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Universidade Federal de Pernambuco Depto. de Letras, Programa de Espanhol Disciplina: História da Língua Espanhola |
Centro de Artes e Comunicação Professor: Dr. João Sedycias Código da Disciplina: ______ |
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Source: Juan Vernet, Real Academia de la Historia, España
La invasión árabe de España
La islamización: introducción
La expansión islámica por la cuenca del Mediterráneo y su posterior implantación hasta en regiones tan alejadas del núcleo primitivo del Islam como la India o la Península Ibérica han sido un permanente objeto de interrogación para los historiadores. El avance fulminante de los ejércitos árabes bajo la bandera de una nueva religión, arrollando y suplantando a los Imperios bizantino y sasánida en el Cercano Oriente y Egipto plantea efectivamente una serie de problemas que aún no han sido resueltos en su totalidad. En el siglo VII el mapa político del mundo mediterráneo cambia de una forma irreversible, y esta alteración, que permanece hasta nuestros días, se ha visto considerada con frecuencia como una herida brutal que destruyó -de una forma mucho más definitiva que la empleada por las invasiones bárbaras- el viejo mundo heredado del imperio romano.
La orilla norte del Mediterráneo no permaneció inmune ante el avance musulmán. Pero la penetración de los ejércitos islámicos tomó caracteres muy diversos según se tratase de unas regiones o de otras y su permanencia se extendió en períodos cronológicos muy diversos. La Península Ibérica ha sido, desde luego, la zona de Europa en la cual la presencia de la civilización árabe-islámica se ha dejado sentir durante un mayor tiempo y con más fuerza, si exceptuamos la mucho más moderna y diferente ocupación otomana en los Balcanes. De forma opuesta a lo sucedido en el Norte de Africa, donde por primera vez los ejércitos musulmanes encontraron una fuerte oposición, que detuvo su expansión hacia el oeste, la conquista del reino visigodo hispánico se llevó a cabo con la misma facilidad y rapidez con la que los árabes se hicieron dueños de Siria, Iraq o Egipto. Y de nuevo nos encontramos con las mismas interrogantes, planteadas por estudiosos e investigadores en busca de una explicación al brusco colapso de una civilización y una cultura sustituidas, en lo que parece un abrir y cerrar de ojos, por otra que se siente ajena y lejana.
Las cuestiones relacionadas con la conquista musulmana que han sido objeto de estudio en los últimos tiempos pueden dividirse en dos grandes grupos: en primer lugar, reflexiones y estudios sobre las causas y el significado real de la conquista en la Historia de España, lo que ha producido una abundante bibliografía, no exenta de polémica. A este apartado han contribuido tanto arabistas como medievalistas españoles y extranjeros. Los primeros han consagrado sus esfuerzos, en mayor medida, a un segundo grupo de estudios, en los que se analizan cuestiones más específicas vinculadas sobre todo a los itinerarios de los ejércitos invasores, el examen de los relatos árabes sobre la conquista o los problemas de identificación toponomástica que ellos plantean.
Tras los primeros estudios científicos sobre el tema, escritos en el siglo pasado por autores como R. Dozy, E. Saavedra o F. Codera, la primera versión moderna de los hechos corresponde al arabista francés E. Lévi-Provençal. La traducción española de su obra (que se debe a Emilio García Gómez) apareció en 1950, dentro de la Historia de España dirigida por don Ramón Menéndez Pidal, bajo el título España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba.
La islamización: primera versión moderna
Lévi-Provençal acepta básicamente el relato de las fuentes árabes, aunque señala en ocasiones su posible carácter legendario. Recoge, por tanto, la intervención del conde don Julián y las razones de su petición de ayuda a Musa b. Nusayr, así como la llegada del primer conquistador, Tarif, y las sucesivas expediciones de Tariq b. Ziyad y el propio Musa, los problemas surgidos entre ellos y la derrota del rey don Rodrigo. En cuanto a las causas de la fulminante desaparición del Estado visigodo y la nula oposición encontrada por el ejército musulmán tras esta derrota. Lévi-Provencallas atribuye a la situación de decrepitud y agotamiento a que había llegado el reino de Toledo, junto a una indudable buena suerte que ayudó a los invasores en su empeño. La falta de documentación sobre el período final de los visigodos en la Península lbérica fue subrayada por Lévi-Provencal, que no se extiende demasiado sobre este punto.
Más cercano a nuestros días, otro historiador francés, Pierre Guichard, ha dedicado su atención al tema de la conquista (dentro de su obra sobre la estructura tribal de al-Andalus, traducida al español con el título Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, Barcelona, 1986). Aunque el propósito de Guichard no es replantearse el hecho mismo de la conquista, sino estudiar los componentes y las estructuras de la población andalusí, las páginas que dedica a las causas que facilitaron la invasión suponen un considerable avance sobre todo lo anterior, debido, en gran parte, a la aparición de nuevos estudios sobre la época visigoda. Matiza, por tanto, mucho más que Lévi-Provencal la situación de crisis que atraviesan la sociedad y el Estado visigodo con anterioridad a la conquista y, sobre todo, insiste en la sucesión de catástrofes naturales (sequías, pestes, carestías) que debilitaron, durante el siglo VII, tanto la demografía del país como sus recursos de todo tipo y que, unidas a la decadencia interna del sistema, jugaron un papel semejante al que puede observarse en la historia de la expansión árabe en el Creciente Fértil.
La islamización: invasión polémica
En 1969 apareció en francés la obra de Ignacio Olagüe Les arabes n'ont jamais envahi l'Espagne (versión española, ampliada, con el título La revolución islámica de Occidente, Barcelona, 1974; una interesante reseña de Pierre Guichard en sus Estudios sobre historia medieval, Valencia, 1987). La tesis de este libro aparece claramente explicada en su título; basándose en una supuesta ausencia de fuentes antiguas árabes sobre la conquista, interpreta la adopción de la religión musulmana como un hecho muy posterior y los primeros siglos de la presencia islámica en la Península como un período de luchas caóticas entre movimientos cristianos opuestos, que se convirtió, en la historiografía árabe tardía, en una invasión que nunca existió en la realidad. La tesis de Olagüe no resiste un examen histórico serio, pero es necesario mencionarla, en cualquier caso, dado que ha tenido cierta repercusión y, por otra parte, representa la posición más extremada de una postura que subyace en cierto número de interpretaciones sobre el significado de la conquista islámica de la Península.
En efecto, el hecho mismo de la conquista -más que sus condiciones materiales o sus circunstancias precisas- ha sido objeto de una de las polémicas más intensas (y, en cierto modo, infructuosas) de la historiografía española moderna. No ha sido, de ningún modo, un hecho fortuito: durante siglos se ha sentido que la invasión árabe suponía un corte decisivo en el normal devenir histórico de España; un ataque fulgurante que sólo la traición (en la figura de don Julián) explicaba de forma razonable y que dejó en el subconsciente colectivo una huella indeleble. A este respecto son interesantes las referencias que hace T. Glick, en su Islamic and Christian Spain in the Early Middle Ages (Princeton, 1979), a estudios psiquiátricos en los que se analiza este ancestral miedo al invasor.
Que la conquista árabe se haya interpretado como un acontecimiento exterior a la verdadera Historia de España supone dar por sentado que esa Historia se ha ido desarrollando en torno a unos conceptos esenciales y, por tanto, permanentes a través de los siglos. Esta interpretación, arraigada profundamente en el pensamiento historiográfico español, no es, sin embargo, única. En 1948, en efecto, Américo Castro publicaba su España en su historia. Cristianos, moros y judíos (con numerosas ediciones posteriores), abriendo así la polémica a la que se ha aludido más arriba.
La islamización: de Castro a Sánchez Albornoz
A. Castro partía de una posición de principio fundamental; España no existía como tal -el concepto, la esencia de España- antes de la conquista árabe; ésta representa el primer paso en la construcción de la España que conocemos en la actualidad.
Si la obra de Castro no es propiamente la de un historiador, ello no obsta para reconocer en ella una teoría de la cultura española y sus orígenes que contiene numerosos puntos de vista de gran interés. El más importante, desde la óptica del estudio de al-Andalus, es que, por primera vez, un no arabista reconocía el papel fundamental del período islámico en la historia de España. Según Castro, la convivencia y la interacción entre las tres grandes religiones monoteístas en la Península es el factor que explica toda la Historia posterior. En este sentido, lo que hace Castro es atacar la idea de un nacionalismo avant la lettre que habría florecido desde Covadonga y que tendría sus orígenes en épocas aún más antiguas.
No es de extrañar que estas tesis no hayan sido acogidas con demasiado entusiasmo, por lo que J. T. Monroe (en Islam and the Arabs in Spanish Scholarship, Leiden, 1970) denomina la corriente tradicionalista de la historiografía española. Si entre los arabistas Castro no ha sido demasiado discutido, véase el artículo de P. Martínez Montávez, Lectura de Américo Castro por un arabista, Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, XXII (1983-84), 21-42, en cambio tuvo que enfrentarse a un adversario de la talla de C. Sánchez Albornoz, que en 1956 publicó España, un enigma histórico. Obra de un historiador profundamente conocedor del Medieveo hispánico, su posición ante el significado de la conquista para la historia de España es diametralmente opuesta a la de Américo Castro.
Sánchez Albornoz considera, en efecto, que si bien se trata de un acontecimiento decisivo, sus consecuencias se hicieron sentir con fuerza en una dirección completamente divergente de la señalada por Castro: la irrupción del Islam supone una desviación del auténtico camino que debería haber seguido la historia de España. Por otra parte, la presencia islámica es interpretada por Sánchez Albornoz como una superposición de formas culturales que no afectaron a la contextura vital hispana; los invasores estaban en su mayoría recién convertidos al Islam y todavía sin arabizar, por lo que su influencia real fue tenue entre las poblaciones conquistadas, y nula en la España cristiana.
La islamización: revisión de fuentes árabes
En parte la interpretación que Sánchez Albornoz ofrece en esta obra (y en otros muchos de sus escritos) coincide con los estudios de diversos arabistas españoles, que ven en el Islam de al-Andalus una personalidad propia, originada en el sustrato preislámico y en la pervivencia de formas culturales no-islámicas. Sin embargo, se trata de una coincidencia que conviene matizar, ya que las teorías más extremadas de Sánchez Albornoz llegan a deplorar la presencia del Islam en España, hecho al que atribuye el retraso español respecto a otros países europeos.
En 1967 el arabista Joaquín Vallvé publicó un artículo titulado «Sobre algunos problemas de la invasión musulmana» (Anuario de Estudios Medievales, IV, 361-367), al que siguieron otros muchos del mismo autor, que se ha venido replanteando desde entonces toda una serie de cuestiones en torno a la invasión y conquista de la Península por los ejércitos islámicos. Se trata de la más notable aportación al tema por el arabismo español en los últimos tiempos (aunque no la única: véase al respecto M. Barceló, «Some Comentaries on the Earliest Muslim lnvasion of Spain», Islamic Studies, IX, 1970) y merece ser examinada por ello con cierto detalle.
En el artículo de 1967, Vallvé iniciaba un nuevo examen de las fuentes árabes conservadas sobre la conquista, centrándose sobre todo en una nueva interpretación onomástica de los textos. De este modo llegará a la conclusión de que el famoso conde don Julián no era gobernador de Ceuta, sino de Cádiz. En cuanto a las figuras que aparecen como conductores de la invasión. Vallvé afirma que la de Tarif (que habría dado su nombre a Tarifa) no es sino una construcción literaria de las crónicas. Finalmente, un topónimo también sujeto a revisión es el de al-Andalus, en el que Vallvé observa una transposición de Atlas/Atlantis.
Estas nuevas interpretaciones sobre los personajes y los lugares de la conquista se apoyan en gran medida en la crítica textual de las fuentes árabes: Vallvé sostiene que el conocimiento que los árabes tenían de la geografía y la Historia de la Península se basaba fundamentalmente en fuentes grecolatinas (en lugar destacado Orosio y san Isidoro de Sevilla), lo que explica la serie de confusiones que se producen en el relato de los acontecimientos de 711. Este tema fue estudiado en su artículo «Fuentes latinas de los geógrafos árabes» (Al-Andalus, XXXII, 1967, 241- 260) y ha sido desarrollado por el mismo autor en otros trabajos posteriores; por ejemplo, en «El nombre de al-Andalus» (Al-Qantara, IV, 1983, 301-355). Junto a esta revisión toponomástica, Vallvé ha sometido a una crítica semejante ciertas leyendas y relatos relacionados con la conquista y sus principales protagonistas, siempre en el sentido de identificar sus verdaderos orígenes.
La aportación de Vallvé al examen de los textos árabes ha encontrado una acogida desigual. Sánchez Albornoz rechazó de plano las novedades que contenía su primer artículo sobre el tema (en Cuadernos de Historia de España, XLIX-L, 1969, 294-309); Guichard reconoce el valor de esta mise en question, aunque no acepta todas sus conclusiones; Glick, en su obra citada, y R. Collins en Early Medieval Spain. Unity in Diversity (Londres, 1983), admiten sin reservas la desmitificación a que Vallvé ha sometido a personajes como Tarif. Como todas las teorías que replantean de nuevo un saber adquirido, las de Vallvé no siempre han sido aceptadas, pero tienen el mérito indudable de haber sabido interrogar de una forma nueva a textos conocidos de antiguo y pocas veces examinados con rigor.
En líneas generales, y sin entrar en el detalle de la discusión filológico-histórica, esta nueva interpretación de la conquista insiste en la pervivencia de un sustrato preislámico y en la continuidad, bajo nombres diferentes, de mitos y lugares históricos de procedencia grecorromana, aunque sin cuestionarse el hecho mismo de la conquista ni interrogarse sobre su significado en la Historia de España.
Este último punto ha sido, como se ha visto más arriba, objeto de estudio para historiadores o ensayistas (habría que mencionar aquí a Unamuno o a Ortega y Gasset), en tanto que los arabistas se han visto ante el dilema, no siempre resuelto felizmente, de considerar a al-Andalus como una parte de la Historia de España (los andalusíes eran musulmanes españoles) o aceptar la invasión como el inicio de un período más de la Historia del Islam.
Bibliografía
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- R. Dozy, "Etudes sur la conquête de l'Espagne par les Arabes», en Recherches sur l'histoire et la littérature de l'Espagne, 3." ed., Amsterdam, reimp. 1965, I, 1-83.
- P. Guichard, Al-Andalus. Estructura antropomórfica de una sociedad islámica en Occidente, Barral Editores, Barcelona, 1976.
- E. Lévi-Provencal, España musulmana. Hasta la caída del Califato de Córdoba (711-1031), vol. IV de la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal, Madrid, 1957.
- J. Ribera, Disertaciones y opúsculos, Madrid, 1928. E. Saavedra, Estudio sobre la invasión de los árabes en España, Madrid, 1982.
- C. Sánchez-Albornoz, «Itinerario de la conquista de España por los musulmanes», Cuadernos de Historia de España, X, 1948,21-74.
- M. Sánchez Martínez, Apogeo y crisis del estado cordobés, en Historia de Andalucía, vol. I, Ed. Planeta, Barcelona, 1982.
- M. Tarradell y M. Sanchis i Guarner, Historia del País Valencia, vol. I, Edicions 62, Barcelona.
- E. Teres, «Linajes árabes en Al-Andalus», en AI-Andalus, Madrid-Granada, t. XXII, 1957, 55-111 y 337- 376.
- J. Vallvé, «Sobre algunos problemas de la invasión musulmana», Anuario de Estudios Medievales, IV, 1967,361-367. La división territorial de la España musulmana, CSIC, Madrid, 1986, 17-62 y 187-210.
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