirituales importadas fundamentalmente por los fenicios, colonizadores del siglo VIII a. de J.C., con alguna aportación del mundo griego y con ciertas influencias intermitentes del mundo atlántico y de la Meseta. Todo ello configura la cultura turdetana" (ibidem, p. 21). Más tarde estableció tres etapas en su desarrollo, desde el siglo V a comienzos del II a.n.e. (Pellicer, 1979-80, 331-332).

Para L. Abad (1979), la formación de la cultura ibérica se relaciona directamente con las corrientes orientalizantes sobre los pueblos indígenas (debe referirse principalmente a los fenicios) y después con los influjos púnicos o cartagineses, por cuya mediación se introdujo una dosis fuerte de helenización. Lo helénico debía estar presente como un factor de cambio cultural, y si no directamente, por mediación de los cartagineses helenizados. En 1985 se celebró en Jaén las I Jornadas sobre el Mundo Ibérico (publicadas en 1987) dedicadas sobre todo al poblamiento de las distintas áreas regionales de la Península. Por primera vez se pretendía analizar la extensión de la cultura ibérica mediante estudios territoriales, considerando la intensidad del poblamiento y las distintas etnias. En cuanto a los turdetanos, J.L. Escacena (1987, 273ss.) elaboró un trabajo basado en las secuencias estratigráficas conocidas. Mi aportación consistió en analizar el proceso del Castillo de Doña Blanca y de su elenco cerámico (1987), no considerando ni el influjo cartaginés ni griego para su formación. Y J. Fernández Jurado (1987), trabajando en la misma región, trató del poblamiento onubense, tomando como base los datos de la ciudad de Huelva y el poblado de Tejada la Vieja. Se rompían así los viejos esquemas en el modo de análisis del mundo ibérico, mediante la valoración del poblamiento.

Poco después, J.L. Escacena (1987 y 1989) ha interpretado la formación de la cultura turdetana de modo muy original, con una base tal vez lingüística, apoyándose en los datos arqueológicos y fuentes grecorromanas, que merece la pena transcribir. El período turdetano significa "la recuperación de los viejos esquemas del Bronce Final bajoandaluz, que durante la fase tartésica colonial habían entrado en conflicto con ciertos elementos aportados por los distintos grupos étnicos orientales que hoy se engloban dentro de la expansión fenicia por el Mediterráneo occidental" (1989, 433). Y más adelante, "cuando se observa a los turdetanos desde la superficialidad de su cultura material más desprovista de contenido (...), puede llegarse a la conclusión precipitada de que su cultura no es más que la lógica evolución de los caracteres básicos del período precedente (...). Como puede observarse, todos los elementos que parecen ofrecer continuidad respecto al mundo anterior se refieren siempre a logros técnicos que poco afectan en realidad a las creencias religiosas, a las fronteras lingüísticas o a la propia conciencia del grupo tribal homogénea e independiente que pudieron tener los turdetanos" (1989, 433).

Es decir, entiendo que se recupera y revitaliza el mundo espiritual del Bronce final, de viejas raíces atlánticas e indoeuropeas, mantenido entre las capas sociales más bajas, a la vez que desaparecen las costumbres usuales que en la época orientalizante mantuvieron las élites sociales. Siguieron las creencias religiosas de los dioses indoeuropeos, mantenidas entre las capas sociales más bajas, a la vez que desaparecen las costumbres usuales que en la época que en la época orientalizante mantuvieron las élites sociales. Siguieron creyendo en dioses indoeuropeos, hablando la lengua arcaica del Bronce final y practicando ritos funerarios que no han dejado huellas (Belén, Escacena, Bozzino, 1991; Belén, Escacena, 1991; Escacena, 1989). La época turdetana se origina, si he entendido bien a este autor, con un problema étnico y social no exento de violencias, como se desprende de los estratos de incendios localizados en varios yacimientos. Aunque no se exprese abiertamente, el período turdetano se ha originado tras un conflicto social en el que se impusieron las capas más bajas de la sociedad tartésica, aprovechando, o tal vez provocando la crisis de finales del siglo VI a.n.e., que impusieron de nuevo las ancestrales costumbres indoeuropeas, que no habían estado nunca dormidas, sino bien vivas en el seno de la sociedad tartésica. Lo que a mi entender supone la existencia de un conflicto, o revuelta popular nacionalista, latente al menos durante doscientos años, resuelto a favor de la población indígena, contra los invasores orientales (Ruiz Mata, 1996). No quiero entrar en la discusión con esta hipótesis, que excedería del propósito de este trabajo.

Iberos y turdetanos. La Turdetania de Estrabón Pero ¿qué significa Iberia para los autores grecorromanos, quiénes son los iberos y qué debe entenderse hoy por iberos? A estas preguntas, que no son nuevas, han contestado numerosos autores, que han analizado las fuentes clásicas. Para M. Tarradell (1980) el nombre de iberos se aplicó a los habitantes desde el sur de Francia hasta Murcia, incluyendo también la provincia de Albacete. Y en ocasiones engloba a los pueblos del sudeste y sur de la Península, hasta la desembocadura del Guadalquivir (Presedo, 1980). El análisis más completo se debe a A.J. Domínguez Monedero (1983), para quien el nombre de Iberia e ibero se debe a los griegos, según afirma Estrabón (III,4,19), que también tenía sus dudas de la situación geográfica exacta: "Con el nombre de Iberia, por ejemplo, los antiguos (griegos) designaron todo el país, a partir del Rhodanós y del isthmo que comprenden los golfos galáticos; mientras que los de hoy día colocan su límite en el Pyréne, y dicen que las designaciones de Ibería e Hispania son sinónimas. Según otros, el nombre de Ibería no designó más que la región de la parte de acá del Íber, a cuyos habitantes, en un principio, llamaban iglétes y ocupaban una región pequeña, al decir de Asklepiádes el Myrleanós. Los rhomaioi han designado a la región entera indiferentemente con los nombres de Ibería e Hispanía, y a sus partes las han llamado ulterior y citerior, reservándose el modificarla aún si las circunstancias exigiesen una nueva división administrativa" (La traducción se debe a A. García y Bellido, España y los españoles hace dos mil años según la "Geografía" de Estrabón, Madrid 1968).

Según A.J. Domínguez Monedero (1983, 221-223) el término tiene sólo un valor geográfico, no ligado a ningún pueblo concreto, aplicado primero a una zona del litoral durante la segunda mitad del siglo VII a.n.e., y se fue extendiendo más tarde a medida que descubrían el interior. Ibero o ibérico designa a cualquier habitante de Iberia, salvo en el caso donde residían los celtas, a los que se denominó celtíberos. Con la presencia romana, el término se traduce como Hispania, y no conocen ningún pueblo que se denomine específicamente ibero. Lo ibérico viene a ser, pues, un topónimo general con el que los griegos designaron a la mayor parte de la Península, no ligado a ningún pueblo concreto.

L.A. García Moreno (1989) acepta la ecuación Tartessos/Turdetania, como anteriormente lo habían hecho Schulten (ed. 1972) y Tovar (1974), pero con algunas precisiones. La primera es que la forma Turdetania, y sus etnónimos túrdulos y turdetanos, sólo aparece en autores posteriores al siglo III a.n.e., es decir, en escritores posteriores a la presencia y dominación romana en la Península, y la segunda es que el término de Tartessos y tartessios la emplean historiadores y geógrafos griegos más antiguos, anteriores a finales del siglo III a.n.e., que no habían tenido contacto con el mediodía peninsular. No obstante, autores griegos y romanos (Polibio, Apiano, Mela, Plinio, Estrabón y Livio, de época romana) utilizan indistintamente Turdetania/Tartesios. Podría, pues, emplearse el término tartesio/turdetano, en lugar de ibero/turdetano, para los habitantes de la antigua zona tartesia de Andalucía occidental, que corresponde, en mi opinión, al mismo concepto étnico y cultural. De aquí que haya defendido a los turdetanos como los tartesios, en el sentido de la cultura mixta indígena y fenicia, en tiempos posteriores a finales del siglo VI a.n.e. Pues la Turdetania es una realidad cultural distinta a otros pueblos (ibéricos) de la misma época, aunque en muchos casos con raíces comunes provenientes desde la época orientalizante y su expansión hacia el interior y costa peninsulares. Estrabón, hacia el cambio de Era, es el autor más prolijo en la descripción de la Turdetania y de los turdetanos. Inmerso en un tiempo casi turdetano, sus apreciaciones y descripciones son de indudable interés, dedicando largos y sustanciosos pasajes a una región que nunca visitó, sino que describió a través de fuentes contemporáneas y más antiguas. De ellos voy a destacar los pasajes geográficos, de geografía humana, económicos y de raíz étnica, que constituyen fuentes de primer orden para el análisis del pueblo turdetano.

-Límites de la Turdetania y las ciudades (III,2,1).- Sobre este aspecto, Estrabón escribe que "La Tourdetania, a la cual riega el río Baítis, extiéndese al interior de esta costa por la parte de acá del Anás; al Oriente, por parte de los karpetanoí y algunos oretanoí; hacia el mediodía, por los bastetanoí, que habitan la estrecha faja costera que se extiende de Kálpe a Gádeira y del Mar Exterior hasta el Anas. También pueden adscribirse a ella los bastetanoí, de los cuales dije ya que habitaban en la Tourdetanía, así como las gentes que ocupan el otro lado del Anas y gran parte de sus vecinos. Tanto en su latitud como en su longitud, el tamaño de esta región excede de los dos mil estadios (unos 400 km. en ambas direcciones axiales). Las ciudades son, empero, numerosísimas, pues dicen ser doscientas. Las más importantes por su tráfico comercial son las que se alazan junto a los ríos, los esteros o el mar. Entre ellas destacan Kórdyba, fundación de Markéllos, y por su gloria y poderío, la ciudad de los gaditanoí... La más ilustre después de esta ciudad y la de los gaditanoí, es Híspalis".

En III, 2, 2, se mencionan a Itálika (Italica), Ilipa (Alcalá del Río), Mounda, Atégoua (Ategua), Oúrson (Osuna), Toukkis (Tucci o Itucci, que García y Bellido localiza en Martos), Oulía (Montemayor) y Aígoua. Resulta curioso que al mencionar a los keltikoí sitúe a Konístorgis (según García y Bellido en el Algarve) y sobre todo a Asta Mesas de Asta, en los esteros de Jerez de la Frontera en pleno Bajo Guadalquivir. Todas estas ciudades se originan al menos en el Bronce final y poseen estratos orientalizantes, o al menos hasta ellas llegaron los influjos fenicios o tartésicos. Su límite occidental es el río Guadiana, y a oriente son los carpetanos y oretanos los pueblos que limitan la Turdetania, es decir, la antigua frontera de Tartesos como recientemente han mantenido A. Ruiz y M. Molinos (1995, 239ss).

La costa es bastetana, cuyos pobladores habitan en la Turdetania, y podrían ser algunas de las antiguas factorías o colonias fenicias, como Morro de Mezquitilla, que ha proporcionado restos urbanos y cerámicas de esta época. Pese a estas intromisiones como los celtas y bastetanos en la Turdetania, Estrabón parece tener claro que el núcleo principal se centra en el Guadalquivir, y esta región "se llama Bética, del nombre del río, y Turdetania, del nombre del pueblo que lo habita; a estos habitantes se les llama turdetanos y túrdulos que unos creen que son los mismos; más según otros dos pueblos distintos. Polibio está entre estos últimos, pues dice que los turdetanos tenían como vecinos por el norte a los túrdulos. Hoy día no se aprecia diferencia entre ambos" (III, 1, 6).

Hay que tener en cuenta que Polibio estuvo en España en 133 durante la guerra numantina y recorrió la Meseta y otros lugares, conociendo y describiendo a Cartagena. Tenía, pues, un conocimiento más directo que Estrabón. Entre los túrdulos cita Estrabón a la ciudad de Augusta Emerita (Mérida). Lo que no es demasiado extraño, debido a las relaciones intensas que la zona extremeña mantuvo con Tartesos, al menos desde comienzos del siglo VII a.n.e. Mas las contradicciones se advierten en el capítulo III, 2, 5, pues en la región tartésica habitan los túrdulos. El problema no está muy claro, y es probable que turdetanos y túrdulos vinieran a ser una misma etnia y una misma cultura, enraizada desde la época orientalizante tartésica. Según comunicación verbal de los colegas portugueses que trabajan en Mértola, una ciudad fronteriza en el Algarve portugués, a la altura del Andévalo onubense, los hallazgos turdetanos son muy frecuentes y futuras excavaciones mostrarán que se trataba de algún punto de importancia dentro de esta región.

Fenicios e indígenas: carácter fenicio de la Turdetania (Estrabón, III, 2, 13). Estrabón tenía muy claro el carácter fenicio de la Península, o al menos de su mitad meridional, aunque no lo dice y los describe genéricamente: "Pero es mejor aún lo que vamos a recordar: la expedición de Heraklés y la de los phoinikes a estos parajes diéronle (a Hómeros), de sus habitantes, la idea de un pueblo rico y de buena condición; así, pues, su sujeción a los phoinikes fue tan completa, que hoy día la mayoría de las ciudades de Turdetanía y de las regiones vecinas están habitadas por aquellos". Y poco más adelante, "pero las primeras noticias fueron debidas a los phoinikes, que dueños de la mejor parte de Ibería, de la Libyé, desde antes de la época de Hómeros, quedaron en posesión de estas regiones hasta la destrucción de su hegemonía por los rhomaíoi".

Aunque los acontecimientos no fueron de este modo, es significativo el hecho de que Estrabón, en época de Augusto, y movido por autores más antiguos, reconociese la antigüedad de la presencia fenicia en Occidente antes de la época de Homero, el impacto que causaron entre las poblaciones indígenas y su influjo hasta la llegada de los romanos a la bahía gaditana. Reconoce así el carácter fenicio, orientalizante o tartésico de las poblaciones turdetanas, que es el punto al que queríamos llegar. Siendo Estrabón un griego, y mencionando acontecimientos míticos y heroicos griegos, como las hazañas de Heracles en estos parajes, no reconoce el influjo helénico, sino el fenicio en el momento de aludir al carácter cultural de los turdetanos. Es una información degran valor, pasado ya mucho tiempo desde la presencia fenicia y el tiempo en el que escribe, que aún se rememore a los fenicioscomo un factor principal de la protohistoria del Bajo Guadalquivir.

Cuestiones económicas (Estrabón III, 2-8).- Aquí le dedica un extenso espacio, que voy a resumir en pocas líneas. Enumera con pormenores sus riquezas agrícolas, ganaderas, pesqueras y mineras como causas del intenso poblamiento de la Turdetania y de la importancia de esta región. Claro es que habla en tiempos romanos, pero los mismos productos podrían aplicarse a la economía tartésica y turdetana. No es necesario entrar en más detalles para extrapolar la producción romana a la turdetana, que sería objeto de un estudio más detallado, y en parte me referiré cuando trate de los aspectos arqueológicos turdetanos.

El proceso cronológico en la formación del período turdetano

De todo lo dicho se deduce que los turdetanos son los fenicios y tartesios de fines del siglo VI a.n.e. a época romana, y que su espacio geográfico viene a coincidir con el de Tartesos. No hay razones arqueológicas que permitan ver a los turdetanos como un pueblo diferente de aquellos, y ni griegos ni cartagineses fueron los causantes de su origen.

Cuando Estrabón (III, 2, 4) se refiere a las ciudades turdetanas, que cifra en más de doscientas, cita una serie de ellas en las que ha habido excavaciones y nos reflejan el proceso histórico cultural y las cronologías. Eligiré, pues, las que han proporcionado una secuencia más precisa. Entre ellas cita a Córdoba, Cádiz, Sevilla, Carmona, Ategua, Osuna, Asta, Nabrissa, Onoba, y otras más que voy a analizar, aunque no las nombre Estrabón, y poseen fase turdetana.

Cerro Macareno

El Cerro Macareno (Pellicer, Escacena, Bendala, 1983) está situado a pocos kilómetros al norte de Sevilla, y está en parte destruido por los trabajos de extracción de áridos. En principio pudo tener 4 ó 5 Ha., y de ellas queda sólo poco más de 1 Ha. Pese a las innumerables denuncias que se efectuaron, la Administración hizo caso omiso de ellas, desde 1971 a 1975, en que se inició el expediente de expropiación. Uno de los casos lamentables que la Administración ha permitido en detrimento del Patrimonio Arqueológico, a pesar de la legislación vigente. Los trabajos comenzaron en 1974, con actuaciones por parte de la Universidad Autónoma de Madrid y el Museo Arqueológico de Sevilla, cuyos resultados se han publicado en parte (Fernández Gómez y Oliva Alonso, 1979). Pero no fue hasta julio de 1976 cuando M. Pellicer (Pellicer, Escacena y Bendala, 1983), auxiliado por un equipo de arqueólogos de la Universidad de Sevilla, realizó el corte estratigráfico V-20, de casi 8 metros de potencia y 26 niveles con una duración de unos 600 años o siete fases de ocupación, que ha proporcionado una secuencia completa desde una fase tardía del Bronce final hasta época republicana, que ha servido de paradigma durante mucho tiempo para la obtención del proceso protohistórico del Bajo Guadalquivir.

-La más antigua es del Bronce final, de la segunda mitad del VIII, y se la ha denominado "tartesio precolonial reciente". Los influjos fenicios no se produjeron en este momento, sino un poco más tarde, a lo largo del siglo VII a.n.e., posterior a los asentamientos cercanos del Carambolo o Carmona.

-La segunda fase es orientalizante plena, o "tartesia colonial plena", y abarca el siglo VII y los inicios del VI.

-A continuación la fase tercera, la denomina "de transición" o "protoibérico", datándose desde el segundo cuarto del siglo VI hasta mediados del V, "con unos elementos presentes que abogan por una industria local siguiendo las pautas del orientalizante con la introducción de los primeros barnices cerámicos de mala calidad que no son precisamente orientales" (Ibidem, 108).

-La cuarta fase datada entre desde mediados del siglo V hasta el segundo cuarto del IV, se ha denominado "ibérico inicial". En este momento se advierte una destrucción violenta de las viviendas, "consecuencia quizás de algún episodio bélico relacionado con el mundo cartaginés" (Ibidem, 107). No obstante, en la segunda mitad del siglo V el comercio debió ser de gran intensidad, si se tiene en cuenta la presencia abundante de ánforas griegas y púnicas.

-La fase posterior, o quinta, desde el segundo cuarto del IV hasta mediados del III, define la cultura "ibérica plena", "que tendría aquí menos calidad que en el Sudeste hispano o en el círculo de Andalucía oriental, desde donde el Cerro Macareno percibiría no solamente las ideas sino incluso materiales" (Ibidem, 108). Termina esta etapa posiblemente con los inicios de las guerras púnicas, que supuso también un momento de retroceso económico a juzgar por el número de ánforas.

-"Ibérico final", que perdura hasta la romanización plena, quizás hasta mediados del siglo II, "según demuestra la creciente presencia de productos romanos" (Ibidem, 108).

-A mediados del siglo II, en plena romanización, se ha situado la fase denominada "iberorromana", en la que "el sustrato ibérico indígena sigue todavía muy fuerte" (Ibidem,108). Hacia el año 100 la presencia de ánforas cartagineses y romanas sugiere un comercio floreciente, justamente en el momento de abandono del Cerro Macareno. En suma, los comienzos del iberismo (mejor emplear el término de turdetano) comienza en el segundo cuarto del siglo VI a.n.e., y ocupa una serie de fases hasta época romana. Este aspecto es de gran interés, la pervivencia de materiales turdetanos en época republicana, que también se advierte en la zona más baja del Guadalquivir. Lo que no está muy claro es la relación de los estratos de incendio, en un área tan restringida, con el mundo cartaginés en la segunda mitad del siglo V y comienzos del IV.

Sevilla protohistórica

Las condiciones geológicas y medioambientales de Sevilla han variado mucho a lo largo de la Prehistoria reciente. Fue F. Collantes de Terán quien, en 1944, realizó una estratigrafía en la Cuesta del Rosario, de la que obtuvo materiales protohistóricos (Collantesde Terán, 1977). Después de cuarenta años, hasta 1983, no se volvieron a efectuar excavaciones en la Sevilla prerromana. La antigua ciudad se hallaba en un pequeño promontorio al borde del Guadalquivir donde podían acceder las embarcaciones. Este cerro de 450 x 200 metros, debió estar flanqueado al sur y al este por el cauce del arroyo Tagarete, del que distaba 450 m, y por el oeste por un brazo secundario del río (Campos Carrasco y otros, 1988) . Las excavaciones se realizaron en la calle San Isidoro, donde se garantizaba una estratigrafía de 8 m de potencia, que ha proporcionado la siguiente secuencia:

-Fase I (Bronce Final reciente).-Cerámicas exclusivamente a mano, datadas desde el siglo X, aunque son más frecuentes a fines del IX y durante todo el siglo VIII a.n.e.

-Fase II (Orientalizante).-Es la fase de apogeo del yacimiento y cuando se produce el impacto de la presencia fenicia en la zona. Se advierten las primeras huellas de urbanismo. Se ha datado entre el 750 y 550 a.n.e.

-Fase III (Fase protoibérica o de transición).-La mayoría de las cerámicas son ya turdetanas plenamente configuradas. Su datación es desde mediados del VI hasta la primera mitad del V a.n.e.

-Fase IV.A (Ibérico Inicial).-Se fecha en la primera mitad del siglo V a.n.e., donde se advierte la destrucción de una vivienda mediante un incendio, al que siguió una clara recuperación del poblado en la segunda mitad del siglo.

-Fase IV.B (Ibérico Pleno).-Su cronología ocupa todo el siglo IV a.n.e., y muestra todo el elenco característico turdetano.

-Fase IV.C (Ibérico Final).-Abarca todo el siglo III a.n.e., y durante él se observa una secuencia cronológica: construcción de una vivienda en la primera mitad, su destrucción por un incendio en el tercer cuarto del siglo, y la posterior colmatación hasta sus finales. Además de esta excavación que ha suministrado la secuencia protohistórica de la ciudad de Sevilla, se ha excavado en la Cuesta del Rosario, Argote de Molina y Fabiola. En la Cuesta del Rosario, tras un nivel de finales del siglo VII y comienzos del VI a.n.e., se advierte otro datado durante todo el siglo VI/comienzos del V a.n.e. Otros estratos de época prerromana corresponden al siglo IV (nivel 1) el nivel II alcanza hasta finales del III, y en el nivel III se detectó un gran incendio. En la calle Argote de Molina (Campos, 1986) se realizó un corte estratigráfico de época también prerromana, que alcanzó una potencia de 8.60 m. El nivel más antiguo corresponde al Ibérico Inicial, desde mediados del siglo V hasta principios del IV a.n.e.; otra fase se ha datado entre finales del IV y finales del III, a la que sigue la etapa del Ibérico Final, que se extiende hasta finales del III a.n.e. En la calle Fabiola se alcanzó hasta 9 m. de profundidad, desde los siglos VII-VI hasta la mitad del V a.n.e.

En resumen, el poblamiento más antiguo se ha detectado en San Isidoro, y durante el siglo VII la ciudad se extendió hacia la Cuesta del Rosario y calle Fabiola; a partir de finales del siglo VI en ambas zonas se detecta una crisis, más acusada en la Cuesta del Rosario. A mediados del siglo V a.n.e., en la fase Ibérica Inicial la ciudad se expandió por toda el área señalada, mientras que en el segundo tercio del siglo III a.n.e son perceptibles niveles de incendios que pudieron afectar a toda la ciudad, tal vez causados por la presencia de los bárcidas en una de las campañas a partir del 237 a.n.e. El aumento de población en el siglo V a.n.e. se ha interpretado en relación abandono del Carambolo y el traslado hacia Sevilla, y los estratos de incendios de mediados del III, o poco después, como consecuencia de la actividad cartaginesa.

Carmona

En 1980 se excavaron los cortes CA-80/A y CA-80/B en ambos extremos de la ciudad Colina de los Quemados (Córdoba). La excavación de este corte estratigráfico (Luzón y Ruiz Mata,1973) en la ciudad de Córdoba no supuso otra actuación más, sino la secuencia pionera, junto a la de Carmona (Raddatz y Carriazo, 1964), que proporcionó las bases del proceso protohistórico de Andalucía Occidental. La secuencia es la siguiente:

-La fase más antigua (nivel 18) corresponde a un momento del Bronce pleno, con vasos esféricos, hemiesféricos y carenados, de la segunda mitad o de mediados del II milenio a.n.e.

-El estrato 17, de escasa potencia, contenía un material distinto al anterior, con formas de un Bronce final anterior al mundo rico de las cerámicas bruñidas, o a la "etapa clásica", datado hacia los siglos X-IX a.n.e.

-Posteriormente, en el estrato 16, comenzó la aparición de las formas típicas del Bronce final, con fragmentos abundantes y nuevas formas: cuencos carenados, vasos bicónicos y de superficies toscas, anterior a las primeras cerámicas a torno orientalizantes.

-El estrato 15 es una serie sucesiva o renovaciones de pavimentos muy finos pintados de cal, con cerámica poco significativa.

-Sobre ellos, un muro de cantos rodados pertenecientes a una habitación de forma circular "estrato 14" con cerámicas del Bronce final y todavía anterior a las cerámicas a torno.

-Sobre la destrucción de esta habitación y su relleno, se dispuso un pavimento de placas de adobes sobre el que había, esparcida, gran cantidad de escorias posiblemente de cobre. Son los estratos 13 y 13x, que aportaron muy poco material para datarlos.

-A partir de aquí, y sobre un estrato de tierra quemada y carbón, de gran potencia "estrato 12" aportó los primeros materiales a torno junto a formas indígenas. El estrato se data en el siglo VII a.n.e.

-En el estrato 11 las cerámicas son ya prácticamente a torno, con decoraciones más descuidadas e industrializadas que en la fase precedente. Sucede igual en el estrato 10. Ambos se han datado en el siglo VI a.n.e., sin precisar demasiado. Es probable que en el estrato 10 pueda hablarse de comienzos de la etapa turdetana.

-El estrato 9, del siglo V a.n.e., representa una fase de transición entre la última fase orientalizante y lo turdetano.

-Los estratos 8 y 7, distinguidos por las coloraciones de las arcillas, poseen prácticamente el mismo material, y pueden fecharse entre los siglos V y IV a.n.e., por la aparición de una asa de kylix griega.

-Por último, los estratos 6, 5 y 4 corresponden en realidad a una misma época, con materiales del siglo III a.n.e., y supone el abandono del poblado en esa zona, sin que se haya concretar bien la cronología, que pudiera ser la de fines del III y comienzos del II. La secuencia es muy similar a las que se han analizado en el Bajo Guadalquivir, desde la época prefenicia hasta época romana. El corte estratigráfico fue demasiado pequeño para la obtención de una tipología más amplia, que reflejase un numero mayor de atributos.

Huelva

La ciudad de Huelva cuenta con una amplia bibliografía, que recoge los resultados de las actuaciones en la ciudad protohistórica y en la necrópolis de La Joya. Sólo voy a recoger aquí las fases distinguidas en las excavaciones realizadas en el Cabezo de San Pedro (Blázquez, Ruiz Mata y otros, 1979; Ruiz Mata y otros, 1980) y en los cabezos más bajos de la ciudad, que han sido sintetizados por J. Fernández Jurado (1988-1989).

-En el Cabezo de San Pedro, la población más antigua corresponde al Bronce final, en la etapa que he denominado clásica (1994), en torno al finales del siglo IX y primera mitad del siglo VIII a.n.e., seguida de una fase orientalizante de fines del siglo VIII/primeros decenios del VII a.n.e.

J. Fernández Jurado, la efectuado una cronoestratigrafía con las siguientes fases:

-Tartesico Antiguo (Ibidem, 210 ss.), que desde un punto de vista arqueográfico coincide con la Fase I de mi clasificación. Inicio de la metalurgia de la plata.

-Tartesico Medio I.- Continúan las formas parecidas a las del período precedente, y aquí tienen lugar las primeras importaciones fenicias u obras arquitectónicas, como el muro del C.S. Pedro.

-Tartesico Medio II.- Se advierten ciertos cambios en las cerámicas indígenas y un aumento considerable de las cerámicas fenicias. Entre las cerámicas hay que destacar un escifo eubeo, con metopa de pájaro, datado entre el 750 y 700 a.n.e.

-Tartesico Medio III.- Se sitúa durante todo el siglo VII, y genéricamente se le conoce como Período Orientalizante. En relación con los tipos cerámicos se han efectuado tres subdivisiones, que no son necesarias describirlas aquí.

-Tartesico Final.- Según Fernández Jurado (Ibidem, 230), "La denominación de este período indica, obviamente, que nos estamos refiriendo al último período de Tartessos, aunque el mismo ocupe prácticamente cien años. Y lo nombramos así porque al margen de ser una época de indudable desarrollo comercial, con la llegada de los productos griegos que compiten con el tradicional monopolio fenicio, es ésta una etapa que marca el final de una cultura, la tartésica, que estuvo entroncada, desde siglos antes, con el devenir de los acontecimientos del mundo mediterráneo.

Cuando a finales del siglo VI a.C. se rompa la unión directa que tartessos tenía con el Mediterráneo, la baja Andalucía en general y el ámbito onubense en particular seguirán otros derroteros que culminarán en la configuración del mundo turdetano". No entraremos aquí en el problema de las cerámicas griegas, de las que nos ocuparemos en un capítulo más adelante.

En la Tesis Doctoral de Pilar Rufete Tomico defendida en la Universidad de Sevilla en 1995, sobre el mundo ibérico-turdetano onubense, distingue varias fases en distintos puntos onubenses, desde el 560/530 a.n.e., basándose en los cambios de los materiales cerámicos.

-Turdetano I.- Durante esta fase, datada entre 540/30-480 a.n.e., no se advierte un cambio o ruptura brusca, sino continuidad, y se introducen formas nuevas. Las cerámicas a mano disminuyen, pero aún son abundantes los vasos de engobe rojo con ciertos cambios formales y lo mismo sucede con las cerámicas grises. En cuanto a las cerámicas griegas, se reducen notablemente las que proceden de la Grecia del Este y se constata el inicio del comercio masaliota en Huelva. Ha sido de gran ayuda para la cronología el hallazgo de un fragmento de figuras negras, que posiblemente corresponda a un tipo de ánfora "belly amphora" característica del Pintor de la "línea roja", datado entre el 510 y 490 a.n.e., que marca el final de esta fase.

-Turdetano II.- En realidad continúan formas de la fase anterior, y son las producciones de engobe rojo y las importaciones griegas, entre las que sobresalen las copas de (tipo Cástulo), de mediados o segunda mitad del siglo V a.n.e., y un fragmento de escifo de "rojo coral", una producción ática fabricada entre el 540 y 460 a.n.e., que alcanza su máximo desarrollo a fines del siglo. En este momento debe fecharse en Huelva. Se ha hallado también el cuenco de un asa "one-handler" que perdura desde el 480 hasta finales del siglo. En un segundo momento, que la autora denomina Turdetano II.b, el comercio parece activarse, hallándose numerosas ánforas de distintas procedencias y cerámicas griegas del tipo de Saint Valentin, del tercer cuarto del siglo V, y las copas de la "clase delicada", de fines de ese siglo/comienzos del IV a.n.e., procedentes del ámbito ampuritano, que en Huelva terminan por esta época (en el Turdetano II.c) y que se ha interpretado como una fase de depresión económica.

-Turdetano III.- Su caracterización principal es la irrupción de nuevas formas y la desaparición de las cerámicas griegas, salvo algunos vasos de figuras rojas del Grupo del Pintor de Viena del segundo cuarto del siglo IV a.n.e., coincidente con una recuperación económica y constructiva. Las formas cerámicas son ya muy similares a las del área del Estrecho.

-Turdetano IV.- El material es similar al anterior, más algunas peculiaridades en las ánforas, y la aparición de las cerámicas rojas de Kuass, tan frecuentes en el Castillo de Doña Blanca, halladas aquí por vez primera junto a cerámicas áticas de figuras rojas.

El desarrollo turdetano en la Bahía de Cádiz a través del Castillo de Doña Blanca Hasta ahora el único asentamiento bien conocido es el del Castillo de Doña Blanca, que ofrece una secuencia estratigráfica amplia y completa desde los momentos de su fundación fenicia en época arcaica (hacia 780/770 a.n.e.) hasta su abandono, entre el 210-205 a.n.e.(Ruiz Mata y Pérez, 1995). No voy a extenderme demasiado en los estratos fenicios de los siglos VIII y VII a.n.e., de los que se han publicado varios avances (Ruiz Mata y Pérez, 1995, donde se recoge la bibliografía publicada hasta el momento,135 ss.). Las secuencias, selectivas, recogidas en este estudio proceden de asentamientos indígenas y de sus estratos orientalizantes. El CDB es un asentamiento fenicio, y el paradigma de las secuencias protohistóricas del Bajo Guadalquivir. De aquí voy a recoger sólo ciertos aspectos.

-Durante los siglos VIII y VII a.n.e., los materiales y las características del asentamiento corresponden a un asentamiento fenicio. Junto a ellos, se han recogido formas y decoraciones del Bronce Final indígena como consecuencia de la inclusión en el poblado de una población autóctona, como sucede en la mayoría de los asentamientos fenicios que conviven cerca de otros indígenas. Son los casos por ejemplo de Morro de Mezquitilla, cuyos materiales a mano no se han publicado aún, Adra (Suarez, A. y otros, 1986 y 1989), o la misma Cartago, según nos han confirmado miembros del equipo de investigación.

-Durante el siglo VI a.n.e., y más bien hacia mediados, se percibe la evolución de ciertas formas fenicias y el comienzo de otras nuevas que, con ligeros matices, van a constituir el elenco tipológico turdetano de los siglos V a III a.n.e., que detallaré más adelante.

-Durante los primeros decenios del siglo V a.n.e., el poblado adquiere una nueva estructura urbana y se ciñe de nuevos sistemas defensivos, tras la construcción de la fortificación de época arcaica. Los tipos cerámicos han evolucionado hacia las formas clásicas turdetanas, que en muchos de sus aspectos mantendrán tradiciones orientalizantes.

-En los siglos IV y III se consolidan las formas que caracterizan la cultura turdetana y se hallan en el territorio turdetano que hemos descrito.

En suma, el proceso histórico cultural de los asentamientos analizados, y las caracterizaciones cerámicas, a excepción de pequeñas diferencias locales, ofrecen una secuencia muy similar desde el Bronce Final hasta los inicios de la romanización. En ellos se advierten materiales muy similares y cronologías coincidentes en las fases de formación y desarrollo turdetano. Y son precisamente estas cerámicas y su expansión las que delimitan la región turdetana de otras etnias ibéricas colindantes.



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