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Universidade Federal de Pernambuco Depto. de Letras, Programa de Espanhol Disciplina: História da Língua Espanhola |
Centro de Artes e Comunicação Professor: Dr. João Sedycias Código da Disciplina: ______ |
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Procedencia: Portal Sevillamano, España
Antes de Roma
Como todo pueblo, cada cual toma conciencia de su pasado una vez tiene constancia escrita de éste. Es lo que llamamos la entrada en la Historia. Y cada pueblo busca con ahinco sus raices en lo más hondo, a riesgo de pasar de la historia al mito. Algo así ocurre con la historia de España, cuyo paso de la prehistoria a la historia está marcado por leyendas provenientes de Oriente, donde, en tierras de comerciantes aventureros y arriesgados marineros se forjó una leyenda sobre una tierra legendaria en los más remotos confines del mar conocido. En época muy posterior la leyenda fue recogida en una inscripción asiria del rey Asarhadón (680-669 a.C.), donde se habla de los reyes del medio del mar, y entre ellos los reyes de Tarsis, un pueblo legendario que en la más remota antiguedad labraba los monumentos megalíticos (aún conservados) de Antequera, Huelva y Almería.
Contando sólo con los hallazgos de la arqueología, podemos decir que en la actual Andalucía hay constancia de presencia humana desde el sexto milenio antes de Cristo. Se trataba de gentes dedicadas al pastoreo y a la agricultura, cuyo arraigo se hizo visible en estructuras sociales y en el comienzo de ritos religiosos a la "Diosa Madre". Pero no es hasta el cuarto milenio cuando aquellos pastores y agricultores sufren una auténtica revolución económica, perfeccionando sus técnicas ganaderas y agrícolas, pero sobre todo descubriendo lo que iba a ser el reclamo de todas los pueblos del Mediterráneo, los yacimientos de cobre que hacen posible la aparición de la metalúrgia en la sierra de Huelva y que luego se hizo fuerte en Almería.
A fines del tercer milenio la cerámica cobra una importancia inusitada. Aparece un fenómeno cultural, el llamado vaso campaniforme de Carmona (Sevilla) y Orce (Granada), utilizado de forma comercial quizás como moneda de cambio. Y a principios del segundo milenio se da un gran paso en la metalurgia del bronce y de la plata, surgiendo el foco de cultura del Argar (Antas, Almería). Se trataba de un tiempo de secretos y de dioses que hacían nacer el sol cada mañana y llover cada primavera y otoño. Los poblados guardaban el secreto de sus forjas lo mejor posible, construyendo sus casas en recintos estratégicamente elevados y levantando murallas para su protección. La producción de espadas, puñales y flechas se incrementa en esta época oscura y llena de peligros.
Pero a finales del segundo milenio, el Sur de la península sufre una profunda crisis. Unos navegantes venidos del Este con sofisticadas armas ofensivas y defensivas, de lengua extraña e interesados en los preciados yacimientos mineros amenazan con relegar al olvido los pueblos hispánicos. Y así, mientras unos reniegan de los recién llegados (que cada vez son más y mejor armados), sin embargo, otros pueblos se acercan a ellos y hacen tratos (no sólo comerciales), entre ellos el reino de Tarsis. Al principio el intercambio de productos tenía lugar a la orilla del mar sin que estuviesen presentes las partes por el temor que se tenían unos a otros. Más tarde se generalizó el trueque canjeándose oro, plata, cobre y cereales por alabastro egipcio, cerámicas de Tiro, marfil, estatuillas y tejidos.
En la Biblia hay frecuentes referencias a las naves que hacían el comercio de "Tarshish", entre las más antiguas, una de Isaías hacia el año 730 a. de J.C.. En los poemas homéricos (entre el 800 y 700 a. de J.C.), y singularmente en "La Odisea", se reflejan los terrores y los misterios de la navegación a los remotos paises de Occidente.
Alguna más claridad encontramos en la "Teogonía" de Hesiodo, poeta griego hacia el 700 a. de J.C., cuando sitúa más allá del ilustre Océano las Gorgonas y las Hespérides de voz sonora, habitantes de bellos jardines. En los confines de la tierra, el gigante Atlas sostiene el cielo. Por allá llegó en sus peregrinaciones heróicas Heracles, que dio muerte a Orthos y al barquero Euritión en las islas Erytheia. En el país entrevisto como un sueño, más allá del estrecho, dominaba Crisaor, y luego Gerion, su hijo, el de las tres cabezas, rey pastor de ganado a quien Heracles venció y dió muerte, llevándose sus bueyes a Tirinto.
¿Quienes eran aquellos navegantes del Este? Probablemente los fenicios, un pueblo de grandísima importancia en nuestra más remota historia, no solamente porque fue el intermediario entre el Extremo Occidente y las grandes culturas de Egipto y de Asia, sino porque su influencia en muchas comarcas, entre ellas la Baja Andalucía, fue permanente y trascendental.
Con los fenicios se inicia en la península el influjo de las razas semíticas -judíos y árabes-. Los fenicios son, entre los pueblos de la antigüedad, el más desprovisto de sentido histórico. Son los escritores de otros paises, que los contemplaban con curiosidad y recelo. Procedían supuestamente del pais de Punt, donde en tiempos muy remotos comerciaban con los faraones de Egipto, luego, la inquietud propia de las tres ramas históricas del tronco semita les induce a emprender una serie de peregrinaciones al cabo de las cuales ocupan la costa del Líbano. Allí fundan sus ciudades: Biblos, Tiro, Arado, Sidón. Sus ritos religiosos, fuente de la que beben asiduamente las mitologías griega y romana, asombraron a las culturas circundantes por su crueldad.
Habitantes de un país pobre, rodeados de bosques y de vecinos belicosos, los fenicios emprenden una serie de navegaciones inteligentemente dirigidas, en las cuales van fundando factorías comerciales que les permiten expandirse. Obtenían pacíficamente de los indígenas una porción de terreno en la que establecían sus templos y sus factorías, en las que adquirían los productos del país a cambio de manufacturas.
Los más viejos testimonios históricos remontan la fundación de Cádiz (Gadir), posiblemente la primera colonia fenicia en España y primera ciudad de Europa, en el año 1.100 a.C. Fue la ciudad de Tiro, por entonces rectora de la asamblea de ciudades o anfictionía púnica, la que concibió la idea de fundar en el estrecho de Gibraltar una ciudad que pudiera apuntar hacia todas las rutas de Oriente y de Occidente. A partir de ella, los fenicios remontaron el rio Guadalquivir fundando otras factorías y ciudades. Su fisonomía de casas blancas y calles estrechas y tortuosas apenas difería de las actuales ciudades norteafricanas.
¿Y cómo eran las gentes que encontraron al llegar? Los tartessos, el pueblo con el que más íntima relación llegaron a tener eran gentes hospitalarias, de trato suave y carácter alegre. Hábiles agricultores, sabían explotar la fertilidad del valle del Guadalquivir. Posidonio nos habla de canales de riego; cultivaban la vid y el olivo, y la abundancia de sus ganados tuvo en la antigüedad un eco legendario. También explotaban la minería de cobre de Riotinto, y las minas de plata de Cástulo, y el oro de los rios. Fueron además excelentes navegantes en busca del estaño que les faltaba, llegando incluso a Bretaña y a las Islas Británicas.
Hasta el s.VII los pueblos peninsulares habían evolucionado de modo diferente. Mientras las poblaciones del Norte se mantenían ancladas en un estado seminómada, los pueblos que habían tenido contacto con griegos y fenicios habían introducido cambios importantes en su cultura. En el valle del Guadalquivir y comarcas adyacentes florecía el reino de Tartessos, una confederación de ciudades bajo el dominio de un monarca investido de carácter religioso que aseguraba la unidad del territorio. Sus límites geográficos son hoy difíciles de precisar, aunque su capital es citada en textos griegos y latinos como Eldorado del mundo antiguo.
A pesar de su fachada idílica, en Tartessos las desigualdades sociales eran muy fuertes. La explotación y el comercio del metal estaban monopolizados por una minoría que confería a la sociedad un carácter fuertemente aristocrático. Y de estos aristos eran igualmente las manadas de toros y caballos que pastaban en las dehesas. En cambio la mayor parte de la población subsistía realizando una agricultura de secano y pastoreando grandes rebaños de cabras.
Entre los reyes de Tartessos nos han llegado entre la ficción y la realidad los nombres de algunos:
Ya hemos nos hemos referido a Gerión, quien tuvo que enfrentarse al propio Hércules, quien le robó sus rebaños y le hizo víctima de sus flechas. También se encuentra Gargoris, un rey civilizador y benéfico que enseñó a su pueblo nuevas técnicas agrícolas y el cultivo de la miel. Habis, fruto de los amores incestuosos de una princesa, tuvo una infancia desdichada. Abandonado en el monte, fue descubierto y amamantado por una cierva. Años más tarde fue capturado en una cacería y reconocido rey por el propio Gargoris. Habis fue un rey que prohibió el trabajo a la nobleza.
Sin embargo el más conocido de todos los reyes de Tarsis fue Argantonio, a quien las fuentes reflejan como un personaje inmensamente rico que otorgó el monopolio del comercio a los griegos, despertando con ello el recelo de las factorías fenicias. Realmente parece ser, por lo prolongado de su reinado, que no se trataba de una persona, sino más bien de una dinastía. En tiempos del rey Terón, las rivalidades entre grigos y fenicios desembocaron en una guerra abierta en la que una flota enviada desde Gades destruyó Tartessos.
Además de los tartessos, los más antiguos textos históricos referentes a la península que recogen la tradición de los navegantes griegos y fenicios nos hablan del pueblo íbero, que se asentaba, sobre todo, en el Levante y el Sur de la península. Este pueblo, más que producto de una migración, es muy probable que fuera el producto de las sucesivas influencias que desde Africa, el Norte de Europa o las culturas Egeas y Orientales produjeron a la primitiva población prehistórica preexistente, cuya procedencia, como fuente de todos los pueblos, fue el Norte de Africa.
Los fenicios promovieron en las poblaciones en las que se asentaron actividades artesanales. La riqueza piscícola de las costas, abundantes en atunes, sardinas y moluscos, sirvió de base para el desarrollo de las salazones. En las ciudades principales se levantaron templos en honor a Baal, Tanit y Astarté. Por ejemplo, en Gades (Cádiz), los sacerdotes eran célibes, estaban rapados y llevaban vestidos distintivos. Siguiendo con las prácticas religiosas de Tiro que los habían hecho famosos, en algunas de sus ceremonias se realizaban sacrificios de adolescentes.
Coincidiendo con un periodo de decadencia de Tiro en el poder, los atrevidos navegantes de las ciudades griegas intentaron seguir las rutas púnicas y sustituirlos en el comercio marítimo del Mediterraneo. Los primeros contactos (según la tradición, a consecuencia del naufragio de una nave de Samos) se produjeron a finales del s.VII a. de J.C., citándose destacadamente al reino de Tartessos como destinatario de los mismos. El poderio griego se instaló en la costa mediterránea y estuvo constantemente enfrentado con la descendencia fenicia de Cartago, al Norte de Africa y en Ibiza.
Los griegos fundaron las factorias comerciales de Manaike (Vélez Málaga) y Portus Menussius (en el golfo de Cádiz). Los historiadores refieren el trato de favor que les fue dispensado por los tartessios, quienes los invitaron a asentarse en su reino.
El derrumbamiento de las colonias griegas se inició en el 540 a. de J.C. en que los cartagineses se apoderaron de la ciudad de Focea, en el Mediterraneo andaluz. Herodoto afirma que ya Argantonio (que más que un rey era una dinastía) había muerto, significando esta frase que establecidos fuertemente los cartaginenses en Cádiz, la suave tierra tartessa dejó de ser hospitalaria para los griegos. En el 535 a.C. los cartagineses, unidos a los etruscos, expulsaron a los griegos, en la batalla de Alalia, y treinta años más tarde arrasaban Manaike.
El desaparecido reino de Tartessos se dividió en comunidades de pueblos: los turdetanos del bajo Guadalquivir, los túrdulos de la zona de Córdoba, los célticos que formarán la Beturia en la Sierra de Huelva, los bastetanos de Baza, los oretanos de Jaén, y los residuos de las viejas poblaciones colonizadoras de la costa, los libiofenicios.
Los griegos vieron reducida su área de influencia al extremo oriental de Sierra Morena, que habían alcanzado desde la costa mediterránea. Allí fundaron nuevas ciudades (Galera, Santa Elena, Baza) y desarrollaron en todo su explendor la cultura del pueblo íbero. Los griegos hicieron aportaciones decisivas en el campo de la agricultura enseñando a estos pueblos el cultivo sistemático de dos plantas que hasta entonces crecían espontáneamente: el olivo y la vid.
En aquel tiempo, en que los descendientes de los fenicios tenían el poder del mar y en el que no podían imaginar alguno mayor que el suyo, a los cartagineses no les importó firmar con sus aliados etruscos un tratado de no agresión (508 a.C.). En ese tratado la incipiente Roma renunciaba a extenderse por la península ibérica a cambio de la protección de Cartago contra los pueblos que la acosaban. Este pacto fue mitificado tiempo después por el poeta Virgilio en su Eneida, al describir el amor ocasional que Eneas tuvo con la reina Dido de Cartago. Después del pacto, el rey cartaginés Magón, se establece primero en Cádiz y luego en Ibiza.
Pero los que fueron amigos dejaron de serlo. Los romanos, en su ánsia de dominio, llegaron a convertirse en aliados de las colonias griegas aún persistentes en el Mediterráneo. La refinada influencia cultural de la Magna Grecia, al Sur de Italia posibilitó esta alianza, dando una continuación histórica a la cultura del Egeo. En este tiempo la importancia de Iberia para Cartago era crucial, pues a parte de los preciados metales, obtenía de ella incontables soldados mercenarios que le servían bien para asegurar y extender su imperio. Por ello, e intentando evitar la guerra que con el paso de los años sería inevitable, firmó en el 348 a.C. un nuevo tratado con sus antiguos aliados en el que se fijaba el cabo de Palos como límite a una posible expansión de las colonias griegas aliadas de los romanos.
Roma empezaba a adivinar que la todopoderosa Cartago dependía excesivamente de Iberia, y que sin ella no dejaría de ser más que un mero recuerdo, mientras que con ella Roma dominaría el Mare Nostrum.
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